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Carlos
Sandoval*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Los medios de comunicación vienen registrando los hechos delictivos
ocurridos en El Salvador y otros países del mundo. No se trata
de un fenómeno nuevo, porque la sociedad siempre ha sido violenta;
de hecho, el crimen existe desde que apareció la sociabilidad humana.
Lo nuevo en la actualidad es su reiteración, aumento y diversificación
hasta el grado de convertirse en una epidemia.
Aunque el tema del terrorismo está cotidianamente sobre el tapete
del habla popular y de los científicos, no puede uno dejar de expresar
su opinión. Sería irresponsable. Ya son demasiados sus golpes
sangrientos y crapulosos. Antes estaba dirigido principalmente contra
dignatarios (reyes, emperadores, príncipes, etc.) y altos funcionarios
(presidentes, ministros, embajadores, etc.), pero ahora se ensaña
contra masas inocentes.
Con justa razón dijo el etólogo Niko Tinbergen que el
hombre es la única especie que mata en masa.
Para contrarrestar esta violencia vesánica, el Presidente Saca
propuso reformas al Código Penal, entre las que sobresale la de
calificar a los pandilleros de terroristas cuando cometieren,
individual o colectivamente, actos que pudieran producir alarma,
temor o terror utilizando sustancias explosivas, armas o artefactos que
causen daño a la vida o a la integridad de los demás.
Me parece que la anterior normativa es confusa, vaga y, sobre todo, atípica.
La falta de una buena legislación vuelve más difícil
combatir la delincuencia. La tipicidad consiste, según Luis Jiménez
de Asúa, en describir legalmente el delito, adecuarlo
a la figura o hecho descrito por la ley. La famosa máxima nulla
paena sine lege (no hay pena sin ley), la traduce el criminalista
español como no hay delito sin tipicidad.
Y la consecuencia grave es que sin la figura jurídica típica
todo hecho antisocial queda en la impunidad, lo que favorece y estimula
la comisión de nuevos delitos, como dijo el editorialista de EDH.
¿Qué significa daño a la vida? Se le
puede hacer daño a la vida de alguien desfigurando
su rostro; se puede dañar la integridad de una doncella
violándola. ¿Sería esto terrorismo? Se castiga la
tenencia de armas, pero no se dice nada sobre su introducción,
fabricación y comercialización, lo que es mucho más
grave.
Además, no sólo usando sustancias explosivas
se atenta contra los demás, sino también gases volátiles
muy venenosos como el cianuro o el gas sarín. Un grupo paquistaní
quiso emplear cianuro en el atentado de 1993 contra el WTC de Nueva York,
pero después optó por cargas explosivas. En el ataque a
los trenes subterráneos de Tokio, en 1995, los terroristas utilizaron
gas sarín, el humo mortal desarrollado por los nazis.
Es necesario, pues, tipificar, describir bien el terrorismo. Hipotéticamente
se puede definir como el homicidio por motivos políticos, religiosos
o raciales contra individuos o grupos inocentes empleando los más
diversos instrumentos de agresión.
Por ejemplo, en los atentados de Nueva York (2001), Madrid (2004) y Londres
(2005), para citar unos cuantos, todas las víctimas eran inocentes.
George Bush y Tony Blair los calificaron como masacre de inocentes,
lo mismo se puede decir de todos los demás. Los fanáticos
islámicos buscaron inmolar indiscriminadamente al mayor número
de personas. La inocencia de las víctimas sería una de las
característica de los actos terroristas.
La delincuencia marera, en cambio, se reduce a portar armas, asesinar
con saña, traficar con drogas y otras sustancias tóxicas
y extorsionar. También son grupos organizados en jerarquías
y ramificados (clicas) por México, Guatemala, Honduras y El Salvador.
Sus miembros andan tatuados y su religión es, como
confesó a EFE uno de sus líderes de apodo El Tor Trix, vivir
la vida loca.
Calificar a las maras de terroristas significaría elevar sus delitos
a la categoría de actos políticos (ETA) o religioso-políticos
(yuihad islámico) o racistas (Ku Klu-Klan). Sería más
adecuado equipararlas a las bandas organizadas de malhechores llamadas
gángsteres o a los grupos valeverguistas, como diría
Ignacio Martín Baró, que no le permiten a sus víctimas
ni siquiera llegar al hospital.
Coincidiendo con la confesión de Tor Trix, el escritor mexicano
Rafael Ramírez Heredia dice en su novela La mara: Un marero
no se tumba aunque lo aticen con todo, no se va a quejar aunque le rompan
el alma ni reconoce más ley que la vida loca.
*Colaborador de El Diario de Hoy.

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