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El
Diario de Hoy
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Los antecedentes de la nueva agrupación de izquierda, el FDR,
no pueden ser más pobres o más amenazantes, pues retoman
las confusiones mentales y los fanatismos que llevaron a la tragedia de
los años ochenta. La llamada carta de principios y objetivos
comprueba la advertencia de siempre: no aprendieron nada, no olvidan y
por las señales que dan, no perdonan.
Lo que en aquel entonces se proponían las bandas revolucionarias
no fue establecer la democracia en El Salvador, sino imponer a sangre
y fuego un esquema calcado del sandinista e inspirado en el castrismo.
Las FAPU, el BPR, las LP-28 todas eran lo mismo echaron mano
de iguales tácticas: el desorden urbano, marchas callejeras, ocupación
de templos, secuestro de sedes diplomáticas, permanente incitación
a la violencia y al desacato.
El manifiesto es de una apabullante pobreza intelectual, vertedero de
lugares comunes, conceptos vacíos, tonterías y crasa ignorancia.
Mal escrito pero pomposo, repetitivo, confuso en ocasiones, con aires
doctorales y falsa humildad, se presta a que cada palurdo que lo lea saque
sus propias conclusiones. Como es de esperar, la palabreja revolucionario
se encuentra cada tantas líneas, sin que en algún momento
se intente definir ni sus alcances ni lo que se pretende decir con ella.
La carta hace un listado de los héroes de esta gente,
aunque se inicia con el prócer Francisco Morazán, que no
tiene nada que ver con la serie de ilusos, por un lado, y delincuentes,
por otro, que la componen. Llegan a incluir a dos secuestradores, a Mélida
Anaya y a Cayetano Carpio; la una, mandada a matar por el otro, el que
a su vez los sandinistas suicidaron después de averiguar quién
había ordenado el asesinato con picahielo.
¿Dónde existen esos paraísos?
Lean los arrogantes principios. El primero: Defender, promover,
dignificar y desarrollar las cualidades positivas de la persona humana,
de su convivencia familiar y comunitaria, etcétera. Pero
lo que pretenden hacer suyo es tarea y logro de la familia, de la escuela,
de la religión, de los principios morales, de las normas cívicas,
de la organización social, del buen ejemplo, de las tradiciones
éticas y de los valores que cohesionan a una nación. Es
lo que hacen y a lo que aspiran las personas de bien sin pisotear derechos
de otros, sin pasar por encima de la ley, sin hacer escarnio del derecho
y sin caer en lo delictivo, como sucedió con los que se dieron
a la tarea de aterrorizar y victimizar al país en las décadas
trágicas de nuestra historia.
Volvamos a los destartalados héroes del FDR. ¿Dónde
están sus idearios, sus inspirados escritos, su enseñanza,
sus frases lapidarias? De ellos no queda ningún fruto, ninguna
idea, ninguna realización positiva. Lo que dejaron fue ruina, mortandad,
amargas memorias y una desobediencia a la ley y las buenas costumbres,
que se refleja en las maras, los homicidios y el desorden de hoy en día.
Como es de rigor para los grupos que brotan del comunismo, se ofrece el
cambio, las transformaciones. No se dice cuáles
cambios ni se revela en qué países funcionan los esquemas
que proponen, dónde están los paraísos que mercadean
los revolucionarios. Trafican en ilusiones y venden esperanzas
sin tocar tierra, sin nunca definir nada.

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