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| Diversión. Este tipo de peleas ha tomado
como modelo a países con reconocida trayectoria en este deporte,
como México y Estados Unidos, pero a su estilo. Foto
EDH/ The New York Times |
The New York Times
Juan Forero
El Diario de Hoy
internacionales@elsalvador.com
Con su falda de múltiples capas, sus zapatos blancos y su chal
con adornos dorados, la ropa tradicional del pueblo aymara, Ana Polonia
Choque podría estarse preparando para una noche de danza folclórica
o, tal vez, para un festival religioso.
Sin embargo, como Carmen Rosa, señora del cuadrilátero y
ganadora de 100 combates demoledores en el colorido circuito de la lucha
en Bolivia, se viste actualmente para una noche de violencia.
Mientras sus fieles fanáticos gritan su nombre, trepa por la esquina
de las cuerdas, por encima del cuadrilátero, salta una vez para
cobrar impulso y vuelta alto, con los brazos extendidos para lograr el
máximo efecto. Para delicia de la multitud, la diva aplasta a su
adversaria, María Remedios Condori, mejor conocida como Julia,
la Pacena (Julia de La Paz).
Aquí, en El Alto, con una población casi totalmente indígena
de 800,000 habitantes aymara y quechua, la lucha es un regreso a una era
más simple, y tal vez más inocente, cuando las luchas nocturnas
incluían a hombres con mallas negras, quienes cargaban titilantes
pantallas de televisión en blanco y negro.
Excepto que la lucha boliviana no es televisada.
Quienes desean observar los combates y cada vez más personas
lo desean , atiborran por cientos el Centro Multifuncional, pagando
un dólar por persona para sentarse en gradas de concreto a temperaturas
más bajas cercanas al punto de congelación, con palomitas
de maíz en las manos. Durante cuatro horas cada domingo, miran
luchas entre buenos contra malos que casi siempre terminan cuando luchadores
como Mr. Atlas o Batman triunfan sobre el Barón Rojo, el Ángel
de la Muerte o Barba Negra.
En una ciudad cuyos habitantes afrontan las dificultades diarias y tienen
poco tiempo o dinero para divertirse, la lucha profesional, o lucha libre,
ofrece una diversión muy necesaria.
Esto es una distracción, una oportunidad de reír,
de gritar, principalmente para los niños, explicó
Víctor Choque, de 40 años, sin relación con Ana.
Vengo todos los domingos. Me encanta. No me lo pierdo.
El Alto, que en una generación creció de una aldea a una
extensa ciudad satélite que domina La Paz, creó en gran
medida su propia forma de lucha, tomando elementos del famoso espectáculo
mexicano de hombres enmascarados luchando por los honores y dándole
un toque local. Ana Choque lucha con un exitoso grupo de luchadores llamado
los Titanes del Ring.
La cuna de la lucha libre es México, porque de allí
eran los mejores luchadores, Huracán Ramírez, el Rayo de
Jalisco, Blue Demon, explicó Juan Carlos Chávez, promotor
de los Titanes.
Pero ahora, dice orgullosamente, Bolivia tiene su propio establo de luchadores
que se enfrentan en luchas coreografiadas. Asimismo, los organizadores
bolivianos introdujeron la innovación de las cholitas luchadoras,
las mujeres indígenas que visten sombreros hongos y faldas de varias
capas.
Deseaba atraer la atención de la gente y llenar el coliseo,
afirmó Juan Mamani, de 46 años, presidente de los Titanes
y él mismo luchador. En un principio, pensé en enanos
luchadores. Incluso traje uno de Perú. Luego pensé en las
cholitas. Ha sido muy popular desde entonces.
La más exitosa ha sido Choque, quien tiene 34 años, tiene
una encantadora y torcida sonrisa y pesa 67 kilogramos.
Casada y con dos hijos, la exitosa propietaria de una joyería,
Choque recordó el escepticismo de su esposo, quien la veía
llegar a casa cansada y magullada. Pero cuando vio cuánto le gustaba
su pasatiempo, comenzó a asistir a todas las luchas y ahora apoya
su régimen de entrenamiento, que incluye escalar una cima de 4,500
m.
Quiero hacer esto mientras pueda, afirmó la mujer.
Es mi vida, la lucha libre.
Chávez, el promotor, afirmó que incluir a las cholitas fue
un golpe brillante que atrae a 1,000 o más espectadores a las luchas
en El Alto, y a cientos cuando los Titanes viajan a poblados pequeños.
Esto ha ido creciendo cada vez más, y por ello tenemos que
ponerle más y ha mejorado, afirmó.
Para entrenar, los Titanes se reúnen dos veces por semana en el
frío y húmedo gimnasio de Juan Mamani y, bajo la luz de
tres focos, se arrojan mutuamente al suelo, practicando sus movimientos.
Incluso los populares Titanes no pueden ganarse la vida luchando; reciben
aproximadamente 13 dólares por combate. La mayoría tiene
otro empleo, desde maestro de guitarra hasta empleada textil o vendedora
de baratijas y joyería.
Pero eso no significa que no tomen la lucha libre lo más serio
posible. Tiene que hacerlo. El año pasado, uno de los Titanes murió
al romperse el cuello en una mala caída en el ring.
Déjeme decirle, esto parece como actuar, pero duele,
comentó Yenny Wilma Maras, quien al subir al ring se transforma
en Marta, la Mujer de El Alto.
Tal vez el más dedicado de los luchadores sea el más viejo,
Daniel Torrico, de 62 años, quien comenzó a luchar hace
más de 40 años y se ha enfrentado con rivales en México,
Perú y América Central. Un levantador de pesas con el pecho
como un barril, Torrico se convierte Mr. Atlas en la arena, con sus mallas
azules y su temible sonrisa.
Esto es un espectáculo, dijo, momentos antes de dirigirse
al ring. Las personas nos conocen, aprecian nuestra agilidad, nuestra
fuerza. Y lo hacemos por la felicidad de la multitud.

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