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Marvin
Galeas*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
(Primera parte)
La columna del puesto de mando formado por los máximos comandantes
y los integrantes de la radio guerrillera, las comunicaciones operativas
y estratégicas, la inteligencia y contrainteligencia militar, la
cocina y equipo logístico y tres unidades de seguridad avanzábamos
sigilosos en medio de la más negra noche. Una fina lluvia caía
de manera persistente y los relámpagos iluminaban de tanto en tanto
el camino fangoso y el tupido follaje del norte de Morazán.
Estábamos a mitad de 1986. La Fuerza Armada había introducido,
desde hacía poco más de un año, una serie de cambios
tácticos en su forma de hacer la guerra. Ya no se trataba de avanzar
ruidosamente con grandes unidades para desalojar a las fuerzas guerrilleras
de sus posiciones y ocupar terreno, como si se tratase de una guerra convencional.
Las maniobras de yunque y martillo habían fracasado de manera repetida.
Ahora avanzaban en silencio con unidades más pequeñas, apoyadas
desde el aire por equipos aeromóviles: helicópteros equipados
con ametralladoras minigun, cohetes aire-tierra, aviones observadores
O-2 y en su momento los temibles Dragonfly A-37.
Cuando desde el aire eran detectadas las fuerzas guerrilleras mediante
observación o captación de señales de radio, los
helicópteros y los aviones saturaban la zona de balas, cohetes
y bombas, luego avanzaban las pequeñas unidades por tierra y, casi
sobre las cabezas de los combatientes, desembarcaban las tropas helitransportadas.
Sorpresa, aniquilamiento, capturas. El águila caza a su presa.
En una de esas operaciones había sido capturada Nidia Díaz,
un año atrás, en la zona paracentral del país.
Esta vez, tres batallones especiales habían cruzado el río
Torola hacia el norte. Eran apoyados, como siempre, por unidades del destacamento
militar de Gotera, el escuadrón de paracaidistas y la Fuerza Aérea.
El puesto de mando guerrillero estaba ubicado en la zona del Cerro Gigante,
en las inmediaciones de Perquín, cuando se inició el operativo
contrainsurgente.
Esa misma noche nos movilizamos hacia el Sur, tratando de colocarnos en
la retaguardia del avance del ejército. Caminamos sin tregua toda
la noche. Al alba llegamos a la calle que une San Fernando y Torola, cerca
de las montañas del Moscarrón.
Se dio la orden de descansar un poco al lado del camino, en una zona bastante
protegida por la vegetación. En realidad no era descanso. De lo
que se trataba era de trabajar unas horas en las comunicaciones, revisar
el plan operativo de la defensa, darle seguimiento a los noticieros locales
y comenzar a preparar el programa de la radio, que tenía que transmitirse
bajo cualquier circunstancia. Justamente estábamos colocando las
antenas de los radios de comunicación, cuando una unidad del ejército
que merodeaba la zona fue avistada por nuestra seguridad. El puesto de
mando, como la pieza del rey en el ajedrez, es la más importante,
pero no combate, sólo en muy raras excepciones.
Enrollamos las antenas y nos pusimos de nuevo en marcha de manera acelerada,
pues la unidad del ejército avanzaba en dirección a nosotros.
Si nos detectaban, nos atacarían y de inmediato vendría
el desembarco. Avanzamos de prisa, por más de dos horas y media,
hasta llegar a una vaguada ubicada más hacia el sur de Torola,
casi en el límite del departamento de San Miguel. Estábamos
cansados, hambrientos y desvelados. El jefe de la seguridad, el viejo
Germán, consideró que allí podíamos descansar
un poco mientras el mando juntaba toda la información de la situación
para determinar el lugar en donde establecernos mientras duraba el operativo.
La vaguada era una depresión bastante pronunciada. Un riachuelo
de aguas muy cristalinas corría en medio de rocas y bajo altos
árboles. Teníamos sombra y agua. Nos relajamos. Los comandantes
revisaban cartas topográficas y evaluaban la situación operativa.
Los demás dormitábamos un poco. De pronto, casi a eso de
las nueve de la mañana, un miembro de la seguridad informó
en baja voz que varias unidades del Batallón Arce se habían
colocado en la cresta militar, es decir, a escasos 300 metros de nosotros.
Cerca, muy cerca.
Ellos, en la altura, y nosotros, en la vaguada. Si nos descubrían,
simplemente nos iban a freír en aceite. La palabra aniquilación
no era para nada exagerada. Y para detectarnos bastaba que a un soldado
se le ocurriera orinar cerca de la vaguada, por ejemplo, vernos y dar
la voz de alarma para que se armara el infierno. La cosa era grave. Salir
de la ratonera en completo silencio era algo que teníamos que hacer
y rápido. Pero antes había que planificar la ruta de salida.
No se trataba de agarrar camino para cualquier lado.
Joaquín Villalobos llegó caminando, literalmente en puntillas,
a donde estábamos los del equipo de la radio y nos dijo en voz
muy baja: Vamos a jugar las estatuas de marfil, que nadie haga ningún
movimiento. En unos minutos les diremos lo que vamos a hacer. Vi
mi reloj: las diez de la mañana. Comenzaron a correr las seis horas
más angustiosas de mi vida. (Continuará).
*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

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