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José
Miguel Cruz*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Los planes de mano dura no sólo no han podido controlar la criminalidad
en el país, sino, sobre todo, son, en buena medida, responsables
de la segunda ola de violencia de la posguerra que abate al país
en este momento.
A la luz de la escalada de homicidios que afrontamos en la actualidad,
que comenzó justo a mediados del año 2003 y que se aceleró
desde finales del año pasado, está claro que la medicina
ha resultado ser mucho peor que la enfermedad.
Y más aún, a juzgar por las declaraciones del Presidente
y de los encargados de la seguridad pública, está claro
que no contaremos ni con el diagnóstico ni con los remedios adecuados
para hacerle frente, por lo menos en un tiempo, hasta que pasen las próximas
elecciones.
¿Por qué fracasó la Súper Mano Dura? En primer
lugar, porque su intencionalidad primigenia y fundamental es electorera
y partidaria, y es más un despliegue de publicidad y propaganda
gubernamental que una política pública seria y planificada.
Y, en segundo lugar, porque el énfasis exclusivo en el uso de la
fuerza y en las medidas represivas en una sociedad que es estructuralmente
violenta sólo incrementa los niveles de la misma.
Pero lo cierto es que hay planes que, aun siendo electoreros y propagandísticos,
suelen funcionar y logran parte de los propósitos para los cuales
fueron supuestamente creados, aparte de generar cuantiosas utilidades
políticas.
También hay planes puntuales que hacen uso de la represión
para controlar el desorden social y que, de alguna manera u otra, logran
hacerlo. Este no es el caso de la Súper Mano Dura: más allá
del éxito para lograr votos para ARENA y opiniones positivas para
el Presidente, este plan ni siquiera ha logrado mantener controlado el
nivel de violencia y más bien ha conseguido que los criminales
sean más violentos, estén más organizados y desafíen
más abiertamente la gobernabilidad del país. Con el plan
el Presidente Saca ciertamente ha ganado más popularidad, pero
ha perdido poder.
La Súper Mano Dura ha fracasado, porque toda política gubernamental
basada en la represión genera consecuencias en la sociedad, las
cuales deben ser controladas a través de otras políticas.
Cualquier política criminal debe ser siempre parte de una política
social, porque la primera modifica los términos en los cuales se
relacionan las autoridades con los ciudadanos, y la segunda debe prever
y controlar las consecuencias de esa transición, al tiempo que
pone condiciones para la prevención.
La violencia y la criminalidad, sobre todo cuando éstas son endémicas
como en El Salvador, son parte de un complejo sistema de interacción
social, en el cual las personas sean éstas mareros, simples
delincuentes o ciudadanos honrados reaccionan a las
medidas del gobierno, modificando su conducta para responder al aumento
del uso de la fuerza.
Se suele decir que la violencia genera más violencia y eso es cierto
aun cuando el Estado es el que la genera; pero esto no debe llevar a la
conclusión de que los gobiernos no deben reprimir cuando sea necesario.
Los programas puntuales de represión del delito que han resultado
exitosos son aquellos que al mismo tiempo que incrementan el uso de la
fuerza en contra de los violentos suelen controlar los mecanismos a través
de los cuales éstos pueden responder violentamente.
Esto significa que si el Estado va a atacar a las pandillas, debe asegurarse
de que las mismas no tengan los medios para devolver ese ataque ni a las
autoridades ni a la sociedad. Debe, por ejemplo, sustraer todas las armas
que puedan llegar a ser utilizadas por las maras, debe desarticular los
vínculos que les proveen de recursos, debe colaborar y proteger
a todos los actores que gravitan en torno a ellas (comunidades, testigos
y funcionarios) y debe promover normas de comportamiento que contribuyan
a la convivencia ciudadana y el respeto a la ley, para evitar que otros
actores se sumen a la dinámica de la violencia.
En lugar de eso, nuestras autoridades han permitido y a veces promovido
la armamentización de la sociedad, sin ponerse a pensar que la
misma erosiona significativamente la capacidad de control que debe tener
el Estado: ¿Cómo es posible que esperemos que los delincuentes
no respondan violentamente si les hemos provisto de todas las armas que
necesitan para hacerlo? Las autoridades han promovido también la
privatización de la seguridad y han dejado que la gente busque
la justicia por su propia cuenta, al tiempo que han permitido que los
criminales se desquiten con todos aquellos ciudadanos que no cuentan con
la protección que puedan pagar. Y en lugar de afrontar la cultura
de violencia, que produce muertos por cualquier cosa, el Gobierno se ha
dedicado a fomentar la intolerancia y la incomprensión ciudadana.
Para que los planes en contra de la violencia funcionen, se necesita tener
una política criminal y que sea integral y bien pensada. Y esto
implica abandonar el guión publicitario y la demagogia.
*Director del IUDOP de la UCA y columnista de El Diario de Hoy.

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