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Rafael Rodríguez Loucel*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Con el título de contradicciones populares se han publicado varios
artículos, en los cuales se aglutinan expresiones, decisiones o
maneras de proceder muy ambiguas. Algunas de ellas conocidas más
allá de los límites territoriales por escritores que, como
Eduardo Galeano, uruguayo, con su libro: Patas arriba, la escuela
del mundo al revés, menciona que en este mundo de hoy en
día las cosas son tan contradictorias que no sería raro
que el plomo aprenda a flotar y el corcho a hundirse. Las víboras
aprendan a volar y las nubes aprendan a arrastrarse por los caminos.
En el mundo al revés del que nos habla Galeano, la publicidad
manda consumir y la economía lo prohíbe. Las órdenes
de consumo son obligatorias para todos pero imposibles para la mayoría,
se traducen en invitaciones al delito. Las páginas policiales de
los diarios enseñan más sobre las contradicciones de nuestro
tiempo que las páginas de información política y
económica. Los dueños del mundo nos comunican la obligación
que todos tenemos de contemplarnos en un espejo único, que refleja
los valores de la cultura de consumo. Quien no tiene, no es, está
simulando existir.
Galeano también dice que caminar es un peligro y respirar
es una hazaña en las grandes ciudades del mundo al revés.
En nuestro país, diría un ciudadano salvadoreño,
hay que dar gracias a Dios de retornar vivo a casa, con su dinero y pertenencias
o sin enfermedades pulmonares, después de haber transitado en el
centro de la ciudad. A propósito, creo que compré de nuevo
la llanta de repuesto de mi carro en el supuesto sector informal.
Parodiando a Galeano, El Salvador es un país donde estamos embarcados
en una especie de crucero de consumo con posibilidades de naufragar a
corto plazo, si no fuese por el incremento de la deuda externa, cuyo saldo
equivale a la mitad de lo que se produce; pero en un mundo al revés,
todo es posible, no es un huracán el que causa un caos, vasta con
una llovizna; el tráfico es una especie de sálvese quien
pueda, y el que pega no paga, sino el que se deja pegar; donde las reglas
internacionales de tránsito no se aplican, puesto que el carril
izquierdo es de marcha lenta y el derecho es para rebasar, y el espacio
de tierra no pavimentado también sirve para adelantar; los que
mandan son los vehículos de transporte colectivo, asumiendo, quienes
conducen estos últimos, que el que prefiere detenerse es el que
conduce el carro particular, cuyo dueño ha gastado sus ahorros
en la adquisición del vehículo.
Como ya se ha manifestado antes este país es sui géneris,
es folclórico, es autóctono. No se incrementan sustancialmente
los productos que se fabrican con la mano de obra y luego se exportan,
la mano de obra es la que se exporta o emigra sustancialmente en búsqueda
de oportunidades de ser empleada; de lo que resulta que el ingreso es
igual al gasto, pero es mayor que lo que se produce; es un país
rico sin producir mucho; la oferta global se incrementa más por
importaciones que por producción interna y la demanda global, más
por consumo que por inversión y exportaciones, como consecuencia
de una dirigida cultura de dependencia material; de lo que resulta la
aseveración de expertos de que la medición del producto
debe enfatizarse o focalizarse más en la intermediación
en bazares de productos importados que en la producción de la tierra
y de la fábrica, donde por una revisión de la metodología
y no por mayor productividad podría resultar un mayor crecimiento
económico.
Un país en el cual los políticos atienden lo urgente y olvidan
lo importante; con una supuesta política económica, pero
sin política monetaria y moneda propia; con un sector comercial
externo dependiente significativamente de lo que producen los salvadoreños
en el exterior y no de lo que producen los salvadoreños internamente.
Un país que exporta pocos bienes y exporta bastante gente. Y a
pesar de ser mi país, tengo que reconocer que, al igual que muchas
cosas de este mundo, está al revés. Se dice que todo marcha
bien y el número de homicidios y los gastos en seguridad se incrementan.
Se asegura que la pobreza se reduce y los mendigos proliferan. No hay
inflación, pero todo se encarece.
En este país todo es contrario, dual, al revés y válido,
en donde no obstante ser en el pasado el país de la eterna sonrisa
y hoy el de las maravillas, muchos lo quieren abandonar. Olvidaba algo
importante, se prohíbe quejarse porque hay que reír en aras
del bienestar personal y de una anhelada democracia.
*Colaborador de El Diario de Hoy y vicerrector
de la Universidad Tecnológica de El Salvador. rloucel@utec.edu.sv

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