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| Hurto. La amplitud de los establecimientos de
alimentación es aprovechada por los rateros para robar productos
como licores. Foto: EDH |
Jaime García
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Se llevan desde dulces hasta una mudada de ropa y son conocidos como los
ladrones de bagatela, que usualmente operan en comercios en los que la
mercadería está expuesta en estantería.
Los más afectados son los grandes supermercados y las ferreterías,
aunque no registran pérdidas considerables anualmente.
Entre los investigadores particulares, este tipo de hurto es denominado
hormiga, ya que se produce poco a poco y en pequeñas
cantidades, por lo que es considerado como una falta por la justicia penal.
Los dueños de los supermercados también afrontan otro tipo
de desvalijamiento y consiste en que muchos clientes consumen bebidas
u otros comestibles y al llegar a la caja desechan los envases y no pagan
el producto.
La Policía no reporta capturas por estos hechos ya que advierte
que los que pillan a este tipo de rateros son los mismos vigilantes de
los negocios.
En un supermercado situado al oriente de San Salvador, uno de sus encargados
que no se identificó, detalló que el caso más reciente
es el de una mujer adulta que en compañía de una niña
intentaba llevarse sin pagar ropa interior valorada en 80 dólares.
Lo que hacemos usualmente es tomarle una fotografía para
tenerla como registro y se deja ir a los ladrones, dijo el declarante.
En muchos establecimientos afectados por este tipo de robos menores, mantienen
un mural con fotografías de los clientes que fueron sorprendidos
llevándose mercadería.
En las instantáneas, colocadas bajo el título no gratas
en este establecimiento aparecen sujetos solos, parejas de mujeres,
tríos y hasta grupos de cuatro con una diversidad de productos.
Algunas fotos ya son viejas porque lo que pretendemos es mandar
una advertencia a los clientes, dice el ejecutivo.
Una de las encargadas de un supermercado ubicado camino a Santa Tecla,
detalló que en ese negocio han sido sorprendidas personas que llevaban
desde cremas hasta productos más grandes, pero que ninguno fue
puesto a disposición de las autoridades. Es sorprendente
cómo hace esta gente para intentar llevarse las cosas sin pagar,
dijo la ejecutiva, que no se identificó.
Resaltó que el personal de seguridad sabe perfectamente cuáles
clientes llegan para robar. Se conocen por sus actitudes,
dice.
Wilfredo Abelenda, jefe de la Delegación Centro de la PNC, dice
que no reportan casos de personas que les hayan sido entregadas bajo custodia
por robar bagatela.
Llevaban ropa bajo la ropa
Este es el relato de una ex dependienta de un comercio capitalino sobre
los hurtos.
Después de trabajar durante nueve temporadas navideñas
en una cadena de tiendas que distribuye jeans, me acostumbré a
ver a clientes que robaban prendas utilizando toda suerte de argucias.
Durante una de esas temporadas, una señora de 40 años fue
sorprendida por el vigilante cuando intentaba salir sin pagar un trajecito
para niño que lo había refundido en su cartera.
La encargada de la tienda la amenazó con denunciarla con la Policía,
por lo que la mujer sacó de la cartera el traje y lo tiró
al suelo, empujó al vigilante y salió corriendo.
En otra ocasión, un hombre llegó a la tienda y me pidió
que le enseñara un pantalón ajustado.
Pensé que su pedido era raro porque usaba un pantalón flojo.
Me pidió varios hasta que me hizo perder la cuenta de los que le
había dado. Repentinamente salió y, con síntomas
de molestia, dijo que ninguno satisfacía sus gustos.
En un instante pude ver que llevaba un pantalón de la tienda debajo
del suyo.
Entre todos los empleados lo obligamos a entrar al vestidor y a despojarse
de la prenda. Enojado y con aires de indignación lanzó maldiciones
antes de emprender la huida.
En otra temporada, una mujer regordeta que llevaba un delantal, no pudo
ocultar que entre sus piernas llevaba una blusa y al dar el paso decisivo
entre la tienda y la calle se le cayó el objeto robado. Avergonzada,
aseguró que la cancelaría y tiró varios billetes
en el mostrador y, sin esperar su cambio, se marchó.
Así, durante una y otra temporada, he aprendido a conocer el nerviosismo
y las palabras de los que han robado.
Debo confesar que en muchas otras ocasiones me di cuenta del robo hasta
que abrí el vestidor y descubrí algún gancho sin
la prenda tirado en el suelo y sin rastros del ladrón. La prenda
robada tuve que pagarla con mi trabajo.

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