elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Comentando
Más allá del mito

Más allá del mito, Waldo Chávez Velasco fue un hombre culto y talentoso como pocos. Su fino intelecto, erudición y astucia lo llevaron a codearse con las personas más poderosas del país durante varias décadas.

Publicada 26 de julio 2005, El Diario de Hoy

Carlos A. Rosales*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Recuerdo bien el día en que conocí a Waldo Chávez Velasco. Fue allá por agosto de 1999. Justo antes, varias personas me advirtieron que tuviera cuidado. Me dijeron que Waldo era experto en sacarle información a la gente sin que uno se diera cuenta, casi que los hipnotizaba para extraerles información. Confieso que el día que me senté frente a él a almorzar, me sentí nervioso y no sabía qué esperar.

Era de rigor que debía conocerlo, yo acababa de ser juramentado como secretario de Comunicaciones en el gobierno de Francisco Flores. Debía conocer a Waldo no sólo porque él había cumplido la misma responsabilidad años atrás, sino porque se había erigido todo un mito alrededor de su desempeño en el cargo.

De Waldo se decían muchas cosas, no todas eran ciertas. De lo que sí quedé convencido es de que, hasta cierto punto, él disfrutaba de esa imagen oscura que siempre lo arropó.

Algunas versiones lo pintaban como una suerte de maestro de la intriga. Todo un John Abbes García, el siniestro jefe de inteligencia de Trujillo durante la dictadura de éste en la República Dominicana (y representado en La Fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa). Waldo era su equivalente salvadoreño.

Se dice que Waldo incursionó en labores de inteligencia durante los gobiernos militares del PCN. Tiempo después, habría alcanzado la plenitud de su gris accionar durante los años del conflicto armado que desagarró al país por más de una década. Y, por último, había puesto al servicio de varios presidentes su dominio de la comunicación política.

Con el tiempo, Waldo llegó a confesarme algunas de las cosas que se decían. Pero hay que entender que la política salvadoreña en la que incursionó —y sobrevivió— no conocía otros parámetros que los que predominaron durante los años difíciles de los gobiernos militares de antaño.

El día en que conocí a Waldo, muy a pesar de mi inexperiencia, no me sacó información. Al contrario, esa primera conversación marcó el inicio de una amistad que duró hasta el día en que su corazón finalmente sucumbió a los padecimientos cardiacos que desaceleraron su vida en los últimos años.

Nuestra amistad giró alrededor de intereses compartidos. Pero, el respeto y admiración que sentí hacia él la supieron nutrir. Además de haber sido un importante referente de la literatura salvadoreña, su capacidad, inteligencia y astucia lo colocaron por muchos años en las altas esferas del poder.

Para cuando lo conocí, ya Waldo se había retirado de la política. Empero, tuvo la habilidad de hacer algo que poca gente logra en sus vidas: fue capaz de reinventarse. Lo hizo retomando con nuevos brillos lo que siempre fue su primer amor: la literatura.

Más allá del mito, Waldo Chávez Velasco fue un hombre culto y talentoso como pocos. Su fino intelecto, erudición y astucia lo llevaron a codearse con las personas más poderosas del país durante varias décadas. Fueron varios los presidentes de la República y empresarios que hurgaron su inteligencia en busca de consejos y orientación.

Vi a Waldo por última vez un par de meses atrás. Como siempre, fue él quien escogió el sitio donde almorzamos aquella tarde. En ese último encuentro, Waldo me premió con un gesto inesperado. Me confió el manuscrito de su último libro que había concluido esa mañana. Quería mis comentarios antes de entregarlo a la editora.

En ese almuerzo reafirmé lo que ya había comprobado varias veces: que Waldo Chávez Velasco era, esencialmente, un caballero, un gran conversador, amante del buen vino y la buena mesa, eternamente enamorado de su esposa y de los libros, que no desperdició nunca oportunidad para alabar a sus hijos y a sus nietos. Que descanse en paz.

*El autor es secretario particular de la Presidencia de la República.


elsalvador.com WWW