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Otro punto de vista
El Salvador, secuestrado en Iraq

Toda C.A. tiene gobiernos de derecha que reciben los mismos beneficios de EE.UU., sin estar en Iraq, por lo tanto, la presencia salvadoreña allí ni es ideológica ni es rentable, es simplemente un patético acto de ingenuidad

Publicada 6 de julio 2005, El Diario de Hoy


Joaquín Villalobos*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


Oxford, Inglaterra. Recientemente los salvadoreños fuimos alertados por la posible presencia en Centroamérica de dos árabes considerados por el FBI de EE.UU. como peligrosos terroristas. El Salvador es el aliado latinoamericano más importante de los Estados Unidos en la guerra de Iraq, el único que tiene tropas allí y el único que ha sido amenazado por Al Qaeda.

La presencia salvadoreña en esa guerra no es insignificante y ha llegado a ser numérica, cualitativa y moralmente importante. Al contingente oficial de 300 hombres se suma un número mayor de reclutamientos realizados por empresas de seguridad estadounidenses.

Los medios informativos salvadoreños hablan de 3000 hombres en preparación para ir a Iraq, tal como si fuésemos una potencia militar. Ex militares y ex guerrilleros están entre los seleccionados y, según el reportaje, algunos de los reclutados se autodescriben como mercenarios: “Somos paramilitares, mercenarios, porque nos pagan por aniquilar gente, con trabajo militar”.

La participación salvadoreña tiene además valor cualitativo, funcionarios de alto rango de la administración Bush consideran exitosa la experiencia de contrainsurgencia en la guerra civil de los 80, pese a que la guerrilla de El Salvador ha sido la más fuerte y eficaz de Latinoamérica. Diez mil combatientes controlaban la cuarta parte de los apenas 20,000 km2 del país más densamente poblado del continente; en 1989 ocuparon barrios de la capital durante 12 días, y la dirigencia guerrillera terminó prácticamente intacta y sobrevivió a más de 20 años de persecución. La contrainsurgencia, por su parte, aniquiló a decenas de miles de civiles, mediante masacres ejecutadas por batallones entrenados por EE.UU. y asesinatos realizados por los escuadrones de la muerte. Esto último sería entonces lo que la administración Bush llama “Opción El Salvador”.

Pero además la presencia salvadoreña en esa guerra ha adquirido valor simbólico ante la retirada de República Dominicana, Honduras y Nicaragua que, al igual que El Salvador, tenían dificultades para negarse a participar, pero inteligentemente aprovecharon oportunidades para salir de allí. Ahora una retirada salvadoreña sería un golpe moral a Estados Unidos, sin embargo, en el tema de la violencia El Salvador es considerado también como un peligro. AFP informó que el general Bantz Craddok, a cargo del Comando Sur estadounidense, declaró que las áreas controladas por las pandillas centroamericanas son terreno fértil para el refugio de Al Qaeda, y dijo que “posiblemente hay más pandilleros que policías y militares juntos”.

Es decir que EE.UU. ve a El Salvador y Centroamérica como otro escenario de guerra, y por ello tenemos una base militar norteamericana en Comalapa y oficinas del FBI en San Salvador. Declarar terrorista a la Mara Salvatrucha es una idea que seguramente viene del norte. El terrorismo se convierte así en un nuevo instrumento ideológico en vez de un problema de seguridad. La palabra terrorismo polariza todavía más la política salvadoreña al obligar a un debate sobre el pasado, ya que terrorismo fue poner bombas, hacer secuestros y atentados por parte de la izquierda, pero terrorismo fue también la masacre de El Mozote, el asesinato de los padres jesuitas y los cadáveres mutilados que dejaban los escuadrones de la muerte de la derecha, tal como ahora lo hacen las maras.

En la cumbre presidencial de Honduras se anunció que los ejércitos patrullarán Centroamérica. La militarización de la seguridad genera inseguridad que se combate con más militarización que a su vez genera más inseguridad, pero crecen las ventas de armas y las empresas de servicios de protección. Los militares se están volviendo cada vez más indispensables y pronto podrían retornar a los gobiernos de Guatemala, Honduras y El Salvador. Queriendo o sin querer, se les está abriendo el camino, ya que la inseguridad hará crecer popularmente la demanda de mano dura y autoritarismo.

Pero el origen está en la incapacidad del poder civil, en el interés económico de algunos grupos de militares y ex militares, en los reflejos autoritarios de la sociedad y en la influencia estadounidense. No se trata de pelearnos con EE.UU., ni de descuidarnos de la amenaza del terrorismo, tampoco de levantar un antimilitarismo ideológico, la discusión sobre seguridad no es ideológica, es de eficacia. Lentamente y con grandes dificultades íbamos mejorando, hasta que apareció Mano Dura, se entregó la dirección de la policía a ex militares, se militarizó la inteligencia civil y EE.UU. nos metió en sus planes.

La economía salvadoreña está urgida de mostrar un país seguro, pacífico y políticamente estable, pero no es posible invertir ni atraer inversiones, si estamos destruyendo la imagen que logramos en 14 años de paz con la idea de que de nuevo estamos en guerra interna, y que además nos hemos metido en una guerra externa, a pesar de ser extremadamente pobres y tener nuestros propios y graves problemas de seguridad. Toda Centroamérica tiene gobiernos de derecha que reciben los mismos beneficios de EE.UU., sin estar en Iraq, por lo tanto, la presencia salvadoreña allí ni es ideológica ni es rentable, es simplemente un patético acto de ingenuidad. No ir era difícil, pero continuar es irresponsable.

La relación de la administración Bush con El Salvador se ha convertido en algo perverso, contradictorio y complejo. Estamos teniendo muchos costos y corriendo grandes riesgos por nada, ni siquiera hay acuerdos migratorios especiales a los que deberíamos tener derecho. EE.UU. persigue y exige perseguir a los coyotes, se queda con los trabajadores que le pagan impuestos, devuelve a los pandilleros, recluta a los guerreros, pone en peligro la seguridad del país al forzarnos a permanecer en Iraq, y distorsiona nuestra democracia al devolverle protagonismo y poder político a nuestros militares, a quienes además les está diciendo que matar civiles en una guerra fue una experiencia exitosa y útil.

A los salvadoreños nos costó 75,000 muertos lograr que se respetaran los derechos humanos y que se profesionalizara nuestro Ejército. Ahora éste tiene más poder de gestión en Washington que el gobierno civil de nuestro país. El general Craddok habla del riesgo de que las maras, producto de la pobreza y la cultura de violencia, se asocien con Al Qaeda, sin embargo, EE.UU. se aprovecha de esa misma pobreza y cultura de violencia reclutando compatriotas para pelear en una guerra en la que ellos sacan petróleo y El Salvador nada. Nuestra presencia ni le ayuda a nuestro país ni le ayuda a EE.UU. y, nuestra experiencia en contrainsurgencia sólo les puede servir para complicarles más las cosas.

Nuestra naciente visión civil de seguridad basada en la tolerancia está siendo deformada por los criterios estadounidenses. Recientemente la Policía Nacional Civil inició registros masivos e indiscriminados en barrios pobres considerados “zonas de maras”. El principio legal con el que se comete ese abuso es que los pobres son delincuentes mientras no demuestren lo contrario; el mismo que EE.UU. aplica cuando establece que los iraquíes son terroristas mientras no demuestren lo contrario.

Queda claro que El Salvador está secuestrado, atrapado y condenado en Iraq: Si nos retiramos, nos castiga Bush; si nos quedamos, nos castigará un día Al Qaeda y, al permanecer allí, nuestra democracia retrocede y nuestra cultura de matar y de matarnos seguirá multiplicándose.

*Columnista de El Diario de Hoy.



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