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Federico
Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
No voy a hablar de sus muertes. Las necrológicas suelen ser demasiado
apremiantes para ser justas, y esa suele ser labor de periodistas más
que de amigos. Me detendré en sus vidas o, mejor, en una de las
principales razones de sus vidas: el arte.
Eugenio Martínez Orantes tuvo la dicha inmensa de ser un poeta
enamorado de su oficio. Vivió como quiso y casi me atrevería
a asegurar que también quiso lo que vivió.
Trasnochaba asido a la necesidad de encontrar la palabra necesaria, y
muchas veces fue sorprendido por la madrugada en la vigilia de la creación
combativa, cuando los verbos encallan sobre la piel dolorida.
Eugenio entendía cuán frágil era el poema que nacía
de la precisión; por eso se enfrascó, con actitud de náufrago,
en la constancia de pulir el sentimiento.
Compartió su sensibilidad a manos llenas. Se mantuvo fiel a los
límites cruciales de la humana imperfección. Navegó
arterias adentro, como los grandes marineros de los océanos anímicos.
Y mantuvo levadas las anclas hasta el fin.
Camilo Minero no tuvo prisa en llegar a ser insustituible; por eso lo
fue. Se aprendió el abecedario de la realidad sin acceder a repetir
sus estribillos. Memorizó a color su color la desgracia
de los desvalidos.
Convocó repulsas donde sus ojos evidenciaban el monocromático
aullido de la pobreza. No tuvo reparos en exigir reparaciones. Como los
grandes, supo convertir su arte en un espejo y nuestras miradas en prismáticos.
Fue Camilo el pintor más integral que he conocido. Lo mismo disfrutaba
la poesía que la danza, el teatro que la música sinfónica.
De su titánica conciencia parecía emerger siempre, a caudales,
la necesidad de aprehenderlo todo, de escudriñarlo todo.
No admitía el descanso que no se mereciera por el trabajo diario.
Y trabajó fervoroso hasta el último aliento, con la humildad
de reconocer que la vida es, además de un don, la acrobacia de
las ansias.
Waldo Chávez Velasco fue la audacia, fue el misterio, fue la polémica.
No he conocido a nadie que tuviera, como este degustador de minucias,
tan envidiable habilidad para divertirse de sí mismo. Se reinventaba
con una capacidad asombrosa.
Fuera alrededor de una bien surtida mesa de restaurante o al amparo (nada
efectivo, por cierto) de una conversación telefónica, desprevenía
al interlocutor más sagaz. Y era evidente que lo disfrutaba.
Confieso la enorme fascinación que sobre mi espíritu de
poeta causó desde el primer instante la ecuanimidad de Waldo. Parecía
que la perturbación era imposible en él, habiendo influido
por tantos años en las grandes decisiones políticas de su
tiempo.
Escuchando sus historias, era inevitable preguntarse si aquellas finas
ironías del doctor no eran la mejor medicina contra las tentaciones
del poder. Porque, de veras, ¡cómo hace falta que alguien
nos muestre, con maestría, la ceniza anecdótica a que se
reducen eventualmente muchos poderes!
Eugenio
Camilo
Waldo
El tiempo los había hecho
sabios, y la sabiduría los había hecho accesibles, amables,
desprovistos de falsas poses. No se esforzaban en demostrar que eran grandes:
lo eran de una manera natural, como los peces nadan y las aves vuelan.
A fuerza de apasionarse y decepcionarse, aprendieron que en el arte no
hay tropiezo inútil, como en las verdaderas vocaciones de fe. Descubrieron,
a fuerza de asumir y matizar posturas, que se puede estar comprometido
con una ideología sin menoscabar la libertad, origen de toda creación
humana.
Ellos no sucumbieron a la tentación de profetizar desastres ni
abarataron con urgencias su talento. No hicieron del pesimismo un credo
ni etiquetaron su obra con militancias coyunturales. A la base de su constancia
con la poesía o la pintura, la prosa o el artículo periodístico,
los tres fueron siempre fieles al sublime arte de vivir.
¡Qué lecciones encontramos los soberbios en la humildad proverbial
de Camilo Minero! ¡Qué luces hallamos los cobardes en el
compromiso integral, a veces mal comprendido, de Waldo Chávez Velasco!
¡Qué ejemplo de nobleza descubrimos los mezquinos en la generosa
ambición poética de Eugenio Martínez Orantes!
El arte y la memoria, una vez más, han empequeñecido el
triunfo de la muerte. Allí quedan piezas magníficas, pictóricas
y literarias, provechosas para combatir el olvido (que es la muerte verdadera
del artista).
Pero, sobre todo, allí quedan perfiles imborrables de existencias
fecundas, de útiles pasiones y geniales coherencias.
Tuvimos el regalo de tenerlos entre nosotros. Regalémonos la dignidad
de recordarlos como se merecen.
*Presidente de CONCULTURA.

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