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Eduardo
Torres*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Alejandro Domínguez, empresario de Nuevo Laredo, México,
presidía la Cámara de Comercio de esa ciudad y, con sana
intención se convirtió en voluntario único para una
chamba que nadie más buscó: Jefe de policía de la
localidad, fronteriza con los Estados Unidos.
Tomó juramento a principios de mes, temprano por la tarde y, al
anochecer de ese mismo día, justo antes de subir a su automóvil
tras finalizar la jornada laboral, tres camionetas 4x4, de color oscuro,
le bloquearon el paso, disparándole con rifles de asalto. Le impactaron
entre 30 a 40 balazos.
Nuevo Laredo, informa la prensa internacional, se ha convertido en frente
de la sangrienta batalla entre cárteles de la droga: El del Golfo
y el de Juárez. Otras versiones periodísticas, empero, indican
que los enfrentados serían los cárteles de la Alianza
para la costa del Pacífico, con sede en Sinaloa, y el del
Golfo, cuya estructura se encuentra en Matamoros.
El punto es que hay una carnicería en marcha en al menos tres estados
mexicanos, fronterizos con los Estados Unidos. Obvio resultado de la guerra
por comercializar la droga hacia el otro lado del Río
Grande.
Ya un poco más cerca de nosotros, en la vecina Guatemala, el ciudadano
Presidente de ese país, Óscar Berger, admitió también
este mes de manera pública, la colombianización
de su país: léase la guerra de las drogas. Y en lo que a
El Salvador respecta, muchos detalles han salido a la luz pública
desde Washington, en el juicio contra un ex diputado, contra quien atestigua
su ex lanchero.
Vaya faena tienen ante sí las autoridades, de un problema que se
internacionaliza más y más con la prostitución de
autoridades policiales y/o judiciales, como informa de México la
prensa internacional.
El ángulo, sin embargo, que quien esto escribe desea enfatizar
en estas líneas, es el del pavoroso sufrimiento interno, sostenido
en el tiempo, que con las adicciones golpea sin misericordia a los hogares.
Porque si bien es cierto que hay imágenes aterradoras de la indiscriminada
violencia ejecutada por rivalidades entre narcotraficantes, también
es cierto que las adicciones están a la orden del día.
Al interior del hogar, donde hay drogadicción o problemas serios
de alcohol, las familias se vuelven disfuncionales, con el respectivo
daño emocional que ello provoca en el núcleo familiar más
íntimo.
En El Salvador, estadísticamente hablando, según el estudio
2004 de Fundasalva de amplia muestra a nivel nacional, patrocinado
por la Embajada de los Estados Unidos, existían hace un año
130,000 personas con adicción a las drogas, con necesidad de tratamiento.
De ellas, 20,000 son menores de edad. Además, hay 500,000 personas
con serios problemas de alcohol.
En términos puramente estadísticos, hablar de 630,000 personas,
resultado de la suma de 130,000 con problemas de droga más 500,000
con serios problemas de alcohol, permiten afirmar que en uno de cada dos
hogares en El Salvador hay un problema de adicción en su seno.
Y pensar que en muchísimos casos, por desconocimiento, desesperación
o negación, lejos de ayudar al ser querido, lo ignoramos y/o excluimos,
reprochándole su conducta.
Conducta que, por las razones que sean, en la mayoría de casos,
algo al menos hemos tenido que ver los padres, afectando tanto a nuestros
hijos como a nosotros mismos. Continuamente, lo que un adicto a manera
consciente o inconsciente pide es ayuda para salir adelante, lo cual implica
desde ayuda en comunidad terapéutica, en hogares como el Jaime
Hill, de Fundasalva, o los Hogares Crea, hasta cortar moldes familiares,
trasladados muchas veces de generación en generación.
Tan aterradores se muestran los números de adicciones en los estudios,
que como dijo alguien por ahí hace unos meses, la problemática
es tan seria que, en el juego de imágenes, querer erradicar la
drogadicción sería en este momento como querer detener un
tsunami con las palmas de las manos. Debido a que la capacidad estatal,
privada y eminentemente humanitaria se encuentra en su totalidad rebasada.
La buena noticia es que existe la posibilidad de ayudar a quienes desean
salir de la esclavitud del horror de las adicciones a las
drogas y el alcohol. Y que con un mayor esfuerzo de coordinación,
puede ampliarse, de forma significativa la capacidad de atención.
Ojalá que el segundo estudio anual consecutivo que presentará
Fundasalva durante la próxima semana coadyuve a la formación
de políticas públicas que permitan tratar a muchísimas
más personas de las que ahora se atienden. Con fe, esperanza y
ayuda especializada, podremos como país combatir más eficazmente
el flagelo en el que se encuentra un porcentaje tan significativo de nuestra
población.
¡Así sea!
*Lic. en Ciencias Jurídicas y columnista de El Diario de Hoy.

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