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Alejandro
Alle*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
La semana pasada fue publicada en la sección Negocios, del diario,
una interesante noticia sobre la pesca de atún en la cuenca del
Pacífico, que hacía referencia a las inversiones adicionales
que se producirían en El Salvador, en caso de lograrse un incremento
en la cuota de pesca que el país tiene en la actualidad
asignada.
También se destacaba el impacto positivo que ello tendría
en la generación de empleos, aunque la noticia tenía un
condimento adicional. ¿Cuál? Que hablaba de cuotas,
tema acerca del cual usualmente no reflexionamos mucho, y leemos de
pasadita, como si fuera algo indiscutible.
El concepto de cuotas en el comercio internacional nos refiere
de inmediato a las máximas cantidades anuales de alguna mercadería,
cuya importación es autorizada por un Gobierno.
Por ejemplo, las cuotas de carros, de azúcar o de arroz,
son las máximas cantidades anuales de carros, azúcar o arroz,
que el Gobierno de un país autoriza importar (para no inundar
el mercado local
, nos dicen). ¡Ah!, (ja, ja
).
Ese tipo de cuotas es negativo, porque son barreras artificiales al comercio,
que encarecen las mercaderías, reducen el poder adquisitivo de
los consumidores, muy particularmente el de los más pobres, y tienen
por principal objeto beneficiar a un pequeño grupo de productores
que no quiere competir.
Pero claro, en economía, como en otras actividades, suele haber
palabras con más de un significado, según el contexto. Cuota
es una de ellas, porque, además de lo anteriormente explicado,
es también la mensualidad que pagamos cuando compramos una refrigeradora
al crédito, ¿no? Y hay una tercera acepción, que
es a la cual hacía referencia la noticia.
En efecto, en ella podía leerse que existe una Comisión
Interamericana de Atún Tropical (CIAT), que regula la extracción
de esa especie en el Océano Pacífico, desde México
hasta Perú, y que está conformada por 15 países,
entre los cuales naturalmente se encuentra El Salvador.
La CIAT, en su carácter de reguladora de la extracción de
atún, limita la cuota máxima de pesca a 200,000
toneladas anuales en toda esa cuenca marítima.
Asumamos que dicho límite fue bien calculado (lo cual no es tarea
de economistas ni de activistas políticos disfrazados de ecologistas,
sino exclusivamente de científicos expertos en biología
marina), y que en consecuencia la tasa de pesca no superará la
tasa de reproducción natural de la especie, para no ponerla en
riesgo de extinción.
Con base en dicho máximo, fue establecida una cuota anual de pesca
para cada país involucrado, quizás proporcionalmente a la
extensión costera de cada uno de ellos, o al potencial de pesca
de atún en sus aguas territoriales.
Cualquiera haya sido el criterio de distribución adoptado, lo concreto
es que El Salvador tiene asignadas 6,000 toneladas anuales, y ahora quiere
duplicar su cuota, porque hay un proyecto industrial que lo amerita. Pues
bien, alguien las tendrá que ceder.
Si bien el artículo indicaba que de las 200,000 toneladas anuales
disponibles sólo se están utilizando 150,000, es un hecho
que las 50,000 toneladas ociosas están asignadas a
uno o más países, aun cuando hoy no las estén explotando.
Este es el punto en el cual se puede hacer una analogía entre las
cuotas de pesca y las emisiones de contaminantes. ¿¡Cómo!?
Veamos: en febrero de este año se implementó el tratado
de Kyoto, sobre cambio climático, en la mayor parte de los países
desarrollados (con excepción, por ahora, de Estados Unidos), el
cual regula las emisiones de dióxido de carbono, el principal gas
que contribuye al calentamiento global.
Esto provocó el rápido desarrollo de una práctica
muy beneficiosa, la comercialización de permisos para contaminar
(carbon trading), recientemente destacada por la revista The
Economist como una grata sorpresa, porque muestra lo bien que puede funcionar
la dupla ambientalismo y economía. Claro, cuando los
incentivos están bien orientados
(elemental, Watson).
¿Cuál es la idea del carbon trading? Que existe
un límite máximo anual de polución que el aire del
planeta puede absorber y reparar naturalmente, el cual se distribuye por
países.
Aquellos que contaminan el ambiente más allá de lo que tienen
asignado por el mencionado tratado, pueden comprar permisos
a otros países que estén contaminando menos de lo que tienen
asignado. Y el total mundial no se sobrepasaría.
Esto incentiva a todos a tratar de contaminar lo menos posible, para no
tener que comprar permisos adicionales. O mejor aún,
para poder vender permisos que les sobren, con lo cual ganan
dinero.
Volviendo a la pesca, las cosas se facilitarían y serían
más transparentes si las cuotas asignadas por país o permisos
para pescar fueran fácilmente comercializables entre ellos,
como ocurre con los permisos para contaminar. Hay una gran
analogía entre ambos, ya que la pesca y la polución son
actividades que, si se realizan sin control científico, afectan
al medio ambiente.
En ese esquema, si El Salvador o alguna empresa aquí radicada aspirase
a pescar toneladas adicionales por encima de las originalmente asignadas
al país (porque tiene la infraestructura para procesar más
atún o por lo que fuera), iría a comprarlos al mercado
de permisos de pesca sin mayor complicación.
Me queda una duda: cuando actualmente un barco sale a pescar su cuota
asignada ¿le darán un Ticket to ride, como la
canción de los Beatles? En tal caso, considerando que en inglés
a los barcos los tratan en femenino y les dicen she (¡?),
habría que decir shes got a ticket to fish.
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE,
Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com

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