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Luchadoras con sombrero hongo y falda

Bolivia. Los populares Titanes no pueden ganarse la vida luchando; reciben $13 por combate. La mayoría tiene otro empleo, desde maestro de guitarra hasta empleada textil o vendedora


Publicada 5 de agosto 2005, El Diario de Hoy

Diversión. Este tipo de peleas ha tomado como modelo a países con reconocida trayectoria en este deporte, como México y Estados Unidos, pero a su estilo. Foto EDH/ The New York Times


The New York Times
Juan Forero
El Diario de Hoy

internacionales@elsalvador.com

Con su falda de múltiples capas, sus zapatos blancos y su chal con adornos dorados, la ropa tradicional del pueblo aymara, Ana Polonia Choque podría estarse preparando para una noche de danza folclórica o, tal vez, para un festival religioso.

Sin embargo, como Carmen Rosa, señora del cuadrilátero y ganadora de 100 combates demoledores en el colorido circuito de la lucha en Bolivia, se viste actualmente para una noche de violencia.

Mientras sus fieles fanáticos gritan su nombre, trepa por la esquina de las cuerdas, por encima del cuadrilátero, salta una vez para cobrar impulso y vuelta alto, con los brazos extendidos para lograr el máximo efecto. Para delicia de la multitud, la diva aplasta a su adversaria, María Remedios Condori, mejor conocida como Julia, la Pacena (Julia de La Paz).

Aquí, en El Alto, con una población casi totalmente indígena de 800,000 habitantes aymara y quechua, la lucha es un regreso a una era más simple, y tal vez más inocente, cuando las luchas nocturnas incluían a hombres con mallas negras, quienes cargaban titilantes pantallas de televisión en blanco y negro.

Excepto que la lucha boliviana no es televisada.

Quienes desean observar los combates —y cada vez más personas lo desean —, atiborran por cientos el Centro Multifuncional, pagando un dólar por persona para sentarse en gradas de concreto a temperaturas más bajas cercanas al punto de congelación, con palomitas de maíz en las manos. Durante cuatro horas cada domingo, miran luchas entre buenos contra malos que casi siempre terminan cuando luchadores como Mr. Atlas o Batman triunfan sobre el Barón Rojo, el Ángel de la Muerte o Barba Negra.

En una ciudad cuyos habitantes afrontan las dificultades diarias y tienen poco tiempo o dinero para divertirse, la lucha profesional, o lucha libre, ofrece una diversión muy necesaria.
“Esto es una distracción, una oportunidad de reír, de gritar, principalmente para los niños”, explicó Víctor Choque, de 40 años, sin relación con Ana. “Vengo todos los domingos. Me encanta. No me lo pierdo”.

El Alto, que en una generación creció de una aldea a una extensa ciudad satélite que domina La Paz, creó en gran medida su propia forma de lucha, tomando elementos del famoso espectáculo mexicano de hombres enmascarados luchando por los honores y dándole un toque local. Ana Choque lucha con un exitoso grupo de luchadores llamado los Titanes del Ring.

“La cuna de la lucha libre es México, porque de allí eran los mejores luchadores, Huracán Ramírez, el Rayo de Jalisco, Blue Demon”, explicó Juan Carlos Chávez, promotor de los Titanes.

Pero ahora, dice orgullosamente, Bolivia tiene su propio establo de luchadores que se enfrentan en luchas coreografiadas. Asimismo, los organizadores bolivianos introdujeron la innovación de las cholitas luchadoras, las mujeres indígenas que visten sombreros hongos y faldas de varias capas.

“Deseaba atraer la atención de la gente y llenar el coliseo”, afirmó Juan Mamani, de 46 años, presidente de los Titanes y él mismo luchador. “En un principio, pensé en enanos luchadores. Incluso traje uno de Perú. Luego pensé en las cholitas. Ha sido muy popular desde entonces”.

La más exitosa ha sido Choque, quien tiene 34 años, tiene una encantadora y torcida sonrisa y pesa 67 kilogramos.

Casada y con dos hijos, la exitosa propietaria de una joyería, Choque recordó el escepticismo de su esposo, quien la veía llegar a casa cansada y magullada. Pero cuando vio cuánto le gustaba su pasatiempo, comenzó a asistir a todas las luchas y ahora apoya su régimen de entrenamiento, que incluye escalar una cima de 4,500 m.

“Quiero hacer esto mientras pueda”, afirmó la mujer. “Es mi vida, la lucha libre”.

Chávez, el promotor, afirmó que incluir a las cholitas fue un golpe brillante que atrae a 1,000 o más espectadores a las luchas en El Alto, y a cientos cuando los Titanes viajan a poblados pequeños. “Esto ha ido creciendo cada vez más, y por ello tenemos que ponerle más y ha mejorado”, afirmó.

Para entrenar, los Titanes se reúnen dos veces por semana en el frío y húmedo gimnasio de Juan Mamani y, bajo la luz de tres focos, se arrojan mutuamente al suelo, practicando sus movimientos.

Incluso los populares Titanes no pueden ganarse la vida luchando; reciben aproximadamente 13 dólares por combate. La mayoría tiene otro empleo, desde maestro de guitarra hasta empleada textil o vendedora de baratijas y joyería.

Pero eso no significa que no tomen la lucha libre lo más serio posible. Tiene que hacerlo. El año pasado, uno de los Titanes murió al romperse el cuello en una mala caída en el ring.
“Déjeme decirle, esto parece como actuar, pero duele”, comentó Yenny Wilma Maras, quien al subir al ring se transforma en Marta, la Mujer de El Alto.

Tal vez el más dedicado de los luchadores sea el más viejo, Daniel Torrico, de 62 años, quien comenzó a luchar hace más de 40 años y se ha enfrentado con rivales en México, Perú y América Central. Un levantador de pesas con el pecho como un barril, Torrico se convierte Mr. Atlas en la arena, con sus mallas azules y su temible sonrisa.

“Esto es un espectáculo”, dijo, momentos antes de dirigirse al ring. “Las personas nos conocen, aprecian nuestra agilidad, nuestra fuerza. Y lo hacemos por la felicidad de la multitud”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




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