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La Nota del
Día
Sesenta años de la bomba atómica
Hacer polvo una represa eléctrica
con todo y embalse o una montaña, tiene efectos tan disuasivos
como vaporizar una ciudad, pero sin achicharrar a cien mil personas entre
hombres, mujeres, niños, ancianos, religiosos y pacifistas
Publicada 5 de agosto 2005, El Diario de Hoy
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El
Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Sesenta años han pasado desde que cayó sobre Hiroshima,
el 6 de agosto de 1945, la primera bomba atómica lanzada contra
blancos humanos, una fecha siniestra para el mundo. Más de cien
mil personas murieron, un número de ellas víctima de horrendas
quemaduras; al día de hoy, muchas familias llevan en sus genes
la maldición atómica.
Mucho se ha averiguado sobre la decisión de usar la bomba y la
macabra estrategia que condujo a ella. El historiador Frederick Taylor
revela, en el diario alemán Der Spiegel, que el alto mando militar
de Estados Unidos dispuso dejar cuatro ciudades intactas para aniquilarlas
totalmente en segundos y forzar la rendición del Japón.
Las ciudades eran Hiroshima, Nagasaki, Kyoto y Niigata. Más tarde,
por orden directa del ministro de la Guerra, Henry Stimpson, Kyoto fue
retirada de la lista por los inapreciables monumentos, templos y tesoros
artísticos que poseía. Para vencer la oposición del
general Leslie Groves de que Kyoto tenía que ser destruido, Stimpson
le repitió, en presencia del general George Marshall, jefe de Groves,
la orden de dejar fuera esa ciudad.
De acuerdo con un coronel Fisher, encargado de exponer al Estado Mayor
la estrategia que se iba a seguir, tenía el propósito de
no dejar piedra sobre piedra en las principales ciudades japonesas.
Tokyo será aniquilado para que no ofrezca resistencia a la División
20 de nuestra Fuerza Aérea.
En los años 30, recuerda Frederick Taylor, el general Billy Mitchell,
a quien se le atribuye haber destacado la decisiva importancia para Estados
Unidos de contar con una poderosa arma aérea, dijo que las ciudades
japonesas eran blancos ideales para bombardear.
Lo eran porque estaban hechas de materiales livianos altamente combustibles:
papel, madera, bambú. De allí que al bombardear Tokyo en
1945, 334 bombarderos B-29 dejaron caer 1,700 toneladas de bombas. Unas
16 millas cuadradas de la capital fueron borradas del mapa y murieron
cien mil personas. El bombardeo fue el más grande de la historia,
mayor que la destrucción de Hamburgo y Dresden.
No a Irán, no a Norcorea
La diabólica justificación del uso de la bomba atómica
sobre ciudades japonesas fue directa: en esa forma el Japón iba
a rendirse de inmediato y decenas de vidas de soldados norteamericanos
y japoneses se iban a salvar. Los hechos tienden a contradecir esa afirmación:
Nagasaki fue bombardeado después de que los japoneses expresaron
su voluntad de rendirse de inmediato vista la devastación espantosa
de Hiroshima.
Pero hay una consideración todavía más importante:
que había otra alternativa para forzar la rendición inmediata:
lanzar la bomba sobre un despoblado dando tiempo al gobierno japonés
a medir las consecuencias que una arma de ese poder tendría sobre
cualquiera de sus ciudades. Hacer polvo una represa eléctrica con
todo y embalse o una montaña, tiene efectos tan disuasivos como
vaporizar una ciudad, pero sin achicharrar a cien mil personas entre hombres,
mujeres, niños, ancianos, religiosos y pacifistas.
Desde esa aciaga fecha, el mundo ha evolucionado moral y políticamente:
no sólo es inconcebible que un gobierno establecido use artefactos
atómicos, sino que se ejercen enormes presiones para que no proliferen
esas armas. Europa y Estados Unidos están usando su influencia
y poder para evitar que Irán y Corea del Norte puedan desarrollar
esos artefactos. Nadie ya bombardea blancos civiles, exceptuadas las redes
del terror.

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