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| Figura. Mario Santana se ha robado el protagonismo
en la Copa Confederaciones. Y pensar que hace cuatro años reparaba
llantas. Foto: EDH |
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
El fútbol tiene vaivenes impensados. Un segundo separa a la gloria
del fracaso; una decisión oportuna, la fama del anonimato. Pero
la generosidad de este deporte va más allá: siempre da oportunidad
de revancha.
Mario Santana, 23 años, volante revelación de Argentina,
es uno de esos casos. Para la prensa internacional es un rostro sin pasado,
un nombre sin demasiados antecedentes.
Quizás por eso sorprendió tanto primero su convocatoria
y luego su nivel, cuando José Pekerman decidió incluirlo
entre los titulares para esta Copa de Confederaciones.
Allá por finales de 1999, los aficionados de San Lorenzo iban una
hora antes de lo habitual a la cancha sólo por ver a ese muchacho
habilidoso de la reserva.
Es un fenómeno, se llama Santana, repetían.
Sin embargo, y a pesar de que meses después debutó en la
Primera División y fue campeón en ese equipo que dirigía
el chileno Manuel Pellegrini (hoy en Villarreal), nunca terminó
de explotar.
El muchacho, nacido en Comodoro Rivadavia, corazón de la Patagonia
argentina, no se adaptaba a la gran ciudad. Y ante el primer contratiempo,
armó las maletas y regresó a su ciudad natal.
Tenía 48 partidos en Primera y tres goles, pero me había
cansado del fútbol. No me pagaron un mes de salario, se demoraban
en hacerme el contrato y entonces decidí dejar todo, le contó
Santana a El Diario de Hoy al finalizar el partido contra Australia. Si
no tenía más periodistas a su alrededor era simplemente
porque todavía nadie lo identifica, es la cara menos conocida de
Argentina.
Si no fuera porque su uniforme tiene el escudo de la AFA en el pecho,
podría pasearse tranquilamente por Núremberg sin que nadie
advirtiera su presencia.
Otra vida
Allá, en el frío sur argentino, se encontró sin nada
que hacer. Así que unos tíos que tenían una llantería
le dieron trabajo allí. Fueron dos meses que pasé
ahí, hasta que mi representante me dijo que había una oferta
de Italia, cuenta en voz baja.
Pasó del desolado paisaje de la llantería a los glamorosos
canales de Venecia, donde lo había contratado el equipo local.
Ahí jugó muy poco, luego vivió un tiempo en la casa
de Javier Zanetti, en Como, hasta que su llegada al Chievo cambió
el panorama.
En Argentina seguía siendo un desconocido, pero se empezó
a hacer un nombre. Esta temporada fue contratado por el Palermo, equipo
revelación junto a la Sampdoria, y Santana fue una de las figuras.
Yo sabía que estaba jugando bien, pero jamás me imaginé
que podría llegar a tener una oportunidad en la selección.
Cuando Hugo Tocalli (auxiliar de Pekerman) me llamó hace dos semanas
para decirme, casi me muero. Todavía estoy en las nubes,
confesó.
Inmediatamente canceló sus vacaciones en México y se puso
a las órdenes del equipo nacional, donde le toca reemplazar nada
menos que a Lucho González, uno de las ya consolidados en el equipo.
Pasan los días y todavía no termina de creerlo. Cuando
me puse la camiseta 18 estaba temblando. Al final, un tunecino vino a
cambiármela, pero no, ni loco se la doy. La voy a hacer firmar
y la enmarcaré, explicó. De a poco, se va acostumbrando
al fútbol de élite, aunque difícilmente olvide su
pasado.
Hace cuatro años se ganaba la vida emparchando cubiertas a cambio
de 15 pesos por día, el equivalente a cinco dólares, en
un lugar perdido en el mundo. Hoy, nada menos que en Alemania, sede del
próximo Mundial, todos los ojos se han posado en él.

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