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Pasó en emergencia 44 horas

Sin camas. Juana llegó al hospital Rosales a las 2:00 a.m. del martes; colocada en una camilla, en un rincón de la sala, no la movieron de ahí hasta el miércoles, a las 10:00 p.m. Diez bolsas de suero e innumerables pruebas, no aplacaron el dolor y la indiferencia que vivió en ese tiempo. Sólo hasta que murió una paciente encontró el descanso que esperaba


Publicada 10 de junio 2005 , El Diario de Hoy

Triste y agotada. La paciente no sabe qué hacer, adónde mirar. Por momentos, el dolor en el costado es insoportable. Foto EDH


Texto: Ivette Amaya Fotoperiodistas: Mauricio Castro/Jorge Reyes
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com


Madrugada en un rincón de la sala de urgencias

La sirena de una ambulancia rompe el silencio y la tranquilidad de la noche. Procede de Apopa y en el interior viaja Juana Sibrian Landaverde, de 54 años.

Un dolor intenso en el lado derecho de su abdomen le obligó a salir a mitad de la noche hacia el principal centro de asistencia del país: el Hospital Nacional Rosales.

Una camilla, varios médicos con el suero preparado le esperan hace unos minutos en la entrada de la emergencia. Tiene fe en un pronto alivio, aunque la voz de la experiencia le dicta que no será tan fácil. Hace unos meses, no recuerda cuantos, la señora fue sometida a una operación de cálculos en la vejiga.

La primera revisión de su estado es casi inmediata. Le colocan en una camilla cubierta con una delgada colchoneta y una sábana delgada.

“A mí ya me habían operado antes aquí de los cálculos en la vejiga, por eso es que me vine mejor para acá, a pasar la consulta”

Algo provisional, creía. Relegada a un rincón de la sala de emergencias, a la espera de los resultados de unas muestras de sangre y la toma de un ultrasonido, Juana cumple su primera hora a la espera de conocer la gravedad de su dolencia.

Noche de desvelo

Amerita ingreso, el dolor es fuerte, pero enseguida se da cuenta que no hay camas disponibles. Juana toma como almohada un maletín azul, donde su esposo Emilio Juárez, también de 54, transporta las escasas pertenencias personales que agarró en la salida de urgencia.

El alba llega y, con los primeros rayos de sol, más exámenes y bolsas de suero. No ha comido ni piensa hacerlo. La sola idea de pensar le hace vomitar. No puede tomar un sorbo de agua.

El ajetreo es notorio en esta área especial, donde los enfermos del bajo mundo, las víctimas de la violencia —de cualquier nombre y clasificación— encuentran refugio y sanación entre estas paredes desgastadas por los golpes de las camillas y el paso del tiempo.

“Como a las cuatro (de la tarde) dos médicos me dijeron que me la iban a ingresar, pero después me salieron con que no hay camillas, así que tenemos que esperar un cupo”, comentó Juárez, esposo de esta vendedora de tamales, quien sufre casi como ella.

La lluvia ahoga todo signo de esperanza

Los quejidos ahogados de Juana no logran interrumpir el descanso forzado de Emilio, a quien unas sillas plásticas le sirven de cama provisional. Sólo abre los ojos para seguir la estela de un médico que chequea a su esposa.

Se pone los zapatos gastados con rapidez y se acerca al lado de su compañera de vida, con la misma ilusión con la que llegó al hospital, hace ya más de 14 horas. Está seguro de que será su última noche en esas condiciones y que su esposa Juana dormirá en una cama.

Con palabras pausadas, pero con un tono leve de preocupación, Emilio trata de explicar su historia a uno de los tantos galenos que, cada tres o cuatro horas, hacen un reconocimiento a la enferma.

La única respuesta concreta que recibe y que entiende de parte del médico es que necesitan hacer más análisis. No hay un diagnóstico concreto que amerite el ingreso, como tampoco hay camas disponibles en los servicios para señoras. Ése “no hay” se le hace ya tan familiar como preocupante.

“Con ésta ya van a ser dos noches sin dormir, y lo peor es que yo la veo más desmejorada”, expresa Juárez. La mujer le toma la mano, le mira con esfuerzo a la cara y trata de expresarse un “saldremos de ésta”.

Descanso a medias

Una inyección le rebaja un poco el dolor, lo suficiente para dormir unos minutos. La fuerte luz de una lámpara sobre su cara y el ir y venir de las camillas no interrumpen su descanso. La señora le dice que tiene hambre y la resequedad de la boca la incomoda tanto como su dolencia.

Testigo del sueño. En su cabecera queda la lista interminable de médicos que le han visto. Ninguno le dio una respuesta.

Juana se despierta con los primeros truenos de otra tormenta que promete una noche húmeda.

Tanto es así que la delgada sábana no le da abasto para cubrirse de la lluvia, que por gotas se filtra a través de las ventanas abiertas, situadas encima de su cabeza.

La lluvia pasa más rápido de lo esperado, también la confianza de lograr un espacio en una cama.

Algunos pacientes no soportan la indiferencia de los doctores, que se alarga como una sombra por horas. Los que tienen algo en el bolsillo, salen en busca de otro centros de salud.

Camas insuficientes en el Rosales

Las autoridades del Hospital Rosales son conscientes de la gran necesidad de camas que arrastra, desde hace varios años, el centro de atención especializado.

Leticia Mejía, directora del centro, comentó durante la reciente apertura del nuevo servicio de Cuidados Intermedios que los terremotos de 2001 provocaron la pérdida de decenas de lechos hospitalarios, tanto para la estadía prolongada del paciente como para mantenerlo en observación durante 24 horas.

Hacinamiento. Los pasillos sirven, en ocasiones, como salas de espera para ingresos.

“Para 2001 se tenía en el hospital un total de 554 camas, y esto llegó a bajar hasta 362”, manifestó la funcionaria.

La apertura de dos nuevos servicios realizados hace un par de semanas es un simple parche en la enorme demanda de espacio que todavía tiene el centro de salud.

“De todas las camas que agregamos (21), en realidad son sólo 14 las que ganamos, ya que tuvimos que suplir un servicio que va a servir para los pacientes de VIH”, explicó la galeno.

Mejía indicó que la necesidad real del hospital para satisfacer toda la demanda es de 686 camas, lo que representa un déficit de 227 camastros para la recuperación del paciente.
En algunos casos, sobre todo en pacientes de la consulta externa, la disponibilidad de camas retrasa la realización de intervenciones quirúrgicas.

“Este déficit lo pensamos suplir cuando comience a funcionar el hospital de Especialidades, que tiene una capacidad de 300 camas, pero lo malo es que todavía no sabemos cuándo nos lo van a entregar”, dijo algo resignada.

Entre los proyectos a realizar en el hospital se menciona la remodelación del área de emergencia y UCI, con fondos del Gobierno de Japón.

Sola, en el mismo rincón, halla la misma respuesta

El calor y el hacinamiento aumentan con el correr de un nuevo día en la sala de emergencia.

La fila para retirar las tarjetas de los pacientes internados es más larga cada vez. Una señal inequívoca del mediodía, la hora de la visita de los enfermos.

Juana sigue sin alivo para sus quejidos. A las 4:00 de la madrugada fue sometida de nuevo a una ultrasonografía, pero su resultado aún no había sido anexado a su expediente clínico.

Su desconsuelo era mayor porque está sola. Día y medio después, don Emilio regresó a su vivienda, en la Colonia La Pinera III, en el Ángel de Apopa. Una hija de 15 años con retraso mental le necesita, aunque no sabe si fue más por ella y por descansar un rato de la vigilia forzada.

“Ya no aguanto estar más tiempo aquí, me duele el estómago y ni agua me dan, lo peor es que uno sin pisto”. Las quejas de la mujer apenas son perceptibles; no así las lágrimas que asoman por sus ojos, y que se niegan a caer por sus mejillas.
Sin consuelo

En un intento por saciar el hambre, Juana no ha ingerido alimento desde el lunes por la noche, toma un poco de agua. No pasa un minuto antes de vomitar lo ingerido. Cree que es por el efecto de las seis bolsas de suero que han entrado a su organismo desde su llegada al hospital.

No se ha dado cuenta, pero entre lamento y lamento pasa la hora de visita familiar y con ella las pocas esperanzas que tenía de acostarse en una cama. Desconoce cuántas altas han habido y el por qué no ha sido ella la seleccionada.

“Me siguen diciendo que no hay camillas, y uno aquí se tiene que aguantar hasta que lo atiendan”. Su voz se apaga por los momentos, le faltan fuerzas.

Hospital vacío, a unos metros

El director del Seguro Social, Mariano Pinto, aclaró que el retraso en la entrega del Hospital de Especialidades al Ministerio de Salud se debe a una serie de problemas de planificación de la cartera de Estado, y no a falta de interés de la autónoma.

No está sola. Emilio se mantiene de pie, junto a su compañera. Una historia entre mil, aunque ninguna tan dura.

“No se le ha entregado (Especialidades) al Ministerio de Salud por problemas propios de ellos. Nosotros hemos negociado, pero los técnicos de ellos alegan una serie de cosas que no son adecuadas, pero ésa es una situación estrictamente interna del ministerio”, manifestó el funcionario.

En ocasiones anteriores, el responsable del ISSS ha asegurado que es responsabilidad suya la remodelación del hospital, sobre todo en infraestructura, ya que el equipo médico es responsabilidad del ente regulador.

“Nosotros no tenemos ningún problema de dejárselo en condiciones adecuadas, pero tienen que ponerse de acuerdo para sacar la licitación del proyecto y devolverlo lo antes posible”, sentenció.

El Hospital de Especialidades estuvo alquilado por el ISSS desde 1986, debido a los daños en el Hospital General que dejó el terremoto. Ahí se ubicó la consulta especializada, además de la hospitalización y el servicio de las cirugías complicadas.

Entran baleados y enfermos, pero Juana sigue ahí

La emergencia se va despejando de personas “sanas” y da paso a más enfermos. Juana, ahora lleva un vestido limpio de color rojo, se suelta su pelo como queriendo encontrar algo de libertad en esa esquina en la que está relegada y que conoce a la perfección.

También Emilio luce otra vestimenta, aunque la estadía en su vivienda no fue totalmente de descanso. El hogar y los asuntos pendientes coparon buena parte del tiempo de ese día. También dio parte a sus familiares del estado de salud de su mujer. Esperaba no haberla encontrado ahí, otra vez, pero se equivocó.

La palidez en el rostro de Juana es más evidente. Termina su segunda tarde consecutiva en ese rincón blanco, amarillo por momentos, deteriorado por los golpes. Así se siente ella, golpeada por una indiferencia que no entiende.

No sabe qué pensar

Si tenía pocos ánimos, lo que ve a continuación termina por agotarla. Un enfermo que llevaba pocas horas en una camilla contigua a suya logra su entrada al área de encamados. Otros son despachados por los médicos, por no presentar dolencias que ameriten su estadía.

Juana sigue, con el silencio por testigo. “Yo ya no soporto verla así, tan mal, pero uno sin dinero le toca esperar hasta que lo atiendan.

Si yo pudiera, me la llevaría para otro lado, pero no puedo hacer más que aguantarme la ignorada y hasta alguna achicada”, expresa Emilio, mientras acaricia la frente de su compañera.

La llegada de un joven baleado despierta el movimiento de los médicos, la adrenalina sube por momentos. Juana espera. Una mujer se cae de su silla, donde espera atención médica.

Un dolor en su vientre se asemeja a un cuadro de apendicitis.

Los esposos se resignan a otra noche más. Se miran y se preparan para lo que está por venir.

Una paciente que acaba de morir “salva” a Juana

Luego de 44 horas de espera, la cama 18 del Tercero Medicina Mujeres alberga por fin a Juana.

Un grupo de enfermeras se preocupa por su estado de salud, mientras varios especialistas leen su historial y una parte de los exámenes que le han ido haciendo durante las largas horas en la emergencia.

Por fin. Ahora duerme más tranquila en el servicio de medicina mujeres del Rosales.

Con un camisón limpio y nuevos ánimos, Juana acepta de mejor grado que le hagan más exámenes y que le pongan más suero.

Son ya 10 bolsas, se acuerda de cada una de ellas. Un médico programa un cupo para su operación.

La suerte de Juana no fue casualidad y llegó por una desgracia.

La cama en que se encuentra estuvo ocupada por otra paciente, la cual murió a las 5:00 de la tarde del miércoles, debido a una grave infección.

A Juana le trasladaron hasta las 10:00 de la noche. ¿Cinco horas después? A la señora no le importa, después del tiempo pasado en el rincón de la emergencia.

Se asusta un poco cuando escucha que, si le comprueban la presencia de cálculos, sería trasladada al servicio de Urología. ¿Se repetirá la historia?


“Hay que trasladarlos a otros hospitales”

Salud Pública dice que realizará una investigación para ver si el manejo fue el más adecuado

Alcides Urbina, gerente de Atención a la Calidad, reconoce la falta de camas en el Hospital Rosales. Sólo se le ocurre recomendar al centro de salud que busque alternativas para minimizar esa apremiante situación.

Conocemos el caso de una mujer que esperó 44 horas por una cama en el Rosales, ¿qué opinión tiene al respecto?

Se sabe que en el hospital hacen falta camas, por eso lo que se tiene que hacer en estos casos es que hay que trasladarlos a otros hospitales que tienen camas disponibles, como San Bartolo, Soyapango, Zacamil, inclusive Maternidad.

Pero los médicos la mantenían con una serie de exámenes y no le daban el cupo...
Como le digo, a lo mejor no había camas en ese momento, pero a veces lo que pasa es que las personas de la tercera edad prefieren quedarse esperando, porque aman el hospital y no les gusta que los manden para otro lado.

¿Pero esperar 44 horas por una cama no es demasiado?
En ese caso tengo que investigar bien el caso, porque, tal vez, los médicos no sospechaban que fueran cálculos en los riñones, como ella decía, sino una inflamación que se trata por medio de una colisistectomía, proceso que se hace en los 30 hospitales del país y que no es una demanda exclusiva del Rosales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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