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Luis
Fernández Cuervo*
El Diario
de Hoy
editorial@
elsalvador.com
He recibido una invitación para participar en el Tercer Congreso
Internacional de la Fundación Sí a la Vida (a
celebrarse en el hotel Radisson Plaza los días 8 y 9 de julio),
y lo pienso hacer con todo gusto y agradecimiento, porque estoy convencido
de que el progreso verdadero de nuestra cultura depende de una actitud
de defensa y fomento de los valores de la vida humana, de toda vida humana.
Aparentemente vivimos tiempos de paz. Ya que no padecemos una guerra en
el sentido vulgar de guerra: enfrentamiento armado, militar, entre dos
bandos. Pero la realidad es que estamos inmersos en una guerra global
de otro tipo: una guerra entre dos modos de plantearse lo que son los
seres humanos. Por una parte se insiste en la igualdad y dignidad esenciales
de todos los humanos, en la defensa, protección y desarrollo de
toda vida humana. En el bando contrario se vuelve a algo peor que la esclavitud,
ya que consideran que hay vidas humanas sin valor, despreciables o utilizables
como animales o cosas y tras un aparente progreso y ganancia en libertades,
en realidad esos están contribuyendo a la corrupción de
la sociedad, manipulando y embruteciendo las mentes, masificando a los
individuos e ir dejando un rastro de inmensos genocidios silenciosos.
Es la guerra entre la Cultura de la Vida y la Cultura de la Muerte. Lucha
desigual. Aparentemente, hasta ahora, va ganando la Cultura de la Muerte.
Sus medios políticos, económicos y mediáticos son
enormes. La Cultura de la Vida, en cambio, es mantenida por algunas organizaciones,
muchas veces muy modestas en sus medios de difusión, y por algunos
franco-tiradores aislados entre los que me cuento
con las únicas armas de la razón, de verdades incluyendo
las estadísticas que se van haciendo cada vez más
evidentes.
Sostener que toda vida humana es valiosa y debe por ello ser respetada
y cuidada, también cuando es débil e indefensa (un embrión,
un enfermo, un anciano, etc.), está en la base profunda de una
cultura que verdaderamente sea democrática; sobre esas raíces
se asienta y ha crecido toda la cultura cristiano-occidental (a la cual
pertenecemos) y cuando ésta ha comenzado a ser atacada en esos
fundamentos, los resultados nocivos están a la vista: la infelicidad
ha cundido como una verdadera plaga.
Signos claros de esa infelicidad, de ese fracaso vital de tantas personas,
son el aumento de la drogadicción, del alcoholismo, del consumo
de ansiolíticos y antidepresivos, de la criminalidad hasta lo bestial,
de las enfermedades mentales y de los suicidios en gente cada vez más
joven. Es un camino de muerte espiritual, de muerte en humanidad y en
ocasiones crecientes, de muerte física.
El arma poderosa de la Cultura de la Vida son las verdades. Su victoria
no consiste en vencer, sino en convencer. Y convencer mostrando y utilizando
los otros compañeros de la verdad: la belleza, la bondad, la felicidad,
el amor.
La lucha de los grupos pro-vida estadounidenses contra el aborto nos dan
un ejemplo muy claro de lo que es más eficaz. Durante años
insistieron en que el aborto es un crimen, mostrando incluso carteles
y vídeos con fetos sanguinolentos y despedazados. Los resultados
de esas campañas fueron muy escasos. En cambio, cuando insistieron
en incrementar la ayuda a las mujeres embarazadas para que no abortasen,
la cifra de abortos tuvo una apreciable disminución y los partidarios
pro-vida aumentaron. Hay que comprender a las víctimas que están
en el bando opuesto, hay que tenderles una mano. Ponerse en su caso, en
sus zapatos, y más que afear lo malo de su postura, ayudarles
a salir de ella mostrándoles la verdad de lo contrario, y en este
caso de la bondad de la maternidad y del amor que pueden dar y recibir
del ser inocente e indefenso que llevan dentro.
Pienso que se darán grandes pasos en la Cultura de la Vida, no
sólo denunciando como es justo los errores, las mentiras
y la maldad que alimentan la Cultura de la Muerte, sino muy especialmente
haciendo que se conozca cada vez mejor todo el misterio, la inteligencia,
la belleza y el bien que existen en todos los capítulos más
importantes de la vida humana, desde la grandeza del poder genésico
y las fascinantes relaciones biológicas entre una mujer y el embrión
que lleva dentro, hasta la atención de las vidas humanas que el
bando contrario considera sin valor.
Conocer, por ejemplo, cómo es el desarrollo del ser humano desde
el cigoto hasta el parto, va mostrándonos, según lo sabemos,
cada vez con mayores detalles, las maravillas del desarrollo intrauterino,
del diálogo de amor biológico, que se va estableciendo
entre el hijo embrionario y su madre. Cuando una cosa se conoce bien,
a fondo, no sólo en sus niveles de manipulación científico-tecnológica,
sino también en su misterio y belleza más profundamente
humanas, si hay sincero amor a la verdad en el que conoce, entonces surge
la benevolencia, la admiración, el respeto y el amor por ese ser
y en consecuencia se le protege y se le ama.
Cuentan que cuando el escultor Miguel Ángel terminó de esculpir
su magnífica estatua de Moisés, se quedó por un momento
contemplándola y dándole un pequeño golpe con el
martillo, dijo: ¡Habla! Es cierto que esa estatua tiene una
fuerza casi de realidad, pero nunca hablará.
En cambio, de la unión de un espermatozoide y un óvulo humanos,
tras la aparente insignificancia por su tamaño microscópico,
sí sale, si se le deja crecer, una creación más valiosa
que la de cualquier artista, la maravilla de un ser que no sólo
habla, sino que vive y que ama.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de
Hoy. lfcuervo@telemovil.net.

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