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Joaquín
Villalobos*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Oxford, Inglaterra. Recientemente los salvadoreños fuimos alertados
por la posible presencia en Centroamérica de dos árabes
considerados por el FBI de EE.UU. como peligrosos terroristas. El Salvador
es el aliado latinoamericano más importante de los Estados Unidos
en la guerra de Iraq, el único que tiene tropas allí y el
único que ha sido amenazado por Al Qaeda.
La presencia salvadoreña en esa guerra no es insignificante y ha
llegado a ser numérica, cualitativa y moralmente importante. Al
contingente oficial de 300 hombres se suma un número mayor de reclutamientos
realizados por empresas de seguridad estadounidenses.
Los medios informativos salvadoreños hablan de 3000 hombres en
preparación para ir a Iraq, tal como si fuésemos una potencia
militar. Ex militares y ex guerrilleros están entre los seleccionados
y, según el reportaje, algunos de los reclutados se autodescriben
como mercenarios: Somos paramilitares, mercenarios, porque nos pagan
por aniquilar gente, con trabajo militar.
La participación salvadoreña tiene además valor cualitativo,
funcionarios de alto rango de la administración Bush consideran
exitosa la experiencia de contrainsurgencia en la guerra civil de los
80, pese a que la guerrilla de El Salvador ha sido la más fuerte
y eficaz de Latinoamérica. Diez mil combatientes controlaban la
cuarta parte de los apenas 20,000 km2 del país más densamente
poblado del continente; en 1989 ocuparon barrios de la capital durante
12 días, y la dirigencia guerrillera terminó prácticamente
intacta y sobrevivió a más de 20 años de persecución.
La contrainsurgencia, por su parte, aniquiló a decenas de miles
de civiles, mediante masacres ejecutadas por batallones entrenados por
EE.UU. y asesinatos realizados por los escuadrones de la muerte. Esto
último sería entonces lo que la administración Bush
llama Opción El Salvador.
Pero además la presencia salvadoreña en esa guerra ha adquirido
valor simbólico ante la retirada de República Dominicana,
Honduras y Nicaragua que, al igual que El Salvador, tenían dificultades
para negarse a participar, pero inteligentemente aprovecharon oportunidades
para salir de allí. Ahora una retirada salvadoreña sería
un golpe moral a Estados Unidos, sin embargo, en el tema de la violencia
El Salvador es considerado también como un peligro. AFP informó
que el general Bantz Craddok, a cargo del Comando Sur estadounidense,
declaró que las áreas controladas por las pandillas centroamericanas
son terreno fértil para el refugio de Al Qaeda, y dijo que posiblemente
hay más pandilleros que policías y militares juntos.
Es decir que EE.UU. ve a El Salvador y Centroamérica como otro
escenario de guerra, y por ello tenemos una base militar norteamericana
en Comalapa y oficinas del FBI en San Salvador. Declarar terrorista a
la Mara Salvatrucha es una idea que seguramente viene del norte. El terrorismo
se convierte así en un nuevo instrumento ideológico en vez
de un problema de seguridad. La palabra terrorismo polariza todavía
más la política salvadoreña al obligar a un debate
sobre el pasado, ya que terrorismo fue poner bombas, hacer secuestros
y atentados por parte de la izquierda, pero terrorismo fue también
la masacre de El Mozote, el asesinato de los padres jesuitas y los cadáveres
mutilados que dejaban los escuadrones de la muerte de la derecha, tal
como ahora lo hacen las maras.
En la cumbre presidencial de Honduras se anunció que los ejércitos
patrullarán Centroamérica. La militarización de la
seguridad genera inseguridad que se combate con más militarización
que a su vez genera más inseguridad, pero crecen las ventas de
armas y las empresas de servicios de protección. Los militares
se están volviendo cada vez más indispensables y pronto
podrían retornar a los gobiernos de Guatemala, Honduras y El Salvador.
Queriendo o sin querer, se les está abriendo el camino, ya que
la inseguridad hará crecer popularmente la demanda de mano dura
y autoritarismo.
Pero el origen está en la incapacidad del poder civil, en el interés
económico de algunos grupos de militares y ex militares, en los
reflejos autoritarios de la sociedad y en la influencia estadounidense.
No se trata de pelearnos con EE.UU., ni de descuidarnos de la amenaza
del terrorismo, tampoco de levantar un antimilitarismo ideológico,
la discusión sobre seguridad no es ideológica, es de eficacia.
Lentamente y con grandes dificultades íbamos mejorando, hasta que
apareció Mano Dura, se entregó la dirección de la
policía a ex militares, se militarizó la inteligencia civil
y EE.UU. nos metió en sus planes.
La economía salvadoreña está urgida de mostrar un
país seguro, pacífico y políticamente estable, pero
no es posible invertir ni atraer inversiones, si estamos destruyendo la
imagen que logramos en 14 años de paz con la idea de que de nuevo
estamos en guerra interna, y que además nos hemos metido en una
guerra externa, a pesar de ser extremadamente pobres y tener nuestros
propios y graves problemas de seguridad. Toda Centroamérica tiene
gobiernos de derecha que reciben los mismos beneficios de EE.UU., sin
estar en Iraq, por lo tanto, la presencia salvadoreña allí
ni es ideológica ni es rentable, es simplemente un patético
acto de ingenuidad. No ir era difícil, pero continuar es irresponsable.
La relación de la administración Bush con El Salvador se
ha convertido en algo perverso, contradictorio y complejo. Estamos teniendo
muchos costos y corriendo grandes riesgos por nada, ni siquiera hay acuerdos
migratorios especiales a los que deberíamos tener derecho. EE.UU.
persigue y exige perseguir a los coyotes, se queda con los trabajadores
que le pagan impuestos, devuelve a los pandilleros, recluta a los guerreros,
pone en peligro la seguridad del país al forzarnos a permanecer
en Iraq, y distorsiona nuestra democracia al devolverle protagonismo y
poder político a nuestros militares, a quienes además les
está diciendo que matar civiles en una guerra fue una experiencia
exitosa y útil.
A los salvadoreños nos costó 75,000 muertos lograr que se
respetaran los derechos humanos y que se profesionalizara nuestro Ejército.
Ahora éste tiene más poder de gestión en Washington
que el gobierno civil de nuestro país. El general Craddok habla
del riesgo de que las maras, producto de la pobreza y la cultura de violencia,
se asocien con Al Qaeda, sin embargo, EE.UU. se aprovecha de esa misma
pobreza y cultura de violencia reclutando compatriotas para pelear en
una guerra en la que ellos sacan petróleo y El Salvador nada. Nuestra
presencia ni le ayuda a nuestro país ni le ayuda a EE.UU. y, nuestra
experiencia en contrainsurgencia sólo les puede servir para complicarles
más las cosas.
Nuestra naciente visión civil de seguridad basada en la tolerancia
está siendo deformada por los criterios estadounidenses. Recientemente
la Policía Nacional Civil inició registros masivos e indiscriminados
en barrios pobres considerados zonas de maras. El principio
legal con el que se comete ese abuso es que los pobres son delincuentes
mientras no demuestren lo contrario; el mismo que EE.UU. aplica cuando
establece que los iraquíes son terroristas mientras no demuestren
lo contrario.
Queda claro que El Salvador está secuestrado, atrapado y condenado
en Iraq: Si nos retiramos, nos castiga Bush; si nos quedamos, nos castigará
un día Al Qaeda y, al permanecer allí, nuestra democracia
retrocede y nuestra cultura de matar y de matarnos seguirá multiplicándose.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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