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Más allá de la muerte de un delincuente Temores. Parientes de víctima temen por sus vidas. El asesinado era un delincuente que ayudó a condenar a 27 de la banda Tacoma
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Jorge Beltrán En el laberinto de casas que conforman la comunidad Iberia, al oriente
de la capital, una mujer entrada en años, se duele por el asesinato
de su hijo. Al luto, se le suma la pena de no saber el paradero de la viuda con sus
cuatro nietos y la congoja de pensar que ella u otro pariente pueden ser
asesinados. Esa paranoia se le ha encajado entre ceja y ceja, de allí la idea
de pedirle al Presidente de la República, o a quien sea, que la
socorran, que la ayuden a salir del país.
Esgrime el argumento de que su hijo ayudó a la justicia a poner
tras las rejas a 27 delincuentes, sus compinches a quienes traicionó,
lo cual pudo haberle acarreado la muerte. Sin ambages, la mujer admite que su hijo era un delincuente. Lo sabía
desde que comenzó a caminar torcido por la vida. Sabés
mamá, hoy tuve que matar. Me lo ordenaron, le confió
Carrillo hace ya varios años. No le dio más detalles. Sólo le dijo que era conocido de
ella y que tuvo que matarlo porque lo vio cometiendo una fechoría. Bendito Dios por los que tienen hijos buenos dice la mujer,
llorando mientras hojea las fotos del difunto. Uno de madre no puede darle la espalda a un hijo, sea lo que sea.
Yo sabía que mi hijo era delincuente. Lo sabía, pero no
podía hacer nada. Uno puede detener a un hijo de pocos años
pero él ya era un adulto, se lamenta. Carrillo había formado ya su hogar. Vivía a pocos pasos
de la casa de Rosa. Siempre que el hijo la visitaba, Rosa se le hincaba para suplicarle que
rectificara: Walter, te estás hundiendo en el fango. Ojalá
que cuando te maten tenga para enterrarte, le decía. Rosa cuenta que crió sola a sus hijos en un vecindario donde hay
de toda clase de gente y desde temprana edad, Walter se la llevaba de
machito y se agarró para sí sólo los
malos ejemplos. La vida que llevaba Walter era conocida por medio vecindario, pues sabían
la clase de persona que era y lo respetaban por temor, por ello siempre
se sintió seguro allí. Ante los ojos de Dios, y que me perdone, él era delincuente
pero no era marero. No tenía problemas con ellos, asegura
Rosa, como desechando la hipótesis de que su hijo fue asesinado
por problemas de pandillas. Por el crimen, la policía ha capturado a un sospechoso: Carlos
Alberto Martínez, de 19 años, de la Mara Salvatrucha. Pero Rosa ha dicho que no puede señalar a nadie porque cuando
el asesinato ocurrió, andaba pagando recibos de servicios básicos. La policía, empero, no duda de que Martínez es uno de los
dos asesinos. Un testigo presencial lo ha señalado y ha descrito
paso a paso el asesinato. Para Rosa, eso poco importa. Ya no podrá revivir a su hijo. Tampoco
le importa que la gente le pueda echar en cara las faltas de su hijo. Que me digan en qué código (ley) está que
una madre debe estar en contra de un hijo delincuente, se pregunta
la mujer, al tiempo que justifica su pedido de ayuda, en que al final
de cuentas, Carrillo se arrepintió y ayudó a conseguir condenas
de hasta 79 años para peligrosos delincuentes.
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