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De la llantería a la selección

Hace cuatro años dejó el fútbol y trabajaba con sus tíos reparando neumáticos. Hoy es la revelación de Argentina

Publicada 21 de junio 2005 , El Diario de Hoy

Figura. Mario Santana se ha robado el protagonismo en la Copa Confederaciones. Y pensar que hace cuatro años reparaba llantas. Foto: EDH


El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com

El fútbol tiene vaivenes impensados. Un segundo separa a la gloria del fracaso; una decisión oportuna, la fama del anonimato. Pero la generosidad de este deporte va más allá: siempre da oportunidad de revancha.

Mario Santana, 23 años, volante revelación de Argentina, es uno de esos casos. Para la prensa internacional es un rostro sin pasado, un nombre sin demasiados antecedentes.

Quizás por eso sorprendió tanto primero su convocatoria y luego su nivel, cuando José Pekerman decidió incluirlo entre los titulares para esta Copa de Confederaciones.

Allá por finales de 1999, los aficionados de San Lorenzo iban una hora antes de lo habitual a la cancha sólo por ver a ese muchacho habilidoso de la reserva.

“Es un fenómeno, se llama Santana”, repetían. Sin embargo, y a pesar de que meses después debutó en la Primera División y fue campeón en ese equipo que dirigía el chileno Manuel Pellegrini (hoy en Villarreal), nunca terminó de explotar.

El muchacho, nacido en Comodoro Rivadavia, corazón de la Patagonia argentina, no se adaptaba a la gran ciudad. Y ante el primer contratiempo, armó las maletas y regresó a su ciudad natal.

“Tenía 48 partidos en Primera y tres goles, pero me había cansado del fútbol. No me pagaron un mes de salario, se demoraban en hacerme el contrato y entonces decidí dejar todo”, le contó Santana a El Diario de Hoy al finalizar el partido contra Australia. Si no tenía más periodistas a su alrededor era simplemente porque todavía nadie lo identifica, es la cara menos conocida de Argentina.

Si no fuera porque su uniforme tiene el escudo de la AFA en el pecho, podría pasearse tranquilamente por Núremberg sin que nadie advirtiera su presencia.

Otra vida

Allá, en el frío sur argentino, se encontró sin nada que hacer. Así que unos tíos que tenían una llantería le dieron trabajo allí. “Fueron dos meses que pasé ahí, hasta que mi representante me dijo que había una oferta de Italia”, cuenta en voz baja.

Pasó del desolado paisaje de la llantería a los glamorosos canales de Venecia, donde lo había contratado el equipo local. Ahí jugó muy poco, luego vivió un tiempo en la casa de Javier Zanetti, en Como, hasta que su llegada al Chievo cambió el panorama.

En Argentina seguía siendo un desconocido, pero se empezó a hacer un nombre. Esta temporada fue contratado por el Palermo, equipo revelación junto a la Sampdoria, y Santana fue una de las figuras. “Yo sabía que estaba jugando bien, pero jamás me imaginé que podría llegar a tener una oportunidad en la selección. Cuando Hugo Tocalli (auxiliar de Pekerman) me llamó hace dos semanas para decirme, casi me muero. Todavía estoy en las nubes”, confesó.

Inmediatamente canceló sus vacaciones en México y se puso a las órdenes del equipo nacional, donde le toca reemplazar nada menos que a Lucho González, uno de las ya consolidados en el equipo.

Pasan los días y todavía no termina de creerlo. “Cuando me puse la camiseta 18 estaba temblando. Al final, un tunecino vino a cambiármela, pero no, ni loco se la doy. La voy a hacer firmar y la enmarcaré”, explicó. De a poco, se va acostumbrando al fútbol de élite, aunque difícilmente olvide su pasado.

Hace cuatro años se ganaba la vida emparchando cubiertas a cambio de 15 pesos por día, el equivalente a cinco dólares, en un lugar perdido en el mundo. Hoy, nada menos que en Alemania, sede del próximo Mundial, todos los ojos se han posado en él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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