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El
Diario de Hoy
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elsalvador.com
Censurar la cobertura que hacen los medios de difusión sobre
el grave problema de las ventas ambulantes busca el alcalde Rivas Zamora
al azuzar a los informales contra los periodistas.
En la reunión que tuvo con los vendedores, Rivas Z. señaló
a los periodistas con el índice, los tildó de amarillistas,
dijo que los desalojos eran culpa de los diarios y se preguntó
si los periodistas iban a ser recibidos con cariño o no
cuando dieran cobertura a esos sucesos. La clase de vilezas que se espera
de comunistas, maestros del engaño, de la manipulación,
de la amoralidad.
Como dijimos ayer, el efemelenista tuvo la ruindad y desfachatez de igualar
a periodistas profesionales con grupos de sujetos que se toman por la
fuerza la propiedad pública, bloquean calles, ensucian aceras y
agreden a la autoridad cuando llega a desalojarlos. Los comunistas no
respetan jerarquías, son incapaces de diferenciar entre lo lícito
y lo ilícito, ignoran lo que es el trabajo honesto, violan leyes
y principios cuando les conviene y no entienden lo que son las sociedades
democráticas.
Hablemos por hoy del desorden y los terribles perjuicios causados por
la invasión de las calles por vendedores informales, proceso iniciado
por un ex democristiano, Morales Ehrlich, y que el actual alcalde está
agravando todavía más. De entrada destruyeron lo que de
bueno, limpio y de gracia tuvo el viejo San Salvador, convirtiéndolo
en chiquero.
La proliferación de ventas callejeras sirve de refugio a maleantes,
se presta para traficar objetos robados, taponea el tráfico, desplomó
el precio de la propiedad e hizo salir del centro a empresas y comercios
que generaban más empleo que las ventas ambulantes. Al cerrar vías
clave, los automovilistas se ven forzados a hacer recorridos más
largos y lentos, con el consiguiente alto costo en combustible y tiempo.
Tómese un ejemplo: tres puestos de vendedores bloquean las puertas
y vitrinas de negocios donde trabajan decenas de personas. La consecuencia
es que esas medianas empresas pierden clientela, rebajan la calidad de
lo que venden y se transforman a su vez en una especie de venta ambulante
bajo techo. Hay una sustancial diferencia entre calles donde la gente
y potenciales compradores caminan tranquilos sobre las aceras, y los mercados
abiertos que exponen al transeúnte a vejámenes, robos y
toda suerte de abusos.
Desorden y suciedad se perpetúan
Las ventas callejeras perpetúan la situación de informalidad
y subempleo del poblador urbano. Hay ventas callejeras porque ellas son
una manifestación del subdesarrollo, de lo que es el tercer mundo;
a su vez, las ventas callejeras son un lastre al progreso, el impedimento
a que la gente se eduque mejor, tenga buenos y hasta excelentes ejemplos
de superiores posibilidades en su vida, que viva en medio de lo que le
alienta y ayuda a progresar con tranquilidad.
La suciedad, el desacato a la autoridad, la viveza que sustituye
a la confianza que surge de lo ordenado, obran como anclas que mantienen
a grandes grupos sociales en el fondo del barril. De hecho esta situación
de relajo y suciedad fue producida en parte por los desórdenes
y la violencia comunista de la Década de los Setenta: esas bandas
de delincuentes emporcaron con sus rótulos y crispados mensajes
cuanta pared hay o hubo en San Salvador.

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