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Roberto
A. Torruella*
El Diario
de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Aunque no parezca, el tema se presta para hablar de destrucción.
Pareciera que esto último es lo único que preocupa a muchos,
pues seguimos siendo niños, al resistirnos a pensar.
Veamos. Dañamos la relación que existe entre todo lo que
es vida y el medio ambiente, y aparece, como consecuencia inevitable,
la muerte.
Al ofrecer la sabiduría humana métodos artificiales
para el control de la natalidad, se ha abierto la puerta ancha para aumentar
el número de abortos, y con ellos, profundos daños psicológicos
y graves riesgos físicos, como incapacidad para volver a embarazarse,
abortos espontá-neos, bebés que nacen muertos, embarazos
ectópicos, bebés prematuros, enfermedades inflamatorias
de la pelvis, daños en el cuello del útero y aumento del
riesgo de cáncer del seno.
Conste. Cualquier psicólogo o ginecólogo honesto y competente,
podrá confirmar lo dicho.
Y no para aquí el daño que causa el uso de métodos
artificiales para el control de la natalidad.
Hay que mencionar además, como un problema social, el aumento de
muchachitas convertidas en mamás prematuras. Sin recursos, sin
trabajo, con un porvenir frustrado y sin la capacidad suficiente para
educar a su hijo.
Y siguen los efectos sociales, de carácter político y económico.
Europa se va convirtiendo en un continente de viejos. Las clases pasivas
aumentan, teniendo que importar mano de obra de Polonia, España,
de América y de los países islámicos del norte de
África y Asia.
Por todo lo anterior hay lugar para concluir que no podemos ir egoístamente
contra la obra de Dios y su plan, sin que esa actitud se revierta contra
el mismo hombre.
Es lo que sucede con el secularismo. Me atrevo a pensar que esto no es
una ideología ni una filosofía ni nada que se parezca. El
hombre secular vive en lucha con la existencia en este mundo
mecanizado y vive cansado, escéptico, emproblemado.
La modernidad expresada en las gigantescas y frías,
indolentes y egoístas ciudades de increíbles rascacielos
y las fábricas deshumanizadas, casi le arrancan al hombre la alegría
de vivir, convirtiéndolo en un inútil espectador de las
hazañas de la ciencia, como el robot emproblemado en las arenas
de Marte y manejado desde la Tierra o la destrucción de un asteroide,
con la pretensión de buscar el origen del universo.
Para el secularismo Dios puede existir. Lo deja
tranquilo, pero sin tener ninguna participación en su vida ni en
la historia. Naturalmente esta indiferencia ante Dios mata el espíritu
y deja al ser humano vacío, sin valores ¡Pierde entonces
el sentido de lo divino! Lo sobrenatural no cuenta. Ni valores como la
familia, el sentido trascendente de la existencia, la naturaleza sublime
del verdadero amor a la ínfima satisfacción de la procreación.
Los matrimonios gay son el signo más adecuado de esta
esterilidad espiritual, que impide al hombre apreciar valores fundamentales
y realidades permanentes y universales, que no se pueden ignorar ni atropellar.
Pretender cambiar el orden establecido por la misma naturaleza humana
y aceptado por la sana razón desde que el hombre y la mujer aparecen
en la Tierra es simple y llanamente una estupidez, de tal manera que,
aunque sea muy pequeño el porcentaje de quienes imiten esa locura,
lo cierto es que afea el rostro de la humanidad y fomenta en el hombre
instintivo las salvajes groserías inmorales a que nos quiere acostumbrar.
El gran Apóstol San Pablo, que supo enriquecerse de manera ejemplarísima
con las enseñanzas del Señor Jesús y logró
transmitirlas con igual fuerza en sus cartas, nos previene frente a estas
locuras del hombre: Por lo tanto, hermanos, no estamos sujetos al
desorden egoísta del hombre, para hacer de ese desorden nuestra
regla de conducta (Carta a los Romanos).
Por consiguiente, no es sólo la recta razón aplicada a la
naturaleza del hombre y de la mujer. Es no sólo una experiencia
continua, vivida por todos los pueblos, lo que nos mueve a condenar esa
reciente aberración del egoísmo humano. Es Dios. Es la fe
globalizante y globalizada lo que debe movernos a incorporar todos los
valores.
Dios ha terminado su obra armónica y bella. Ha creado también
toda clase de animales, machos y hembras, para que puedan multiplicarse.
Es entonces cuando crea a la mujer. Se podría pensar que lo hizo
así para que juntos, la pareja humana recién creada, admirara
la belleza de lo creado.
Sólo faltó que Dios dijera: Para mis queridos hijos.
Felicidades. A ellos también solamente va dirigido su mandato:
Creced y multiplicaos. Llenad la tierra y sometedla. Es porque
solamente el hombre puede conscientemente asumir con su esposa el compromiso
prioritario de la procreación, constituir una familia y compartir
con amor.
Es lo que entendemos, siendo capaces de leer con inteligencia lo que dice
el Génesis: Dijo luego Yahveh Dios: No es bueno que el hombre
esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada a él.
Razonemos. Primero. El hombre, por su naturaleza, no puede vivir solo.
Necesita comunicarse, necesita compartir. Necesita transmitir lo que ve,
lo que oye, lo que experimenta. En sustancia: necesita amar. No puede
encerrarse en la cárcel del egoísmo.
Segundo. Para ello necesita una ayuda adecuada a él.
No una ayuda igual, sino semejante, adecuada físicamente. Lo cual
quiere decir: con una anatomía distinta, adecuada a la procreación.
Adecuada sicológicamente. Sin entrar en machismos y feminismos,
la mujer y el hombre tienen una forma de ser y de comportarse, distintas.
Cada uno con sus virtudes y defectos propios: su ser mujer
y su ser hombre. Sin embargo, se complementan, se necesitan.
La mujer será mujer siempre, aunque lleve uniforme militar y vaya
a la guerra. El hombre será hombre siempre, aunque haga mates de
mujer y sirva sexualmente como mujer a su esposo. Lo cierto
es que será una mujer artificial, aunque, atendiendo
a su dignidad de ser humano, debe ser respetado, lo mismo que la lesbiana.
Hay muchísimo más que decir y lo siento; pero como aprendimos
en el Seminario: Inteligentí pauca, es decir: Al
inteligente le bastan pocas palabras para entender.
* Párroco de la Iglesia La Merced.

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