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La Nota del Día
Quitar a los ricos y repartir a los pobres

Hace dos mil años un sabio chino, Kuan-tzu, señaló: “Si regalas un pescado, quien lo recibe comerá una vez; si enseñas a pescar, comerán toda la vida”.

Publicada 28 de julio 2005, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
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El ex alcalde doctor Héctor Silva ha encontrado la fórmula mágica, milagrosa, para sacar al país de la pobreza: una mejor distribución de la riqueza nacional. A través de impuestos, un hipotético gobierno de izquierda entregará lo que sobra a unos para suplir lo que falta a otros. A grandes rasgos es lo que Duarte dispuso hacer en los ochenta, con los catastróficos resultados que muchos recuerdan y todos todavía padecen.

Los esquemas de reparto de la riqueza terminan repartiendo pobreza y hundiendo a los países en la bancarrota, especialmente si se trata de regiones en desarrollo. Esto sucede por muchas razones, que no cuesta enumerar:

La primera de ellas es que los dineros que se recogen en su mayor parte se destinan al pago de burocracias, empleomanía. En Estados Unidos, de cada dólar destinado a “combatir la pobreza”, noventa centavos se gastan en burocracia mientras apenas diez llegan a los pobres. Además son burócratas los que deciden a cuáles pobres van a ayudar y cuáles quedan fuera, lo que hace del plan contra la pobreza un programa político.

Lo segundo, y esto es un factor decisivo, elevar impuestos reduce de manera invariable las recaudaciones. Las izquierdas en El Salvador (inclusive las “democráticas” si tal cosa existe) siempre plantean impuestos confiscatorios equivalentes a matar la gallina de los huevos de oro. Eso sucedió en los años de Duarte: esquilmaban a los contribuyentes y en lugar de una bonanza provocaron la desgracia general.

Lo tercero, que los planes de reparto sacan dinero de los productores para, en teoría, darlos a consumidores de bienes y servicios, lo que es una política suicida a muy corto plazo al ahuyentar la inversión impidiendo así que las empresas se mantengan competitivas. Los saqueos fiscales en la década de los ochenta generaron un terrible desempleo, dañando a los que supuestamente iban a beneficiar.

Hay otra objeción que hace dos mil años un sabio chino, Kuan-tzu, señaló: “Si regalas un pescado, quien lo recibe comerá una vez; si enseñas a pescar, comerán toda la vida”. A los redentores profesionales no se les ha cruzado por la cabeza que lo importante no es regalar pescado, sino enseñar a pescar, potenciar la creación de riqueza. Repartir “la riqueza nacional” además de golpear a los productores, genera dependencia en los supuestos beneficiados, como sucede con las remesas del exterior.

No repartir, sino generar riqueza

¿Cuál es el origen de esas teorías del reparto? La ocurrencia tiene un sólido pedigree marxista: el capital se forma, nos dicen, de la parte que los dueños de los medios de producción expolian a los trabajadores. El papel de un gobierno justiciero, por tanto, es recuperar lo robado y devolverlo a los trabajadores. La teoría se derrumba al considerar riquezas generadas por una idea donde no hay “explotados” (digamos un invento genial que se patenta), o plantearse el caso de una empresa con menor número de trabajadores que saca del mercado a una empresa originalmente más grande y poderosa.

En vez de ponerse a desplumar ricos, lo efectivo es enseñar a pescar a los pobres y ponerlos a producir. O en términos contemporáneos, incentivar nueva inversión en áreas deprimidas, como lo han logrado las maquileras de El Pedregal y de Colón elevando la calidad de la vida en las comunidades donde operan.

 


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