 |
Karina García
El Diario de Hoy
karinagarcia@elsalvador.com
Son las 9:00 de la noche y la pequeña Daniella no deja de llorar.
Hincada, sostiene una de las sillas del comedor sobre su cabeza.
Su cuerpecito de 7 años lleva cargándola unos 20 minutos.
Le duele el cuello, pero no se anima a ponerla en el suelo.
Si lo hace, su padre le dará una tunda peor a la que acaba de recibir.
Se lo ha advertido.
Las marcas de los cinchazos son evidentes. La parte trasera de sus piernas
luce irritada. La hebilla ha dejado huellas: rayones y un leve sangrado.
Le arde... Ya no, papi, por favor.
Ya no aguanto, repite sollozando en tono suplicante. Para
que aprendas a cuidar las cosas. No me las regalan. Me cuestan,
le contesta furioso. Simplemente, no puede concebir que su hija haya perdido
el libro de inglés...
Existen padres, como el de Daniella, a los que en el afán de corregir
a sus hijos, se les va la mano. Hay quienes consideran que la única
manera de disciplinarlos es a través de la fuerza. Cinturones,
palos, manos, pies y, en algunos casos, hasta fuego son empleados para
enmendar las faltas de los menores.
A pesar de que el castigo físico ha sido condenado por el Comité
sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas, muchos padres
todavía recurren a él.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud Familiar, FESAL 2002/2003,
el 62.6 por ciento de los encuestados lo padeció.
Para la sicóloga Margarita Mendoza-Burgos, no es a través
de cinchazos que los niños aprenden. Según su experiencia,
la clave está en enseñarles desde pequeños lo que
está bien y lo que no, a través de explicaciones lógicas
que vayan de acuerdo a su edad. El período ideal para ello sostiene
es desde el nacimiento hasta los cinco años.
Mendoza-Burgos indica que es preciso que los niños aprendan desde
chiquitos el significado de la palabra no. Hay que utilizarla
con precaución, indica.
Si un padre o madre vive diciéndole no a su hijo,
sin darle una razón, en el futuro, éste difícilmente
lo asociará con algo de lo que debe abstenerse, asevera.
Mientras que si sólo lo emplea en determinadas ocasiones,
el niño entenderá que cuando se le diga no es
que está haciendo algo incorrecto, agrega.
Ni golpes ni insultos
La terapeuta familiar recomienda que se deben acordar sanciones entre
padres e hijos. Ante una mala conducta, el niño debe estar consciente
de que será reprendido.
 |
Para elegir el castigo, los progenitores deben estar con la cabeza
fría, despojados de cólera o furia. De lo contrario,
pueden incurrir en excesos.
Según el Informe Mundial Sobre la Violencia y la Salud realizado
por la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2003, cada año,
cientos de miles de niños reciben abuso y maltrato a manos de sus
progenitores o parientes.
La falta de paciencia, el estrés laboral, los problemas económicos
o de pareja, el trato que hayan recibido en la infancia, así como
la manera que tienen de ver la vida pueden llevar a los padres y madres
a interpretar roles equivocados en momentos de gran tensión. Pueden
descontrolarse y ejecutar acciones que probablemente olviden con el tiempo,
pero que sus hijos siempre recordarán.
Si de disciplina se trata, los gritos, golpes, cinchos, palos u objetos
similares salen sobrando. Los comentarios hirientes, las groserías
y los insultos también. De acuerdo con la American Academy of Child
& Adolescent Psichiatry, el que los pequeños estén expuestos
a esta clase de tratos es contraproducente.
Los niños pueden desarrollar baja autoestima, aislarse, volverse
retraídos o agresivos. Al crecer pueden dejarse maltratar por sus
parejas o ser violentos con quienes les rodean.
Al castigar, lo recomendable es estar sereno, evaluar el incidente y suprimir
un privilegio. Suspender la televisión, alguna salida, el uso de
la computadora, del teléfono o de la consola de videojuegos son
algunas alternativas. Mendoza- Burgos sugiere que se trabaje con elementos
cotidianos que sean importantes para los menores.
En el caso de los berrinches, la sicóloga recomienda que se abrace
al pequeño hasta lograr tranquilizarlo. De no calmarse, se puede
recurrir a una nalgada.
Eso sí, en privado. Jamás se debe reprender a los hijos
en público, ni física ni verbalmente, pues es humillante
y tiende a dejar resentimientos. Si se está en un lugar público,
se puede acudir a un baño o a esperar a llegar a la casa.
Una vez en el hogar, se puede enviar al niño a la habitación
y hablar con él cuando se le haya pasado el enojo. Habrá
que explicarle por qué lo que hizo está mal y por qué
no debe volver a hacerlo.
En todo momento, los padres deben recordar corregir con argumentos, es
decir explicando las consecuencias negativas que tiene una determinada
actitud y no limitarse a desenvolverse como figuras autoritarias.
Fomentar la comunicación es preciso para generar confianza. Del
trato que dé a sus hijos hoy, depende la persona que se forme mañana.

|