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La Nota del Día
Contribuyen más a la ruina de San Salvador

De entrada destruyeron lo que de bueno, limpio y de gracia tuvo el viejo San Salvador, convirtiéndolo en chiquero.

Publicada 16 de agosto 2005, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Censurar la cobertura que hacen los medios de difusión sobre el grave problema de las ventas ambulantes busca el alcalde Rivas Zamora al azuzar a los informales contra los periodistas.

En la reunión que tuvo con los vendedores, Rivas Z. señaló a los periodistas con el índice, los tildó de amarillistas, dijo que los desalojos eran culpa de los diarios y se preguntó si los periodistas iban a ser recibidos “con cariño o no” cuando dieran cobertura a esos sucesos. La clase de vilezas que se espera de comunistas, maestros del engaño, de la manipulación, de la amoralidad.

Como dijimos ayer, el efemelenista tuvo la ruindad y desfachatez de igualar a periodistas profesionales con grupos de sujetos que se toman por la fuerza la propiedad pública, bloquean calles, ensucian aceras y agreden a la autoridad cuando llega a desalojarlos. Los comunistas no respetan jerarquías, son incapaces de diferenciar entre lo lícito y lo ilícito, ignoran lo que es el trabajo honesto, violan leyes y principios cuando les conviene y no entienden lo que son las sociedades democráticas.

Hablemos por hoy del desorden y los terribles perjuicios causados por la invasión de las calles por vendedores informales, proceso iniciado por un ex democristiano, Morales Ehrlich, y que el actual alcalde está agravando todavía más. De entrada destruyeron lo que de bueno, limpio y de gracia tuvo el viejo San Salvador, convirtiéndolo en chiquero.

La proliferación de ventas callejeras sirve de refugio a maleantes, se presta para traficar objetos robados, taponea el tráfico, desplomó el precio de la propiedad e hizo salir del centro a empresas y comercios que generaban más empleo que las ventas ambulantes. Al cerrar vías clave, los automovilistas se ven forzados a hacer recorridos más largos y lentos, con el consiguiente alto costo en combustible y tiempo.

Tómese un ejemplo: tres puestos de vendedores bloquean las puertas y vitrinas de negocios donde trabajan decenas de personas. La consecuencia es que esas medianas empresas pierden clientela, rebajan la calidad de lo que venden y se transforman a su vez en una especie de venta ambulante bajo techo. Hay una sustancial diferencia entre calles donde la gente y potenciales compradores caminan tranquilos sobre las aceras, y los mercados abiertos que exponen al transeúnte a vejámenes, robos y toda suerte de abusos.

Desorden y suciedad se perpetúan

Las ventas callejeras perpetúan la situación de informalidad y subempleo del poblador urbano. Hay ventas callejeras porque ellas son una manifestación del subdesarrollo, de lo que es el tercer mundo; a su vez, las ventas callejeras son un lastre al progreso, el impedimento a que la gente se eduque mejor, tenga buenos y hasta excelentes ejemplos de superiores posibilidades en su vida, que viva en medio de lo que le alienta y ayuda a progresar con tranquilidad.

La suciedad, el desacato a la autoridad, la “viveza” que sustituye a la confianza que surge de lo ordenado, obran como anclas que mantienen a grandes grupos sociales en el fondo del barril. De hecho esta situación de relajo y suciedad fue producida en parte por los desórdenes y la violencia comunista de la Década de los Setenta: esas bandas de delincuentes emporcaron con sus rótulos y crispados mensajes cuanta pared hay o hubo en San Salvador.


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