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Tema para meditar
La decisiva relación padre-hijas

Todos los que se han metido a delinear, valorar y profundizar en este tema coinciden primero en que es un error pensar que de las relaciones entre padres e hijos la menor importante es la relación padre-hija

Publicada 27 de junio 2005, El Diario de Hoy

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


Señalaba en mi artículo anterior el valor del padre en la formación de los hijos varones y dejaba apuntado que, en cambio, durante mucho tiempo y por expertos en temas familiares, se descuidó el papel del padre en la formación de sus hijas y, por lo tanto, en la formación de toda mujer.

Últimamente comienzan a aparecer estudios interesantes y reveladores de la importancia de la relación padre-hijas. No es tema que yo haya estudiado directamente y, por lo tanto, en lo que voy a escribir a continuación me remito a lo que los expertos, que iré citando, nos dicen. Tengo que decir también que se refieren a estudios y experiencias casi siempre sobre familias y cultura estadounidenses.

Todos los que se han metido a delinear, valorar y profundizar en este tema coinciden primero en que es un error pensar que de las relaciones entre padres e hijos la menor importante es la relación padre-hija. Todos indican que la mala relación padre-hijas afecta de manera muy distinta que la mala relación padre-hijos. Así Margo Maine (Father Hunger: Fathers, Daugthers and Food) dice que la ausencia o descuido del padre inciden muchas veces en los problemas de anorexia o bulimia de las hijas adolescentes. También la depresión clínica entre jovencitas muchas veces tienen relación con sentimientos por una falta de aceptación y de aprobación por parte del padre.

La doctora Miriam M. Jonson afirma que “la hija aprende la feminidad materna de su madre, pero aprende la feminidad heterosexual de su padre”. Otra doctora, Hetherington, sentencia: “Lo que importa no es sólo la presencia física del padre, sino su participación e interés. Un padre que está emocionalmente lejano, que rechaza o castiga, puede hacer que las hijas tengan una actitud de temor ante los hombres”.

También otros autores explican que el padre no sólo determina biológicamente el sexo de los hijos (aportando un cromosoma X, o un cromosoma Y), sino que también es responsable culturalmente de la afirmación y revelación de la identidad sexual de sus hijos e hijas durante la adolescencia y, según Victoria Secunda, “el padre, más que la madre, es el que determina qué significa ser una ‘chica’ y si ella se siente bien sexualmente en cuanto tal”.

Es decir, las mujeres que desde niñas y adolescentes contaron con un padre presente, que las amó, que les dedicó tiempo, cariño y seguridad, cuando llega el momento de relacionarse con los del otro sexo, sienten la lógica y biológica atracción hacia ellos, sin miedo y con interés, porque su experiencia primera con un varón fue la relación filial con su papá, que fue positiva.

Muy diferente es si esa relación fue de ausencia, descuido o rechazo. Así, la feminista Germaine Greer dice (“Daddy, We Hardly Knew You”) “no puedo hablar a mi papá, porque sé que me mintió. No fue la guerra lo que destruyó su amor por mí, sino su falsedad y mi carácter reprobador y escudriñador. Ya no está a mi lado, con la cara hacia otro lado... Pienso (ahora) que su comportamiento caballeroso era sólo pura pantomima... no me ha engañado... Era una buena compañía, pero no para mí. Nunca fui su preferida, sino más bien un peso para él”.

Algunas otras feministas militantes como Kate Millet y Gloria Steinem publican también libros que explican su rabia por haber sido descuidadas o abandonadas por sus propios papás durante la niñez. Expresan un odio al padre y a los hombres donde se esconde una herida profunda en el alma y un grito oculto y silencioso que en el fondo es un “te necesito, me haces falta y no estás, te odio, porque te quiero”.

Más dramática y reveladora es la historia espeluznante (W. Woolfolk and Donna Woolfolk, “Daddy’s Little Girl: The Unspoken Bargain Between Fathers and Their Daughters”) de una jovencita que describe así la relación con su padre: “Mi padre nunca anduvo con rodeos sobre su deseo de un hijo que hubiera llevado el apellido de la familia y demás cosas. Fue tal su desilusión que me dio el nombre que hubiera dado a un varón. Cuando era pequeña, mi madre, por darle gusto, me vestía y me cortaba el pelo como un niño. Los que no me conocían no sabían si yo era chico o chica. Fui creciendo con la idea de que había defraudado a mi padre por ser mujer. No me enseñaron a crecer como una chica. (...) Mi padre hizo todo lo posible porque fuéramos amigos. Me enseñó a boxear y me llevaba al camping con sus amigos. Pronto ellos comenzaron a tratarme como uno de ellos. Hablaban de mujeres como si yo no estuviera presente. Llegué a los 14/15 años sin que me gustaran casi los hombres, mejor dicho, no me gustaban nada. Comencé a mirar revistas para hombres con mujeres desnudas...”. Después seguirá relatando cómo se inició en la homosexualidad.

Resumiendo: el fracaso de unos hombres en su rol paternal con sus hijas tiene importantes consecuencias sociales más allá de la vida individual. Ese fracaso paterno lleva a muchas mujeres a interpretarlo como un rechazo, a un rechazo a la mujer en general, a su papel femenino tradicional, a la maternidad, al matrimonio tradicional y al liderazgo masculino en el hogar e incluso en la Iglesia. Mucha de la energía y del trabajo tenaz que anima al feminismo radical y al lesbianismo militante tienen su origen más profundo en unas relaciones destrozadas entre lo que debería ser el cuido, el respeto y el amor normal entre un papá y sus hijas.


*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net.



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