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El
Diario de Hoy
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Al taponear el centro de San Salvador con más ventas piratas,
el tráfico se vuelve más lento y el trayecto más
largo, más irritante y costoso, sobre todo ahora que el precio
de la gasolina ha aumentado. Rutas que antes eran cortas y rápidas,
son hoy en día tediosas, peligrosas y consumidoras de gasolina
y diésel.¡Vaya regalo que el saliente alcalde y sus concejales
están haciendo a los pobladores del Gran San Salvador! Para favorecer
a sus compinches efemelenistas están repartiendo, como si fueran
suyas, aceras y calles del centro de la capital.
Pero al hacerlo sin aviso, con nocturnidad y alevosía, sientan
otro precedente: Con el mismo procedimiento con que los instalan, futuras
y decentes administraciones edilicias pueden también suprimir,
de la noche a la mañana, esas ventas, como se hizo en Lima, Perú.
Lo que allá era un sucio, enorme y caótico mercado callejero
se levantó en veinticuatro horas, con lo que la ciudad ha recuperado
la gracia que por siglos tuvo.
Las municipalidades comunistas nos vienen hablando, desde hace años,
de su celo, interés y devoción por preservar el centro
histórico. Lo del centro histórico sirve
de pretexto para regular las construcciones, fastidiar a los dueños
de inmuebles y congelar San Salvador en un gigantesco cucarachero.
Lo que es el mejor espacio para construir viviendas en varios niveles,
se anula con las fantasías del centro histórico;
según sus apologistas, las normas y exigencias están allí
para conservar nobles monumentos, artísticas edificaciones, casas
de gran valor estético e histórico. Maravillas que únicamente
ellos ven.
Pero con el desorden, suciedad y relajo causados por las ventas callejeras,
sólo propietarios que estén mal de la cabeza querrán
meter buen dinero para mantener o restaurar construcciones situadas en
el centro de San Salvador. Y las razones para no invertir son claras:
Con las ventas, los negocios que se instalen en sus propiedades no tienen
mayores chances de prosperar. Y si son para habitar, las familias se exponen
a que las asalten, amén del ruido y la pestilencia que caracteriza
a esas calles.
Dejan la ciudad peor que antes
Lo normal de las buenas administraciones municipales, lo que se propone
un alcalde y un concejo sensatos y decentes, es ordenar las calles, limpiarlas,
mantener el ornato, cuidar la seguridad, embellecer lo que puedan, hacer
las ciudades cada vez más atractivas.
Atractivas por atraer, por invitar a recorrerlas y vivir en
ellas, por ser idóneas para instalar negocios. Con razón
muchas personas se preguntarán ¿cómo es que viven
el alcalde y los concejales, que no les repugna sumir a la ciudad en la
mugre y el relajo? ¿Cómo son sus dormitorios, sus salas
de estar, sus cocinas? ¿Es que no les importa que la ciudad quede
peor después de su gestión de lo que fuera antes,
como sucedió al final de la alcaldía desgobernada por Morales
Ehrlich?
Con las barbaridades que están haciendo los concejales de una u
otra de las clicas efemelenistas, los pocos negocios organizados
y limpios del centro irán desapareciendo, y lo harán con
rapidez. Estamos, los capitalinos, en un proceso de des-civilización.
En lugar de desarrollarnos, de estar cada vez más cerca del primer
mundo, vamos acercándonos a Haití, el país donde
todo es mercado callejero y minifundio.

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