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Waldo...Camilo...Eugenio...

El arte y la memoria, una vez más, han empequeñecido el triunfo de la muerte. Allí quedan piezas magníficas, pictóricas y literarias, provechosas para combatir el olvido (que es la muerte verdadera del artista)

Publicada 21 de julio 2005, El Diario de Hoy

Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


No voy a hablar de sus muertes. Las necrológicas suelen ser demasiado apremiantes para ser justas, y esa suele ser labor de periodistas más que de amigos. Me detendré en sus vidas o, mejor, en una de las principales razones de sus vidas: el arte.

Eugenio Martínez Orantes tuvo la dicha inmensa de ser un poeta enamorado de su oficio. Vivió como quiso y casi me atrevería a asegurar que también quiso lo que vivió.

Trasnochaba asido a la necesidad de encontrar la palabra necesaria, y muchas veces fue sorprendido por la madrugada en la vigilia de la creación combativa, cuando los verbos encallan sobre la piel dolorida.

Eugenio entendía cuán frágil era el poema que nacía de la precisión; por eso se enfrascó, con actitud de náufrago, en la constancia de pulir el sentimiento.

Compartió su sensibilidad a manos llenas. Se mantuvo fiel a los límites cruciales de la humana imperfección. Navegó arterias adentro, como los grandes marineros de los océanos anímicos. Y mantuvo levadas las anclas hasta el fin.

Camilo Minero no tuvo prisa en llegar a ser insustituible; por eso lo fue. Se aprendió el abecedario de la realidad sin acceder a repetir sus estribillos. Memorizó a color —su color— la desgracia de los desvalidos.

Convocó repulsas donde sus ojos evidenciaban el monocromático aullido de la pobreza. No tuvo reparos en exigir reparaciones. Como los grandes, supo convertir su arte en un espejo y nuestras miradas en prismáticos.

Fue Camilo el pintor más integral que he conocido. Lo mismo disfrutaba la poesía que la danza, el teatro que la música sinfónica. De su titánica conciencia parecía emerger siempre, a caudales, la necesidad de aprehenderlo todo, de escudriñarlo todo.

No admitía el descanso que no se mereciera por el trabajo diario. Y trabajó fervoroso hasta el último aliento, con la humildad de reconocer que la vida es, además de un don, la acrobacia de las ansias.

Waldo Chávez Velasco fue la audacia, fue el misterio, fue la polémica. No he conocido a nadie que tuviera, como este degustador de minucias, tan envidiable habilidad para divertirse de sí mismo. Se reinventaba con una capacidad asombrosa.

Fuera alrededor de una bien surtida mesa de restaurante o al amparo (nada efectivo, por cierto) de una conversación telefónica, desprevenía al interlocutor más sagaz. Y era evidente que lo disfrutaba.

Confieso la enorme fascinación que sobre mi espíritu de poeta causó desde el primer instante la ecuanimidad de Waldo. Parecía que la perturbación era imposible en él, habiendo influido por tantos años en las grandes decisiones políticas de su tiempo.

Escuchando sus historias, era inevitable preguntarse si aquellas finas ironías del doctor no eran la mejor medicina contra las tentaciones del poder. Porque, de veras, ¡cómo hace falta que alguien nos muestre, con maestría, la ceniza anecdótica a que se reducen eventualmente muchos poderes!

Eugenio… Camilo… Waldo… El tiempo los había hecho sabios, y la sabiduría los había hecho accesibles, amables, desprovistos de falsas poses. No se esforzaban en demostrar que eran grandes: lo eran de una manera natural, como los peces nadan y las aves vuelan.

A fuerza de apasionarse y decepcionarse, aprendieron que en el arte no hay tropiezo inútil, como en las verdaderas vocaciones de fe. Descubrieron, a fuerza de asumir y matizar posturas, que se puede estar comprometido con una ideología sin menoscabar la libertad, origen de toda creación humana.

Ellos no sucumbieron a la tentación de profetizar desastres ni abarataron con urgencias su talento. No hicieron del pesimismo un credo ni etiquetaron su obra con militancias coyunturales. A la base de su constancia con la poesía o la pintura, la prosa o el artículo periodístico, los tres fueron siempre fieles al sublime arte de vivir.

¡Qué lecciones encontramos los soberbios en la humildad proverbial de Camilo Minero! ¡Qué luces hallamos los cobardes en el compromiso integral, a veces mal comprendido, de Waldo Chávez Velasco! ¡Qué ejemplo de nobleza descubrimos los mezquinos en la generosa ambición poética de Eugenio Martínez Orantes!

El arte y la memoria, una vez más, han empequeñecido el triunfo de la muerte. Allí quedan piezas magníficas, pictóricas y literarias, provechosas para combatir el olvido (que es la muerte verdadera del artista).

Pero, sobre todo, allí quedan perfiles imborrables de existencias fecundas, de útiles pasiones y geniales coherencias.

Tuvimos el regalo de tenerlos entre nosotros. Regalémonos la dignidad de recordarlos como se merecen.

*Presidente de CONCULTURA.


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