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Los premios Nobel y la ceguera de Saramago

¿Y Saramago? Que yo sepa, no llega a tanto. Pero, por lo menos está claro que el ilustre portugués exhibe su comunismo sin ruborizarse, a pesar de que el comunismo sea el campeón en genocidios, torturas

Publicada 11 de julio 2005, El Diario de Hoy

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


Confieso que hace ya muchos años que perdí la fe en los premios Nobel de Literatura. Sencillamente cada vez estoy más en desacuerdo con sus elecciones. Dicen que “sobre gustos no hay nada escrito”. Pienso, sin embargo, que sobre gustos, del tipo que sean, se han escrito toneladas y muy especialmente sobre gustos y valores en literatura. Si no, ¿de qué vivirían los críticos literarios?

Por lo tanto, me atrevo a hablar hoy sobre esta materia, sabiendo además que estoy, en mi punto de vista, tan bien acompañado o más que los que reverencian a cualquier escritor por el simple hecho de haber recibido ese premio.

Si pensamos en América Latina, diré que Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, que nunca lo recibieron, valen mucho más que García Márquez y muchísimo más que Miguel Ángel Asturias. En España, estoy de acuerdo con el Nobel a Juan Ramón Jiménez, aunque sólo fuera por ese delicioso “Platero y yo”. Pero ¿y Vicente Aleixandre (P.N. 1977)? siempre será peor y menos leído que Antonio Machado, Pedro Salinas, Jorge Guillén o Gerardo Diego, que no fueron ni siquiera candidatos a recibirlo.

El Nobel a Camilo José Cela es un agravio comparativo para Miguel Delibes, Ana María Matute y otros muchos españoles que están por encima de ese escritor procaz y coprolálico. De Inglaterra no hablemos, ¿acaso Cherterton, Tolkien, o C.S. Lewis no valen mucho más que William Golding, Nobel en 1988? Y así podríamos seguir por otros países.

Los Nobel de Literatura hace tiempo que no están de acuerdo con las intenciones de su creador, el químico sueco Alfred Nobel (1833-1869), inventor de la dinamita, que dándose cuenta del uso destructor de su invento, creó los premios con una clara intención moral, para construir un mundo más humano y solidario.

Eso cada vez se incumple más en los agraciados por este premio. Aproximadamente desde la segunda mitad del Siglo XX, la línea que han seguido, mantiene criterios muy discutibles. Es muy desfavorable para un Nobel de Literatura ser cristiano (C.S. Lewis); peor si se es católico (Tolkien). Sobre este punto, el comentario mordaz entre literatos sobre Graham Greene (luterano convertido al catolicismo y eterno candidato al Nobel) fue decir que “ahora que cada vez es menos católico y que su izquierdismo se hace más filomarxista, tal vez le llegue el Premio”.

También es mala cosa si se es sospechoso de poco democrático (J. L. Borges o Ezra Pound). La excepción a esta línea es Soljenitsyn (P.N. 1970, cristiano ortodoxo, anticomunista y crítico mordaz de la democracia estadounidense). ¿Qué pasó ese año?¿Habían tomado unas copas de más los dignos señores de la Academia sueca? Porque ser marxista o filomarxista es un buen punto a favor (Asturias, Neruda, Saramago, etc.), pero últimamente aparece otro punto favorable que podríamos llamar “la línea esperpéntica”, superando al español C. J. Cela: Darío Fo, payaso malhablado y antirreligioso (P.N. 1997) o la inefable austriaca Elfriede Jelinek, que supera esa “cumbre”, porque no sólo es comunista, sino que recibe el Premio Nobel en 2004, según comentarios de prensa, porque “sus herramientas lingüísticas vienen de la jerga obscena de la calle y de la cama” (...) “hace alarde de una pluma docta en las obscenidades de incuestionable valor literario”(...) “disfruta en arrastrar a Austria por la suciedad”.

¿Y Saramago? Que yo sepa, no llega a tanto. Pero, por lo menos está claro que el ilustre portugués exhibe su comunismo sin ruborizarse, a pesar de que el comunismo sea el campeón en genocidios, torturas, persecución de intelectuales, arruinador de economías, arrasador de leyes ecológicas y creador de “democracias populares” donde la gente “vota con los pies”, huyendo si lo logra. Además también alardea de ateísmo militante. Si él no quiere abrir los ojos y ver a Dios, es una pena.

Peor para él. En esto incluso está anticuado. El siglo que corre es mucho más religioso que el XX. Hoy existe todavía mucho ateísmo, sí, pero de otro estilo, sin agresividad, y además hay mucha gente que busca a Dios, aunque algunos lo busquen por donde no está. Pero Saramago sigue en el ateísmo agresivo, militante. Parece más del Siglo XVIII o del XIX.

He leído poco de Saramago. No resisto esa soberbia suya. Y no pienso seguir leyendo mucho más. En la literatura, como en la comida, confieso un pésimo criterio burgués —¿o proletario?—: no me guío sólo por la apariencia, por la forma, sino muy especialmente por sus cualidades nutritivas. Que alimente, que no envenene. Saramago se permite despreciar a Juan Pablo II, el Papa poeta, diciendo: “¿Qué sabe ese señor de literatura?”. Habría más bien que decir: ¿Qué puede saber un ateo como Saramago de Jesucristo?


Pero no contento con eso insiste en otras faltas de comprensión y de buena crianza. Juan Pablo II, según él, no tiene derecho a decir que la Virgen le salvó la vida en el atentado, argumentando: “¿Por qué la Virgen no ha tenido tiempo de salvar más vidas?”(¡¿?!). San José, afirma, es culpable de la matanza de niños que hizo Herodes (¡¿?!) y además no hay que decir “Gracias a Dios me salvé (en un terremoto)”, porque eso significa que “gracias a Dios que se murió el otro y no yo”. Saramago: no diga esas tonterías y no siga atacando a Juan Pablo II, que eso le desprestigia a usted, no al Papa. ¿Es que no ha visto la conmoción mundial que causó su muerte? ¿El agradecimiento a su liderazgo de paz y de concordia por gente de tan diversos lugares y creencias? Es muy lógico que Saramago elogie la ceguera, porque está ciego, muy ciego. Espero que la Virgen de Fátima —que para él debe ser...¿un fenómeno OVNI?— le cure de su mal y le salve su vida; la otra, la más importante, la que es eterna.


*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.

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