elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

De mis recuerdos
Seis horas de angustia

Las maniobras de yunque y martillo habían fracasado de manera repetida. Ahora avanzaban en silencio con unidades más pequeñas, apoyadas desde el aire por equipos aeromóviles: helicópteros equipados con ametralladoras.

Publicada 28 de julio 2005, El Diario de Hoy

Marvin Galeas*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

(Primera parte)
La columna del puesto de mando formado por los máximos comandantes y los integrantes de la radio guerrillera, las comunicaciones operativas y estratégicas, la inteligencia y contrainteligencia militar, la cocina y equipo logístico y tres unidades de seguridad avanzábamos sigilosos en medio de la más negra noche. Una fina lluvia caía de manera persistente y los relámpagos iluminaban de tanto en tanto el camino fangoso y el tupido follaje del norte de Morazán.

Estábamos a mitad de 1986. La Fuerza Armada había introducido, desde hacía poco más de un año, una serie de cambios tácticos en su forma de hacer la guerra. Ya no se trataba de avanzar ruidosamente con grandes unidades para desalojar a las fuerzas guerrilleras de sus posiciones y ocupar terreno, como si se tratase de una guerra convencional. Las maniobras de yunque y martillo habían fracasado de manera repetida. Ahora avanzaban en silencio con unidades más pequeñas, apoyadas desde el aire por equipos aeromóviles: helicópteros equipados con ametralladoras minigun, cohetes aire-tierra, aviones observadores O-2 y en su momento los temibles Dragonfly A-37.

Cuando desde el aire eran detectadas las fuerzas guerrilleras mediante observación o captación de señales de radio, los helicópteros y los aviones saturaban la zona de balas, cohetes y bombas, luego avanzaban las pequeñas unidades por tierra y, casi sobre las cabezas de los combatientes, desembarcaban las tropas helitransportadas. Sorpresa, aniquilamiento, capturas. El águila caza a su presa. En una de esas operaciones había sido capturada Nidia Díaz, un año atrás, en la zona paracentral del país.

Esta vez, tres batallones especiales habían cruzado el río Torola hacia el norte. Eran apoyados, como siempre, por unidades del destacamento militar de Gotera, el escuadrón de paracaidistas y la Fuerza Aérea. El puesto de mando guerrillero estaba ubicado en la zona del Cerro Gigante, en las inmediaciones de Perquín, cuando se inició el operativo contrainsurgente.

Esa misma noche nos movilizamos hacia el Sur, tratando de colocarnos en la retaguardia del avance del ejército. Caminamos sin tregua toda la noche. Al alba llegamos a la calle que une San Fernando y Torola, cerca de las montañas del Moscarrón.

Se dio la orden de descansar un poco al lado del camino, en una zona bastante protegida por la vegetación. En realidad no era descanso. De lo que se trataba era de trabajar unas horas en las comunicaciones, revisar el plan operativo de la defensa, darle seguimiento a los noticieros locales y comenzar a preparar el programa de la radio, que tenía que transmitirse bajo cualquier circunstancia. Justamente estábamos colocando las antenas de los radios de comunicación, cuando una unidad del ejército que merodeaba la zona fue avistada por nuestra seguridad. El puesto de mando, como la pieza del rey en el ajedrez, es la más importante, pero no combate, sólo en muy raras excepciones.

Enrollamos las antenas y nos pusimos de nuevo en marcha de manera acelerada, pues la unidad del ejército avanzaba en dirección a nosotros. Si nos detectaban, nos atacarían y de inmediato vendría el desembarco. Avanzamos de prisa, por más de dos horas y media, hasta llegar a una vaguada ubicada más hacia el sur de Torola, casi en el límite del departamento de San Miguel. Estábamos cansados, hambrientos y desvelados. El jefe de la seguridad, el viejo Germán, consideró que allí podíamos descansar un poco mientras el mando juntaba toda la información de la situación para determinar el lugar en donde establecernos mientras duraba el operativo.

La vaguada era una depresión bastante pronunciada. Un riachuelo de aguas muy cristalinas corría en medio de rocas y bajo altos árboles. Teníamos sombra y agua. Nos relajamos. Los comandantes revisaban cartas topográficas y evaluaban la situación operativa. Los demás dormitábamos un poco. De pronto, casi a eso de las nueve de la mañana, un miembro de la seguridad informó en baja voz que varias unidades del Batallón Arce se habían colocado en la cresta militar, es decir, a escasos 300 metros de nosotros. Cerca, muy cerca.

Ellos, en la altura, y nosotros, en la vaguada. Si nos descubrían, simplemente nos iban a freír en aceite. La palabra aniquilación no era para nada exagerada. Y para detectarnos bastaba que a un soldado se le ocurriera orinar cerca de la vaguada, por ejemplo, vernos y dar la voz de alarma para que se armara el infierno. La cosa era grave. Salir de la ratonera en completo silencio era algo que teníamos que hacer y rápido. Pero antes había que planificar la ruta de salida. No se trataba de agarrar camino para cualquier lado.

Joaquín Villalobos llegó caminando, literalmente en puntillas, a donde estábamos los del equipo de la radio y nos dijo en voz muy baja: “Vamos a jugar las estatuas de marfil, que nadie haga ningún movimiento. En unos minutos les diremos lo que vamos a hacer”. Vi mi reloj: las diez de la mañana. Comenzaron a correr las seis horas más angustiosas de mi vida. (Continuará).

*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv


elsalvador.com WWW