 |
| Tendencia. El mercado automotor en Estados Unidos
no parece buscar la eficiencia. Foto EDH |
Jad Mouwad t Matthew L. Wald
El Diario de Hoy
negocios@elsalvador.com
Cuando los precios del petróleo aumentaron a principios de los
80, después de la revolución iraní, Jared Nedzel
cambió su Pontiac Trans Am 1978, un potente automóvil estadounidense,
por un Toyota Corolla, más pequeño y menos extravagante.
Se dirigía a la Universidad de Cornell a estudiar ingeniería
civil, y necesitaba un auto más económico.
Hoy, Nedzel, un desarrollador de programas de computadora de 44 años
de edad, quien vive cerca de Boston, es dueño de un Toyota 4Runner,
una camioneta deportiva que compró hace dos años. Su eficiencia
es de unos 17.5 millas por galón (7 kilómetros por litro),
similar a la del Trans Am, y lo usa para su viaje de 45 minutos hasta
el trabajo y para conducir cerca de las playas de Marthas Vineyard
y llegar hasta sus sitios de pesca favoritos.
Los precios de la gasolina volvieron a aumentar, hasta más de 2.25
dólares por galón de gasolina regular en Boston, a principios
de julio, un poco más del promedio nacional, según la AAA.
Pero los costos de la energía no son una carga en la mente de Nedzel.
Solamente otra crisis de la gasolina, afirmó, expresando
una opinión que comparten muchos otros.
Para los estadounidenses, el impacto del petróleo ya no parece
tan impactante.
El embargo petrolero árabe de 1973 y la revolución iraní
de 1978 a 1979 dejó al descubierto la vulnerabilidad de Estados
Unidos a poderosas fuerzas fuera de su control, fuerzas que dispararon
el precio del combustible hasta niveles sin precedentes.
Para 1980, la crisis de la energía y la inflación que provocó
sumieron a los estadounidenses en un clima de venganza, lo que contribuyó
a la derrota electoral del presidente Jimmy Carter, quien había
prometido librar el equivalente moral de una guerra contra
la dependencia del petróleo.
Todo cambió
Pero la más reciente escalada en los precios del petróleo
-hasta 60 dólares hoy, frente a menos de 30 dólares el barril
hace poco más de dos años- produjo una respuesta mucho más
limitada. La legislación energética que promueve el Presidente
Bush en el Congreso este verano significaría muy poco alivio.
Y aunque los estadounidenses afirman en encuestas sentirse muy molestos
por los altos precios de la gasolina y buscan a quién culpar, la
mayoría de las personas sigue conduciendo con tanta avidez como
antes; las compras de camionetas deportivas que devoran combustible disminuyeron,
pero no se advierte un cambio notable hacia autos de consumo más
eficiente.
James R. Schlesinger, a quien Carter eligió como el primer secretario
de energía, en 1977, señaló en una reciente entrevista
que el enfoque básico del país hacia la energía puede
ser resumido de esta manera: Solamente tenemos dos modos: la complacencia
y el pánico.
Los anteriores impactos petroleros produjeron cambios notables, incluyendo
el ascenso de la industria automotriz japonesa, en tanto los norteamericanos
buscaban autos más pequeños y eficientes, debido a la necesidad.
Con incentivos y castigos, Estados Unidos logró reducir, temporalmente,
el uso de la energía por persona y disminuir la porción
del petróleo en el uso general de energéticos.
Restricciones
El gobierno federal creó una reserva estratégica de petróleo
como una protección en contra de interrupciones en el suministro
global, fijó un límite de 55 millas (88 kilómetros)
por hora como límite de velocidad, y gastó miles de millones
de dólares en alternativas como el aceite de esquisto, que probó
ser demasiado costoso.
Sin embargo, en esta ocasión, el gobierno casi no ha actuado para
reducir la vulnerabilidad de la nación a una repentina interrupción
del suministro de petróleo. Incluso quienes abogan por la largamente
estancada ley de energía, que fue aprobada finalmente por ambas
cámaras del Congreso reconocen que ninguna versión de la
medida será efectiva.
Las importaciones de crudo se duplicaron durante las pasadas tres décadas,
y ahora representan casi dos terceras partes del petróleo quemado
por los estadounidenses.
Antes del embargo petrolero de 1973, las importaciones representaban solamente
una tercera parte del consumo de energía de Estados Unidos. En
el mismo periodo de tres décadas, la demanda de petróleo
en Estados Unidos aumentó 18 por ciento, mientras que la producción
ha seguido un lento y probablemente irrevocable declive.
El problema no es el más reciente aumento de los precios que, tras
ser ajustados a la inflación, siguen siendo inferiores al máximo
alcanzado a principios de 1981. Y no se trata solamente de las importaciones;
aunque el país produjera suficiente petróleo para satisfacer
sus necesidades internas, en una economía global una sacudida de
los precios sería resentida en Estados Unidos.
El problema fundamental, según los expertos, es que los estadounidenses
dependen casi exclusivamente de vehículos privados relativamente
grandes y pesados, prácticamente todos ellos impulsados por gasolina,
para tareas diarias cruciales como ir a trabajar y llevar a sus hijos
a la escuela.

|