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Tema para meditar
¿Es razonable ser ateo?

La ambición intelectual del ser humano puede ser grande, pero invariablemente se enfrenta a las posibilidades, ya no sólo del intelecto, sino de todos los ámbitos humanos en su conjunto

Publicada 29 de junio 2005, El Diario de Hoy


Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

La reciente visita del Premio Nóbel de Literatura de 1998, José Saramago, estaba destinada a causar polémica, no tanto por el evidente talento del literato como por sus posturas personales en torno a los más variados temas. Hay que decir, sin embargo, que el escritor portugués parece estar muy consciente de que el Nóbel no ha agregado un ápice de autoridad a sus opiniones. Ciertas frases suyas —como aquella en la que se declara un “comunista hormonal”— entrañan una bromista, pero honesta actitud intelectual, al menos en lo que se refiere a su condición de “celebridad”.

Lo que el mayor premio de la literatura mundial le permite a un creador como Saramago, en todo caso, es que sus ideas lleguen más lejos y a más personas. Aprovechar esta amplitud de auditorio es y será siempre una tentación enorme, especialmente si se pretende justificar anhelos de justicia y dignidad desde una de las más simplistas actitudes humanas: el pesimismo.

Como postura intelectual frente a la realidad de un mundo caótico, el pesimismo ha tenido férreos y hasta brillantes defensores en todas las épocas. Personalmente sigo creyendo, sin embargo, que los pesimistas más coherentes no han llegado a peinar canas: el suicidio ha sido su argumento final. Otros (incongruentes quizás, pero menos estúpidos) han preferido vivir con la duda para no llegar a dudar de la vida.

No sé si don José Saramago pertenece a estos últimos. Lo que sí sé es que buena parte de su pesimismo, y más todavía de su supuesto ateísmo, es producto lógico de algo que los creyentes —pero sobre todo los que han terminado abrazando la fe luego de proclamarse sus enemigos—, llamamos “racionalismo irracional”.

¿Hay razones para declararse ateo? Desde luego que las hay. Quien quiera justificaciones para su incredulidad las hallará. Pero vayamos más a fondo: ¿Existen razones para evitar las interrogantes intelectuales que plantea la realidad de la fe? No, para ello no hay excusas. Y las hay menos si el asunto se aborda desde un intelecto que pretende hurgar en las honduras de la realidad humana.

El que se convence a sí mismo que la razón es adversaria de la fe llegará al extremo de pensar que ese 95% de la población mundial que cree en un Ser Superior está sufriendo alguna especie de “alucinación colectiva”. Eso no sólo es poco razonable, sino que constituye un simplismo extravagante, muy semejante al que exhibió Saramago cuando nos dijo que San José, al no avisar a nadie de la matanza que iba a perpetrar Herodes, ¡fue culpable de la muerte de los Santos Inocentes! Pues mire usted lo que nos vino a confesar el Premio Nóbel: ¡Que El evangelio según Jesucristo está basado en una pésima lectura del Evangelio según San Mateo!

Dicen que el ateísmo perfecto no es aquel que niega la existencia de Dios, sino aquel que ni siquiera se plantea el problema. Autoproclamarse ateo, por lo tanto, no implica serlo en la práctica, porque se pueden tener dioses en muchas cosas, e incluso convertir la razón en nuestro dios. Pero el ateísmo militante, del tipo que hace polémico a Saramago, suele emparentar con la comodidad intelectual que André Frossard, hijo de un célebre comunista francés, nos comparte en esta descripción de su casa paterna:

“Dios no existía. Su imagen o las que evocan su existencia no figuraban en parte alguna de nuestra casa. Nadie nos hablaba de Él. (...) No había Dios. El cielo estaba vacío; la tierra era una combinación de elementos químicos reunidos en formas caprichosas por el juego de las atracciones y de las repulsiones naturales”.

Desde luego, se requiere razonar mucho para conocer los límites que tiene la razón. En el libro Cruzando el umbral de la esperanza, el periodista Vittorio Messori interroga así a Juan Pablo II: “Santidad, situándonos en una perspectiva sólo humana —si eso es posible, al menos momentáneamente—, ¿puede el hombre, y cómo, llegar a la convicción de que Dios verdaderamente existe?”.

La respuesta del Papa resume siglos de rigor intelectual, porque la pregunta en sí misma encierra cuestionamientos que generaciones de teólogos, místicos y filósofos han enfrentado, en toda época y en todo lugar. “Esa no es sólo una cuestión que afecte al intelecto”, sostiene el Santo Padre. “Es, al mismo tiempo, una cuestión que abarca toda la existencia humana”.

En otras palabras, la ambición intelectual del ser humano puede ser grande, pero invariablemente se enfrenta a las posibilidades, ya no sólo del intelecto, sino de todos los ámbitos humanos en su conjunto. Los hombres de ciencia, por ejemplo, utilizan una fórmula infalible para ubicarse en los umbrales de un misterio: se colocan exactamente en los límites del misterio que acaban de resolver.

Sí: la dimensión espiritual de la razón nos evita convertir la razón en una meta, mientras que la dimensión racional del espíritu nos evita convertir al espíritu en un esclavo. El ateísmo es, por tanto, bastante más inconsecuente de lo que aparenta, y la fe es mucho más razonable de lo que parece.

*Presidente de Concultura.



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