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Recordando
Contradicciones populares

En este país todo es contrario, dual, al revés y válido, en donde no obstante ser en el pasado el país de la eterna sonrisa y hoy el de las maravillas, muchos lo quieren abandonar

Publicada 3 de agosto 2005, El Diario de Hoy


Rafael Rodríguez Loucel*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Con el título de contradicciones populares se han publicado varios artículos, en los cuales se aglutinan expresiones, decisiones o maneras de proceder muy ambiguas. Algunas de ellas conocidas más allá de los límites territoriales por escritores que, como Eduardo Galeano, uruguayo, con su libro: “Patas arriba, la escuela del mundo al revés”, menciona que en este mundo de hoy en día las cosas son tan contradictorias que no sería raro “que el plomo aprenda a flotar y el corcho a hundirse. Las víboras aprendan a volar y las nubes aprendan a arrastrarse por los caminos”.

En el mundo al revés del que nos habla Galeano, “la publicidad manda consumir y la economía lo prohíbe. Las órdenes de consumo son obligatorias para todos pero imposibles para la mayoría, se traducen en invitaciones al delito. Las páginas policiales de los diarios enseñan más sobre las contradicciones de nuestro tiempo que las páginas de información política y económica. Los dueños del mundo nos comunican la obligación que todos tenemos de contemplarnos en un espejo único, que refleja los valores de la cultura de consumo. Quien no tiene, no es, está simulando existir”.

Galeano también dice que “caminar es un peligro y respirar es una hazaña en las grandes ciudades del mundo al revés”. En nuestro país, diría un ciudadano salvadoreño, hay que dar gracias a Dios de retornar vivo a casa, con su dinero y pertenencias o sin enfermedades pulmonares, después de haber transitado en el centro de la ciudad. A propósito, creo que compré de nuevo la llanta de repuesto de mi carro en el supuesto sector informal.

Parodiando a Galeano, El Salvador es un país donde estamos embarcados en una especie de crucero de consumo con posibilidades de naufragar a corto plazo, si no fuese por el incremento de la deuda externa, cuyo saldo equivale a la mitad de lo que se produce; pero en un mundo al revés, todo es posible, no es un huracán el que causa un caos, vasta con una llovizna; el tráfico es una especie de sálvese quien pueda, y el que pega no paga, sino el que se deja pegar; donde las reglas internacionales de tránsito no se aplican, puesto que el carril izquierdo es de marcha lenta y el derecho es para rebasar, y el espacio de tierra no pavimentado también sirve para adelantar; los que mandan son los vehículos de transporte colectivo, asumiendo, quienes conducen estos últimos, que el que prefiere detenerse es el que conduce el carro particular, cuyo dueño ha gastado sus ahorros en la adquisición del vehículo.

Como ya se ha manifestado antes este país es “sui géneris”, es folclórico, es autóctono. No se incrementan sustancialmente los productos que se fabrican con la mano de obra y luego se exportan, la mano de obra es la que se exporta o emigra sustancialmente en búsqueda de oportunidades de ser empleada; de lo que resulta que el ingreso es igual al gasto, pero es mayor que lo que se produce; es un país rico sin producir mucho; la oferta global se incrementa más por importaciones que por producción interna y la demanda global, más por consumo que por inversión y exportaciones, como consecuencia de una dirigida cultura de dependencia material; de lo que resulta la aseveración de expertos de que la medición del producto debe “enfatizarse o focalizarse” más en la intermediación en bazares de productos importados que en la producción de la tierra y de la fábrica, donde por una revisión de la metodología y no por mayor productividad podría resultar un mayor crecimiento económico.

Un país en el cual los políticos atienden lo urgente y olvidan lo importante; con una supuesta política económica, pero sin política monetaria y moneda propia; con un sector comercial externo dependiente significativamente de lo que producen los salvadoreños en el exterior y no de lo que producen los salvadoreños internamente. Un país que exporta pocos bienes y exporta bastante gente. Y a pesar de ser mi país, tengo que reconocer que, al igual que muchas cosas de este mundo, está al revés. Se dice que todo marcha bien y el número de homicidios y los gastos en seguridad se incrementan. Se asegura que la pobreza se reduce y los mendigos proliferan. No hay inflación, pero todo se encarece.

En este país todo es contrario, dual, al revés y válido, en donde no obstante ser en el pasado el país de la eterna sonrisa y hoy el de las maravillas, muchos lo quieren abandonar. Olvidaba algo importante, se prohíbe quejarse porque hay que reír en aras del bienestar personal y de una anhelada democracia.

*Colaborador de El Diario de Hoy y vicerrector de la Universidad Tecnológica de El Salvador. rloucel@utec.edu.sv


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