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The New York Times
Alexei Barrionuevo y Elizabeth Becker
CHICAGO.
El Diario de Hoy
negocios@elsalvador.com
En la fábrica de dulces Ferrara Pan Candy Company, vagones de ferrocarril
entregaban 1.3 millones de kilos de azúcar a la semana en esta
laboriosa planta justo afuera de la capital del dulce de Estados Unidos
aquí.
Hoy en día, los trenes traen la mitad de esa cantidad, apenas suficiente
para llenar los silos azucareros de la fábrica.
Eso es en gran medida porque Ferrara, en un esfuerzo por evitar el alto
costo del azúcar estadounidense protegida por el gobierno, ha estado
trasladando parte de sus centenarias operaciones a Canadá y México.
La razón para este cambio a lo largo de una década puede
detectarse en la economía global y la industria azucarera nacional,
que está siendo rápidamente etiquetada como consentida en
las arenas nacional e internacional. La Gran Azúcar
está en problemas no sólo aquí en Chicago, donde
está perdiendo algunos de sus clientes, sino también en
Washington, donde está perdiendo a parte de sus veteranos aliados
políticos.
Correcta o erróneamente, la industria azucarera está siendo
culpada de una serie de males: socavar a las industrias alimentarias estadounidenses
que dependen del azúcar, combatir los lineamientos dietéticos
globales para mejorar la salud de los niños y atacar la obesidad,
y, más recientemente, dañar la probabilidad de que fuera
aprobada la principal prioridad comercial del gobierno de George W. Bush,
el Acuerdo de Libre Comercio de América Central.
Elevados costos
Conforme la agroindustria estadounidense depende cada vez más de
los mercados extranjeros, el azúcar es la única mercadería
que mantiene a raya la competencia externa dependiendo de un obsoleto
sistema de cuotas, lo que eleva los costos de azúcar para los consumidores
en unos 1,900 millones de dólares anuales, según, la Oficina
de Contabilidad Gubernamental. Entre otras cosas, protege a los cultivadores
de caña de azúcar y remolacha evitando la importación
de azúcar menos costosa de Brasil y otras partes de Latinoamérica
que reduciría los precios locales.
En contraste, los agricultores de maíz, trigo, algodón,
arroz y soya son apoyados por 19,000 millones de dólares en subsidios
de los contribuyentes, un sistema que tiene menos impacto en los consumidores
y generalmente es más fácil -aunque no siempre- de defender
en las negociaciones comerciales.
Phillip W. Hayes, portavoz de la Alianza Azucarera Estadounidense, rechaza
la acusación de que su industria se opone al libre comercio. En
vez del lento desmantelamiento del programa estadounidense a través
de negociaciones bilaterales, los productores de azúcar nacionales
dicen que quieren que todos los países pongan fin a sus subsidios
azucareros a la vez en un acuerdo comercial global.
Si todos retiran sus subsidios, dijo Hayes, entonces
nosotros renunciaríamos a nuestro programa azucarero.
Difícil victoria
La industria del azúcar en Estados Unidos es bendecida por la geografía
y un enfoque en la defensa del programa de cuotas. Gran parte de la industria
azucarera estadounidense se basa en Florida, que alberga a cultivadores
de caña que producen alrededor de una cuarta parte del azúcar
de la nación.
El azúcar de caña también es una parte importante
de la economía de Luisiana. La remolacha se cultiva en Dakota del
Norte, Minnesota y otros estados norteños que han cabildeado consistentemente
ante sus legisladores para que se opongan a cualquier amenaza al programa.
El CAFTA, un pacto económico con Costa Rica, El Salvador, Guatemala,
Honduras y Nicaragua, eliminaría la mayoría de los aranceles
a los productos estadounidenses que ingresen a esos países y establecería
el estatus libre de derechos para la mayoría de los productos procedentes
de esos países.
El pacto conduciría a la apertura del mercado estadounidense al
azúcar de Centroamérica.
El embajador Allen F. Johnson, jefe de negociadores agrícolas internacionales
de Estados Unidos, dijo que los cambios serían tan pequeños
que no habría nada en el CAFTA que fuera una amenaza para la industria
azucarera. Sugirió que el cabildeo azucarero fue miope, arriesgando
su relación con el gobierno en víspera de legislación
que determinaría los miles de millones de dólares en fondos
federales que se dividirán entre agricultores en la próxima
década para subsidios de cosechas, conservación y otros
programas agrícolas.
No conviene a la industria azucarera ser vista como la que nos está
refrenando, dijo.
El cabildeo azucarero está acostumbrado a responder fieramente
a los desafíos. Pero esas victorias son más difíciles
en estos días.
La industria azucarera presionó al gobierno de Bush hace dos años,
por ejemplo, para objetar un informe científico que vinculaba la
alta ingesta de azúcar con la obesidad.
El estudio, realizado conjuntamente por la Organización Mundial
de la Salud y la Organización para la Agricultura y la Alimentación,
recomendó limitar el azúcar a no más de 10 por ciento
de las calorías diarias.
En las últimas
El gobierno estadounidense presionó para una revisión independiente
y los productores azucareros consiguieron apoyo de grupos en todo el mundo.
Dijeron que la ciencia en el informe fue errónea y que exageraba
cualquier vínculo potencial entre el azúcar y la obesidad.
Andrew Briscoe, presidente de la Asociación Azucarera, dijo: Cualquier
política que tenga como blanco el azúcar es muy engañosa,
dijo Briscoe.
También inquietante para los intereses azucareros, la Organización
Mundial de Comercio dijo el año pasado que el programa de subsidios
al azúcar de la Unión Europea perjudicaba a los países
en desarrollo y violaba las leyes del comercio global.
Aunque el programa europeo difiere del sistema de cuotas estadounidense,
puso a la industria en sobreaviso de que sus días de manipular
el mercado global están llegando a su fin.

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