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Palabras
El derecho al silencio
La teoría de juegos es
una técnica que sirve para analizar el comportamiento que tienen
las personas, las empresas, o los gobiernos, al momento de afrontar la
toma de decisiones estratégicas.
Publicada 16 de agosto 2005, El Diario de Hoy
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Carlos Balaguer
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Al igual que un reo tiene derecho a guardar silencio en el momento de
su captura, los urbanitas tenemos derecho al silencio, ante el estruendoso
ruido de la urbe. El ensordecedor sonido de las ciudades causa en el humano
estrés y altera sus horas de sueño. El ruido de la urbe
bulliciosa hace que los urbanitas dejen de soñar y pierdan la calma.
Hemos olvidado el silencio. El silencio que suele decir más que
las palabras. Hemos olvidado callar. Hemos olvidado soñar. Es la
nostalgia de la quietud perdida.
Cada vez el mundo se vuelve más bullicioso. Las máquinas,
los altavoces y la red satelital alteran la perdida calma de las multitudes.
A pesar de las ordenanzas municipales, las poblaciones son cada vez más
ruidosas.
En medio del caos decibélico, el hombre moderno no puede conciliar
la calma interna, para dialogar con su dios íntimo o con el mundo
circundante.
Somos la más ruidosa civilización que registra la historia.
Por ello hay quienes huyen al campo o a los monasterios del desierto para
encontrarse con la quietud perdida, con su humano derecho al silencio.
Es en la elipsis, el mutis natural del apacible paraíso perdido,
donde podemos escuchar la voz del corazón, el susurro del viento,
el canto de las aves y la música de las constelaciones. Porque
el silencio de hecho nos dijo más que el estruendo de la vociferante
y lejana multitud.
(palabrasbalaguer@gmail.com)
Día a Día
Ajustarse a lo moral
El ejercicio de la libertad tiene su contrapartida: ajustarse a lo racional,
lo moral y lo sensato. La gente es libre, desde luego, de decir tonterías
y cometer errores, pero siempre que eso no cause perjuicios a otros.
No es posible, como se pretendió una vez, prohibir rumorear o castigar
los chismes, como se usaba en el Medioevo, pero los extremos de la maledicencia
y el odio han llevado precisamente a las tragedias de Nueva York, Londres,
Madrid, Moscú y Bali, como también a los horrores que se
desataron sobre nuestra región en los años de la locura.
Los imanes enloquecidos, son a su vez, la reencarnación de Lenín
en la segunda década del siglo pasado y de Hitler diez años
más tarde: sus incendiarios discursos llevaron a la muerte a cincuenta
millones de seres inocentes y a la destrucción de naciones. Como
ahora pretenden los fundamentalistas islámicos.

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