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Un tema perenne
¿Qué entendemos por democracia?

Otro problema es el sistema de partidos políticos. Además de que constitucionalmente son los únicos instrumentos para el ejercicio de la participación ciudadana en el poder, sus principios y programas son deficientes.

Publicada 23 de julio 2005, El Diario de Hoy

Carlos Sandoval*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Con motivo de haber sido distinguido Giovanni Sartori, el 7 de los corrientes, con el premio Príncipe de Asturias por su aporte a la ciencia política, considero oportuno divulgar algunos aspectos sobre la democracia.

Tal vez sirva de algo ahora que estamos a las puertas de una nueva consulta electoral. Se trata de un tema recurrente a lo largo de la historia política y, sin embargo, su estudio es casi nulo en nuestro medio.

¿Sabemos lo que es la democracia? Lo dudo. En cierta ocasión le preguntó un reportero de El Diario de Hoy a un diputado cuál era su ideología. Y, sin pensarlo dos veces, respondió ufano: “La demócrata”. Con lo que demostraba su confusión entre la tipología de los gobiernos y los principios o ideologías de los partidos.

Porque la democracia no es una ideología, sino una forma de gobierno. La ideología es, “grosso modo”, una visión del mundo social. No quiero suponerme que el diputado “estaba en la Luna”, porque esa frase significaba antes ser lelo y ahora ir adelante del desarrollo tecnológico aeroespacial.

Desde la antigüedad se estableció la tipología de las formas de gobierno: de muchos (democracia), de pocos (aristocracia) y de uno (monarquía). Esto, según Norberto Bobbio, responde a la pregunta: “¿Quién gobierna?”, la cual debe cruzarse con “¿cómo gobierna?”, para tener completa la clasificación.

Así la democracia tiene como contrapartida la oclocracia o gobierno de la plebe; la aristocracia, la oligarquía o gobierno de los ricos y la monarquía, la tiranía o gobierno dictatorial. Ni Platón ni Aristóteles estuvieron de acuerdo con la democracia, sino con la aristocracia.

El defecto de aquélla (la democracia) reside en que el mando de muchos vuelve frágil la autoridad (ingobernabilidad) y la virtud de ésta (la aristocracia) en que al frente del poder están los mejores, los más capaces.

Con ironía tosca dijo alguien que la democracia consiste en el derecho de votar por quien a uno le de la gana, para que el mandatario haga lo que le dé la gana. O algo por el estilo. Y no hay que asustarse, porque también Platón la calificó con fina ironía el “gobierno del número”. Y Aristóteles, en forma despectiva, “democracia degenerada”. En el lenguaje actual se diría el “mando de la chusma”. ¿O no? El que se sienta “ilustrado” que muestre su tatuaje.

Sin embargo, la historia de los hechos políticos, y no las teorías, nos han enseñado que, a pesar de los riesgos que conlleva la democracia, bien vale la pena preferirla. ¿No dijo Churchill, parodiando a Platón, que la democracia era la forma de gobierno menos mala, entre todas las demás? En la actualidad, son contados los países que la niegan, como Cuba y Corea del Norte.

Pero la mayoría la acepta, porque es el sistema político que mejor garantiza la posibilidad real de que todos participen del poder, ya sea en un cargo público o por medio del voto (delegación de poder) o la crítica al gobierno de turno.

Pero no sólo le debemos exigir al gobernante que cumpla con su oferta electoral, aunque sea adormecedora, sino que también los gobernados debemos reunir los requisitos expresados en la Constitución y el Código Electoral. Nos hemos preguntado alguna vez: ¿Participamos en política? ¿Tomamos parte en los debates públicos? ¿Ejercemos el sufragio? Y si votamos, ¿escogemos a los mejores? ¡La realidad nos vuelve escépticos!
Otro problema es el sistema de partidos políticos. Además de que constitucionalmente son los únicos instrumentos para el ejercicio de la participación ciudadana en el poder —lo que constituye un monopolio— sus principios, programas y estatutos son muy deficientes.

Todavía no comprendemos que las ideologías son como los anteojos para elaborar los programas que ofrezcan soluciones concretas a los problemas nacionales. Por ello, o son partidos de cuadros (grupo de dirigentes) o de astillas (por las escisiones). Con estos brillantes adornos únicamente contribuimos a crear la “democracia degenerada”, como lo afirmó Aristóteles hace 25 siglos.

*Colaborador de El Diario de Hoy.


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