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El platillo más exquisito del fútbol mundial

Argentina y Brasil reeditarán su viejo duelo sudamericano, pero esta vez será en Europa y el ganador se llevará la Copa Confederaciones.

 

Publicada 29 de junio 2005 , El Diario de Hoy

La magia hecha hombre
Ronaldinho está llamado a guiar a su selección hacia el título de la Copa de las Confederaciones. Por él pasa todo el juego del equipo campeón del mundo. Como capitán, promete levantar la copa hoy. Foto AP

Desde Alemania
Claudio Martínez
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com

Klaus Miller, estudiante de bioquímica en Stuttgart, fue uno de los tantos alemanes que hace más de dos meses compró su entrada por Internet para ver la final de la Copa de las Confederaciones.

En el momento en que decidió gastar esos 55 euros pensó, como mucho de los aficionados locales, que vería a su selección disputar el título. Pero nada salió como había sido planeado, aunque a él no mucho le importa.

Si Klaus fuera salvadoreño diría un “ni modo”, pero como es alemán dice palabras extrañas que luego, al repetirlas en inglés, cobran algo de sentido. “Nunca me imaginé que iba a ver un Argentina-Brasil, pero esto me pone muy contento porque seguro voy a ver buen fútbol.

Si jugaba Alemania, las posibilidades de que se diera un gran espectáculo iban a ser remotas”, explica Klaus, que desistió de la idea de revender su boleto y tomarse otro tren a Leipzig, donde su selección enfrentará a México en el insignificante juego por el tercer puesto.

“¿Para qué? Tendría que estar loco para dejar pasar la oportunidad de ver a los dos mejores equipos del mundo”, cuenta el joven mientras se desplaza por la enorme estación central de trenes de Frankfurt. Lleva la camisa alemana roja, el nuevo modelo de Adidas que aquí se ha vendido como pan caliente, pero promete que hoy, cuando vaya al estadio, se pondrá una de Brasil.

Fútbol de elite

Rectificó. Parreira (izq.) no se atrevió a tildar de amistoso el partido de hoy. Obtuvo la aprobación de la mayoría. Foto AP

Sin ser un especialista en fútbol (en un momento preguntó si todavía jugaba Gabriel Batistuta en Argentina), el muchacho de Stuttgart dio en la tecla.

Se medirán los que hoy por hoy se consideran los dos mejores equipos del mundo. Lo dice Carlos Alberto Parreira, lo repiten Kaká, Franz Beckenbauer, Ze Roberto, Zico, Sorín y todo aquel al que se le pregunte.

Nada mejor le podía pasar a esta Copa de las Confederaciones que una final entre las dos potencias sudamericanas, ya que le eleva el nivel a un torneo que históricamente nunca se le dio demasiada importancia.

Pero el morbo va más allá de que hoy en el Waldstadion estarán frente a frente los dos mejores del mundo. El juego supera todas las expectativas cuando esos dos adversarios son, además, enemigos eternos.

Y mucho más si se tiene en cuenta que todavía está fresco el recuerdo del partido de hace tres semanas, el 8 de junio, en que Argentina derrotó en Buenos Aires a Brasil 3-1 por las eliminatorias mundialistas.

El motor del lado argentino
Juan Román Riquelme tiene el compromiso de conducir a la albiceleste a otra victoria ante los brasileños, como hace casi tres semanas. El volante del Villarreal español pasa por un buen momento. Foto AP

Sin embargo, los albicelestes tienen todavía una herida sin cerrar. La de la Copa América Perú 2004, cuando Brasil —sin haber jugado mejor— le empató en el último minuto, cortesía del señor Adriano, y luego los venció en los penales para levantar el trofeo.

Como aperitivo, ayer Argentina derrotó a Brasil 2-1 y se clasificó para jugar la final del Mundial Sub-20 en Holanda, por lo que el clima caliente ya se vivió en el país vecino y se siguió a través del canal de televisión Eurosport en ambas concentraciones.

Duelo de gigantes

¿Hay más? Sí, hay más… Como si no fueran suficientes ingredientes, la final tendrá un duelo espectacular entre dos de los jugadores más en forma de esta temporada.

En un rincón, Juan Román Riquelme. En el otro, Ronaldinho. Sólo con eso se paga el boleto.

El argentino, figura del Villarreal, tuvo que irse del Barcelona ante la llegada del crack brasileño, con quien jamás pudo jugar ni un minuto.

Riquelme vive un momento excepcional y aunque contra México bajó bastante su nivel, cada vez que tiene la pelota en sus pies es muy difícil quitársela. “Pareciera que fuese brasileño”, fue el elogio de Ze Roberto.

Ronaldinho es la magia hecha carne. Hasta aquí ha mostrado chispazos de su genialidad, pero no ha sido el conductor que necesita Brasil.

Pero los grandes aparecen cuando más se les necesita y en la final puede ser decisivo. El plato está servido, sólo es cuestión de disfrutarlo.


Son los mejores enemigos del mundo

Gauchos y brasileños representan quizás la mayor rivalidad en el fútbol mundial.

“Cuando veo por la calle a un pibe argentino con la camiseta de Brasil, me dan ganas de darle una patada en el culo”, es una frase disparada recientemente por Óscar Ruggeri, campeón mundial en México 86, que bien podría resumir la rivalidad existente entre las potencias futbolísticas de América.

Los aficionados locales afirman que un Argentina-Brasil es como un Boca-River, derbi que para ellos mismos no resiste comparación con ningún otro que disputen prestigiosos equipos de clubes en el resto del mundo.

Entonces, y porque algo similar ocurre en Brasil, la pimienta de la rivalidad futbolera se convierte en pólvora cuando se trata de un choque entre las dos selecciones que se han quedado con siete de los 17 mundiales (Brasil cinco y Argentina dos), disputados en la historia del deporte de mayor convocatoria en el planeta.

Un reflejo de lo que significa este encuentro, ya no sólo para la afición, sino también para los medios de comunicación en estos rincones del mundo, es un título de una portada que desde hace ocho años es motivo de debate ético en numerosos foros periodísticos.

A finales de 1997 Argentina venció por 0-1 a Brasil en un amistoso disputado en el Maracaná de Río de Janeiro, con un gol de Claudio “Piojo” López que dejó en silencio a los 100 mil espectadores presentes.

Pocas horas después, el diario Crónica, de Buenos Aires, anunciaba con tipografía gigante, debajo de la fotografía del gol: “100 mil muertos en el Maracaná”.

Antes del juego del 8 de junio, Roberto Carlos decía que “Argentina es el mejor equipo del mundo” y Hernán Crespo que “los mejores son los brasileños”.

Nadie les creyó, porque no son tan buenos actores como futbolistas y porque el traspaso de la presión al adversario ha dejado de ser una novedad entre los recursos dialécticos del fútbol moderno. Por esas y muchísimas cosas más, el partido de hoy es dinamita pura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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