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Publicada 11 de julio 2005, El Diario de Hoy |
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De la mano de Waldo hicimos un recorrido sentimental por los años de la Generación Comprometida, los tiempos de Ítalo López Vallecillos, de Reinaldo Galindo Pohl y Álvaro Menén Desleal, de Walter Béneke y los becarios salvadoreños en España; de Noé Canjura, Irma Lanzas, Enrique Mayorga Rivas, Julio Fausto Fernández y tantos otros que le concedieron inteligencia y brillo a una época rica en inquietudes y realizaciones. El discurso de Waldo con motivo de su ingreso a la Academia Salvadoreña de la Lengua llena, aunque no del todo, por su misma breve naturaleza, la necesidad de contar con un testimonio agudo y sincero de esos años, cuando se puso en pie gran parte de lo bueno pero, asimismo, de lo execrable que es El Salvador en 2002. Ítalo, narra Waldo, bautizó como Generación
Comprometida al puñado de jóvenes con vocación
literaria, buena cabeza y ganas enormes de vivir y pensar, que regularmente
se reunía a hablar de cosas, a soñar, a leer sus poemas
y escritos. No nos dice hasta cuándo duró cohesionado ese
núcleo de creadores, pues muy pronto otros se agregaron, mientras
uno a uno los originales iban marchándose a estudiar fuera,
lo que primordialmente significó formarse en Europa. Cuenta Waldo que uno de los amigos, Noé Canjura, al terminar su
beca en París, decidió quedarse pasando hambre allá
y no aquí. Noé encantó con sus pinturas a una
joven francesa dueña de una galería, pasó a
mejor vida y se convirtió en uno de los grandes pintores
salvadoreños y franceses. Muy a tono con el tiempo, algunos (y en secreto les diré que uno de ellos fue precisamente Waldo) cayeron bajo la influencia del marxismo, e inclusive de las cepas más virulentas. Pero a diferencia de lo que sucedió con los universitarios cristianos de los años sesenta, ninguno fue un envenenado ni perdió gracia o cortesía. A los más descarados en la ideología los alejaban con becas,
como ocurría con los militares, entre ellos Osorio y Julio Rivera.
Los menos afortunados nunca salieron; un buen poeta, Orlando Fresedo,
sucumbió al alcohol y murió joven. Se dice que Orlando ganó un premio de poesía, dotado con
dinero y una flor natural; cuando se descubrió que
el poema triunfador era un plagio, Orlando devolvió la flor. Pero
era capaz de hacer poesía maravillosa. Retrato de poetas con paisaje al fondo Madrid fue, por unos años, la segunda patria de esa Generación
Comprometida. Cuenta doña Mercedes de Altamirano que en una
ocasión que estuvo allá, la visitó Ítalo:
doña Mercedes, quiero llevarla de paseo por Madrid, pero
por mi parco presupuesto tendré que llevarla en autobús.
Y en autobús anduvieron una memorable y grata mañana, hasta
terminar en un comedor madrileño donde, casualmente, encontraron
a Enrique Mayorga Rivas. En el relato van pasando muchas de las mejores cabezas y los más
sensibles espíritus de los años anteriores a la tragedia.
La mayoría murió: Ítalo, Álvaro, Enrique,
Noé, Walter
Waldo prosigue sin pausa la lectura contando
de esos destinos; no cuesta atisbar en el paisaje que pinta con magistrales
trazos una dulce nostalgia. El paso de la Generación Comprometida se marca con
mucha de la mejor poesía salvadoreña, novela, teatro, ensayo,
crítica, historia, confesiones. Después del discurso de
Waldo, David Escobar leyó un par de los poemas del nuevo académico,
hermosos y conmovedores. (Publicado el 4 de septiembre de 2002).
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