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La magia hecha hombre
Ronaldinho está llamado a guiar a su selección hacia
el título de la Copa de las Confederaciones. Por él
pasa todo el juego del equipo campeón del mundo. Como capitán,
promete levantar la copa hoy. Foto AP |
Desde Alemania
Claudio Martínez
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
Klaus Miller, estudiante de bioquímica en Stuttgart, fue uno de
los tantos alemanes que hace más de dos meses compró su
entrada por Internet para ver la final de la Copa de las Confederaciones.
En el momento en que decidió gastar esos 55 euros pensó,
como mucho de los aficionados locales, que vería a su selección
disputar el título. Pero nada salió como había sido
planeado, aunque a él no mucho le importa.
Si Klaus fuera salvadoreño diría un ni modo,
pero como es alemán dice palabras extrañas que luego, al
repetirlas en inglés, cobran algo de sentido. Nunca me imaginé
que iba a ver un Argentina-Brasil, pero esto me pone muy contento porque
seguro voy a ver buen fútbol.
Si jugaba Alemania, las posibilidades de que se diera un gran espectáculo
iban a ser remotas, explica Klaus, que desistió de la idea
de revender su boleto y tomarse otro tren a Leipzig, donde su selección
enfrentará a México en el insignificante juego por el tercer
puesto.
¿Para qué? Tendría que estar loco para dejar
pasar la oportunidad de ver a los dos mejores equipos del mundo,
cuenta el joven mientras se desplaza por la enorme estación central
de trenes de Frankfurt. Lleva la camisa alemana roja, el nuevo modelo
de Adidas que aquí se ha vendido como pan caliente, pero promete
que hoy, cuando vaya al estadio, se pondrá una de Brasil.
Fútbol de elite
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| Rectificó. Parreira (izq.) no se atrevió
a tildar de amistoso el partido de hoy. Obtuvo la aprobación
de la mayoría. Foto AP |
Sin ser un especialista en fútbol (en un momento preguntó
si todavía jugaba Gabriel Batistuta en Argentina), el muchacho
de Stuttgart dio en la tecla.
Se medirán los que hoy por hoy se consideran los dos mejores equipos
del mundo. Lo dice Carlos Alberto Parreira, lo repiten Kaká, Franz
Beckenbauer, Ze Roberto, Zico, Sorín y todo aquel al que se le
pregunte.
Nada mejor le podía pasar a esta Copa de las Confederaciones que
una final entre las dos potencias sudamericanas, ya que le eleva el nivel
a un torneo que históricamente nunca se le dio demasiada importancia.
Pero el morbo va más allá de que hoy en el Waldstadion estarán
frente a frente los dos mejores del mundo. El juego supera todas las expectativas
cuando esos dos adversarios son, además, enemigos eternos.
Y mucho más si se tiene en cuenta que todavía está
fresco el recuerdo del partido de hace tres semanas, el 8 de junio, en
que Argentina derrotó en Buenos Aires a Brasil 3-1 por las eliminatorias
mundialistas.
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El motor del lado argentino
Juan Román Riquelme tiene el compromiso de conducir a la albiceleste
a otra victoria ante los brasileños, como hace casi tres semanas.
El volante del Villarreal español pasa por un buen momento.
Foto AP |
Sin embargo, los albicelestes tienen todavía una herida sin cerrar.
La de la Copa América Perú 2004, cuando Brasil sin
haber jugado mejor le empató en el último minuto,
cortesía del señor Adriano, y luego los venció en
los penales para levantar el trofeo.
Como aperitivo, ayer Argentina derrotó a Brasil 2-1 y se clasificó
para jugar la final del Mundial Sub-20 en Holanda, por lo que el clima
caliente ya se vivió en el país vecino y se siguió
a través del canal de televisión Eurosport en ambas concentraciones.
Duelo de gigantes
¿Hay más? Sí, hay más
Como si no fueran
suficientes ingredientes, la final tendrá un duelo espectacular
entre dos de los jugadores más en forma de esta temporada.
En un rincón, Juan Román Riquelme. En el otro, Ronaldinho.
Sólo con eso se paga el boleto.
El argentino, figura del Villarreal, tuvo que irse del Barcelona ante
la llegada del crack brasileño, con quien jamás pudo jugar
ni un minuto.
Riquelme vive un momento excepcional y aunque contra México bajó
bastante su nivel, cada vez que tiene la pelota en sus pies es muy difícil
quitársela. Pareciera que fuese brasileño, fue
el elogio de Ze Roberto.
Ronaldinho es la magia hecha carne. Hasta aquí ha mostrado chispazos
de su genialidad, pero no ha sido el conductor que necesita Brasil.
Pero los grandes aparecen cuando más se les necesita y en la final
puede ser decisivo. El plato está servido, sólo es cuestión
de disfrutarlo.
Son los mejores enemigos del mundo
Gauchos y brasileños representan quizás la mayor rivalidad
en el fútbol mundial.
Cuando veo por la calle a un pibe argentino con la camiseta de
Brasil, me dan ganas de darle una patada en el culo, es una frase
disparada recientemente por Óscar Ruggeri, campeón mundial
en México 86, que bien podría resumir la rivalidad existente
entre las potencias futbolísticas de América.
Los aficionados locales afirman que un Argentina-Brasil es como un Boca-River,
derbi que para ellos mismos no resiste comparación con ningún
otro que disputen prestigiosos equipos de clubes en el resto del mundo.
Entonces, y porque algo similar ocurre en Brasil, la pimienta de la rivalidad
futbolera se convierte en pólvora cuando se trata de un choque
entre las dos selecciones que se han quedado con siete de los 17 mundiales
(Brasil cinco y Argentina dos), disputados en la historia del deporte
de mayor convocatoria en el planeta.
Un reflejo de lo que significa este encuentro, ya no sólo para
la afición, sino también para los medios de comunicación
en estos rincones del mundo, es un título de una portada que desde
hace ocho años es motivo de debate ético en numerosos foros
periodísticos.
A finales de 1997 Argentina venció por 0-1 a Brasil en un amistoso
disputado en el Maracaná de Río de Janeiro, con un gol de
Claudio Piojo López que dejó en silencio a los
100 mil espectadores presentes.
Pocas horas después, el diario Crónica, de Buenos Aires,
anunciaba con tipografía gigante, debajo de la fotografía
del gol: 100 mil muertos en el Maracaná.
Antes del juego del 8 de junio, Roberto Carlos decía que Argentina
es el mejor equipo del mundo y Hernán Crespo que los
mejores son los brasileños.
Nadie les creyó, porque no son tan buenos actores como futbolistas
y porque el traspaso de la presión al adversario ha dejado de ser
una novedad entre los recursos dialécticos del fútbol moderno.
Por esas y muchísimas cosas más, el partido de hoy es dinamita
pura.

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