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Federico
Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
La reciente visita del Premio Nóbel de Literatura de 1998, José
Saramago, estaba destinada a causar polémica, no tanto por el evidente
talento del literato como por sus posturas personales en torno a los más
variados temas. Hay que decir, sin embargo, que el escritor portugués
parece estar muy consciente de que el Nóbel no ha agregado un ápice
de autoridad a sus opiniones. Ciertas frases suyas como aquella
en la que se declara un comunista hormonal entrañan
una bromista, pero honesta actitud intelectual, al menos en lo que se
refiere a su condición de celebridad.
Lo que el mayor premio de la literatura mundial le permite a un creador
como Saramago, en todo caso, es que sus ideas lleguen más lejos
y a más personas. Aprovechar esta amplitud de auditorio es y será
siempre una tentación enorme, especialmente si se pretende justificar
anhelos de justicia y dignidad desde una de las más simplistas
actitudes humanas: el pesimismo.
Como postura intelectual frente a la realidad de un mundo caótico,
el pesimismo ha tenido férreos y hasta brillantes defensores en
todas las épocas. Personalmente sigo creyendo, sin embargo, que
los pesimistas más coherentes no han llegado a peinar canas: el
suicidio ha sido su argumento final. Otros (incongruentes quizás,
pero menos estúpidos) han preferido vivir con la duda para no llegar
a dudar de la vida.
No sé si don José Saramago pertenece a estos últimos.
Lo que sí sé es que buena parte de su pesimismo, y más
todavía de su supuesto ateísmo, es producto lógico
de algo que los creyentes pero sobre todo los que han terminado
abrazando la fe luego de proclamarse sus enemigos, llamamos racionalismo
irracional.
¿Hay razones para declararse ateo? Desde luego que las hay. Quien
quiera justificaciones para su incredulidad las hallará. Pero vayamos
más a fondo: ¿Existen razones para evitar las interrogantes
intelectuales que plantea la realidad de la fe? No, para ello no hay excusas.
Y las hay menos si el asunto se aborda desde un intelecto que pretende
hurgar en las honduras de la realidad humana.
El que se convence a sí mismo que la razón es adversaria
de la fe llegará al extremo de pensar que ese 95% de la población
mundial que cree en un Ser Superior está sufriendo alguna especie
de alucinación colectiva. Eso no sólo es poco
razonable, sino que constituye un simplismo extravagante, muy semejante
al que exhibió Saramago cuando nos dijo que San José, al
no avisar a nadie de la matanza que iba a perpetrar Herodes, ¡fue
culpable de la muerte de los Santos Inocentes! Pues mire usted lo que
nos vino a confesar el Premio Nóbel: ¡Que El evangelio según
Jesucristo está basado en una pésima lectura del Evangelio
según San Mateo!
Dicen que el ateísmo perfecto no es aquel que niega la existencia
de Dios, sino aquel que ni siquiera se plantea el problema. Autoproclamarse
ateo, por lo tanto, no implica serlo en la práctica, porque se
pueden tener dioses en muchas cosas, e incluso convertir la razón
en nuestro dios. Pero el ateísmo militante, del tipo que hace polémico
a Saramago, suele emparentar con la comodidad intelectual que André
Frossard, hijo de un célebre comunista francés, nos comparte
en esta descripción de su casa paterna:
Dios no existía. Su imagen o las que evocan su existencia
no figuraban en parte alguna de nuestra casa. Nadie nos hablaba de Él.
(...) No había Dios. El cielo estaba vacío; la tierra era
una combinación de elementos químicos reunidos en formas
caprichosas por el juego de las atracciones y de las repulsiones naturales.
Desde luego, se requiere razonar mucho para conocer los límites
que tiene la razón. En el libro Cruzando el umbral de la esperanza,
el periodista Vittorio Messori interroga así a Juan Pablo II: Santidad,
situándonos en una perspectiva sólo humana si eso
es posible, al menos momentáneamente, ¿puede el hombre,
y cómo, llegar a la convicción de que Dios verdaderamente
existe?.
La respuesta del Papa resume siglos de rigor intelectual, porque la pregunta
en sí misma encierra cuestionamientos que generaciones de teólogos,
místicos y filósofos han enfrentado, en toda época
y en todo lugar. Esa no es sólo una cuestión que afecte
al intelecto, sostiene el Santo Padre. Es, al mismo tiempo,
una cuestión que abarca toda la existencia humana.
En otras palabras, la ambición intelectual del ser humano puede
ser grande, pero invariablemente se enfrenta a las posibilidades, ya no
sólo del intelecto, sino de todos los ámbitos humanos en
su conjunto. Los hombres de ciencia, por ejemplo, utilizan una fórmula
infalible para ubicarse en los umbrales de un misterio: se colocan exactamente
en los límites del misterio que acaban de resolver.
Sí: la dimensión espiritual de la razón nos evita
convertir la razón en una meta, mientras que la dimensión
racional del espíritu nos evita convertir al espíritu en
un esclavo. El ateísmo es, por tanto, bastante más inconsecuente
de lo que aparenta, y la fe es mucho más razonable de lo que parece.
*Presidente de Concultura.

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