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Alejandro
Alle*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
¿Alguna vez fue a ver un apartamento para comprar o alquilar,
y se encontró con un agente de bienes raíces, diciéndole
que podría conseguírselo por menos dinero de lo que
pide el dueño? La pregunta que uno se hace en esos casos
(después de poner cara de póquer, para que nos sigan bajando
el precio
), es si ese agente está defendiendo bien los intereses
del propietario del apartamento.
La respuesta es que, efectivamente, es muy probable que el agente no esté
haciendo su mejor esfuerzo para maximizar el precio de venta. Pero la
causa no es necesariamente un comportamiento negligente de parte de la
empresa inmobiliaria ni del agente. Tampoco se puede atribuir, a priori,
a una actitud ingenua por parte del propietario.
Se trata, en realidad, del resultado natural que produce una inadecuada
configuración de los incentivos económicos, hecho frecuente
en la relación comercial entre dos partes que, pese a tener intereses
en común, como son el agente y el propietario del apartamento,
tienen motivaciones muy distintas entre sí. ¿Ejemplo?
Supongamos que la empresa inmobiliaria cobra el 5% del precio de venta
del apartamento, y que la comisión del agente sea la mitad de dicho
monto. Al agente le conviene cerrar el negocio lo antes posible, aun si
tiene que hacer una rebaja de, por ejemplo, 4,000 dólares.
Con esa rebaja, el agente estaría resignando 100 dólares
de comisión, y el dueño 3,800 dólares (a los otros
100 dólares los resigna la empresa inmobiliaria). Es probable que
el dueño del apartamento tenga interés en venderlo rápido,
ya que quizás quiera comprar otro, o prefiera colocar el dinero
en el banco, y así ganar intereses. Claro que para él, el
costo del apuro es de 3,800 dólares.
Por ello, es probable que sea el agente quien tenga la mayor prisa
,
ya que para él, el costo del apuro es ganar 100 dólares
menos de comisión (por ejemplo, ganar 400 dólares en vez
de 500 dólares). Además, sabe bien que su costo por no cerrar
el negocio ahora, puede resultar aún más alto, ya que ignora
cuántas veces más deberá mostrar el apartamento,
gastando tiempo y dinero en nuevas visitas y negociaciones, todas de resultado
incierto.
Con esa configuración de incentivos, el dicho más
vale pájaro en mano que cien volando, aplica más para
el agente que para el propietario del apartamento. El tema fue motivo
de estudio en una prestigiosa universidad norteamericana.
En efecto, Steve Levitt, economista de la Universidad de Chicago (tocayo
del vocalista de Aerosmith, pero no tan cool), hizo una investigación
sobre este tema, analizando 98,000 operaciones de ventas de casas en los
suburbios de la mencionada ciudad, entre 1992 y 2002.
Levitt sabía que de esas 98,000 casas, había 3,300 que eran
propiedad directa de las inmobiliarias. Y descubrió que, no casualmente,
sus ventas demoraron en promedio 10 días más que las del
resto, obteniéndose por ellas un precio 4% superior al de casas
comparables. Como conclusión de su estudio, el tocayo nerdo de
Steve Tyler no dijo Walk this Way, sino Incentives matter,
que significa que los incentivos son importantes.
De estas observaciones se pueden hacer dos comentarios, uno circunstancial,
y otro conceptual. El primero es que al negociar con una inmobiliaria
para vender un apartamento, quizás convenga acordar una fórmula
no tan lineal para el cálculo de la comisión
Y el aspecto conceptual, por lejos el más importante, es que el
estudio de Levitt constituye una verificación más del postulado
básico de la acción humana, que dice que el hombre
actúa para pasar de una situación menos satisfactoria, a
otra más satisfactoria.
El apuro suele ser más satisfactorio para el agente que para el
propietario del apartamento y, por esa razón, cada uno actúa
como actúa
Este postulado básico de la acción humana es una poderosa
herramienta, ya que su aplicación es tan amplia que excede el ámbito
de la economía, porque los incentivos afectan nuestro comportamiento
en todos los aspectos de la vida, desde lo cotidiano hasta la elección
de autoridades, y es incluso independiente del sistema económico
vigente en una sociedad. ¿Cómo?
El profesor Gwartney, del Instituto Económico Fraser, de Canadá,
indica que en la antigua Unión Soviética, los empleados
de las fábricas de vidrio eran premiados de acuerdo con las toneladas
producidas: naturalmente, las láminas eran gruesas. Hicieron una
prueba, premiando los metros cuadrados producidos
, y las láminas
comenzaron a ser muy delgadas. Es que el tema de los incentivos es inherente
a la condición humana, más allá de las ideologías.
Entre los recuerdos de mi infancia está el del organillero,
personaje urbano que pasaba por las calles con un extraño instrumento
musical, un monito amaestrado, y una caja con tarjetas que pronosticaban
el futuro.
Una vez que el cliente pagaba (obvio)
, el organillero hacía
sonar el instrumento, el monito se ponía a bailar, para finalmente
sacar una tarjeta, que el cliente leía con ansiedad
. De ahí
surgió el dicho por la plata baila el mono.
Aquel monito feo e interesado, que pasaba día y noche bailando
en la calle (cualquier parecido con Michael Jackson es pura coincidencia
),
se desmayó en los 80 al enterarse que David Bowie grabaría
una canción llamada Dancing in the Street, a dúo
con Jagger.
Creyó que lo hacían en su honor, pero al conocer la verdad,
se llamó a retiro. Nunca más supe de él ni del organillero.
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Master en Economía (ESEADE, Buenos
Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com

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