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El éxito de otros los atormenta. Se arropan en una falsa ética para justificar su mediocridad. Denuncian una supuesta marginación cuando sus pobres propuestas profesionales son rechazadas.

Publicada 21 de julio 2005, El Diario de Hoy

Marvin Galeas*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


A lo largo de esta casi media docena de años escribiendo cada semana esta columna, me he ido llenando de amigos y amigas virtuales. Doña Francisca, por ejemplo, se describe como una anciana a quien le encanta leer anécdotas de la guerra. Me trata, aunque no me conoce, con gran familiaridad. Hace poco me escribió muy molesta, porque la columna de un jueves no salió en “El Salvador.com”. La verdad no sé qué problemas hubo, pero tuve que enviarle a su correo la columna so pena de perder a una entrañable amiga que no conozco.

Un salvadoreño que tiene muchos años viviendo en Curitiba, Brasil, me ha escrito diciéndome que gracias por los “retacitos de país”, que le regalo cada jueves. Y luego comparte conmigo sus nostalgias por un pedazo de marquesote, una vuelta por la ruta 30 (de verdad que tiene años fuera), un buen mascón entre el Águila y el Alianza, incluso un buen trago de chaparro. Me cuenta cosas de su familia brasileña y de sus sueños de futuro. Un día, dice, nos sentaremos en cualquier banca a “componer el  país, primero, y el mundo después”.

Una jovencita de 22 años, me cuenta que cuando era una niña de 12, solía escuchar cada mañana el programa de radio que por entonces yo conducía. Dice que su papá lo ponía en el carro, cuando la iba a dejar al colegio. Ahora, ya en la universidad, le gusta leer lo que escribo, aunque a veces, aclara “no comparte mis puntos de vista”.

Y me cuestiona, me cose a preguntas, me increpa. Y se despide con cariño. Yo le respondo explicando esto, reafirmando aquello. Discutimos.

Un jubilado me cuenta sus penurias. Un profesor universitario, injustamente despedido, me pide que escriba sobre las injusticias laborales. Una profesional, madre de familia, me dice que aborde el tema de la discriminación que hacen las empresas a las personas con más de cuarenta años.

Desde Canadá, el que fuera hace muchos años el mensajero de la oficina de telégrafo en Jocoro, me escribe emocionado y me recuerda que cuando yo era niño y llegaba a la oficina a leer paquines de Supermán, Batman y La Mujer Maravilla.

Pero claro, no todo es miel sobre hojuelas. No faltan los que ante la escasez de argumentos disparan sus groserías estridentes. Las cobardes amenazas de quienes no tienen pantalones para defender abiertamente y con ideas sus puntos de vista y se escudan tras una ridícula clandestinidad. Dicen que no vale la pena lo que escribo. Sin embargo sus “mails” me vienen rigurosamente después de cada columna. En cierto sentido son mis fieles lectores. Qué le voy a hacer. 

Hace un par de semanas me escribió un periodista (firmaba con su nombre de pila). Se trata de alguien a quien conocí en tiempos de la guerra, cuando con un grupo de colegas llegó a Morazán para una conferencia informativa de los comandantes guerrilleros.

Era en realidad una carta ambigua con muchos señalamientos indirectos hacia mi persona. Entre las incoherencias, decía cosas como alcanzar el éxito por capacidad y no por amistades. Confieso que por momentos tuve que hacer un esfuerzo para comprender el sentido de la nota.

Aunque con muchos párrafos ininteligibles, la carta sudaba amargura, frustración y resentimiento. Nunca he sido amigo del remitente, pero lo conozco. Sé que no acepta el hecho de que a pesar de sus grandes “aportes al periodismo nacional”, nunca le han dado un premio o algún reconocimiento. Tampoco comprende cómo un genio digno de dirigir un imperio editorial, tiene un salario modesto por escribir despachos de prensa sobre un país que ya no está en guerra.

Esa nota en la bandeja de entrada, entre las notas de mis amigos y amigas virtuales, me hizo, sin embargo, reflexionar un poco. Las de las groserías simplemente las borro, a la primera línea. Pero esta merecía, en serio, una pequeña reflexión: he conocido a no pocas personas que se vuelven contes tatarios, rebeldes o declaradamente antisistemas, no por idealismo, sino por frustración.

Psicológicamente transfieren la culpa de sus propios fracasos a otras personas o al injusto sistema, como un mecanismo para no asumir su propia responsabilidad o aceptar de una buena vez sus limitaciones o sus perezas.

El éxito de otros los atormenta. Se arropan en una falsa ética para justificar su mediocridad. Denuncian una supuesta marginación cuando sus pobres propuestas profesionales son rechazadas. Tratan de convencerse a sí mismos que la pobreza es una virtud y no una condición de la cual con voluntad, visión y mucho trabajo se puede salir. Siempre ven en el que tiene un hogar estable, un trabajo decente, una vida feliz y plena a alguien sospechoso de algo.  
Son estos sujetos, una vez pasada la era de la utopía, los que llenan las militancias de la amargura, los que todo lo ven a través del cristal del pesimismo y el desaliento con un toque de fingida dignidad.


*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv


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