 |
| Importada. El dinero del norte potencia una arquitectura
extravagante, nada local. Foto EDH |
Texto: Leyre Ventas/Fotografía:
Óscar Payés
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Es un municipio-sauna del sur de La Unión. Aunque si el termómetro
mandara en la definición, Intipucá sería la antesala
del infierno sin tanta discusión.
En domingo el calor consigue lo que no pudo la emigración: aplacar
cualquier actividad humana posible. En el pueblo quedan más de
siete mil habitantes, pero pocos están dispuestos a sudar en días
festivos.
Así, los intipuqueños que no huyeron hacia El Esterón
por un baño de mar convergen en la única plaza. Es el centro
neurálgico del pueblo, donde los chalés ofrecen algo de
sombra a cambio del vapor de la plancha para pupusas.
La iglesia o los soportales de la alcaldía ofrecen mayor garantía
como refugio frente a la insistencia de los rayos solares. El regidor
municipal, Roberto Arias, se sentó a la vera de una venta de ropa
y compartió con los presentes la reciente llegada de su hijo Oswaldo
al pueblo.
Oswaldo Aníbal Portillo vive en Washington y, según su padre,
es marine de los EE.UU.. Una complicación en la rodilla
lo trajo a El Salvador. Es que como allá todo es de pago,
decidió venir, aclara Arias.
Los lunes se mantiene la temperatura y la actividad hace su aparición,
lenta, en la pacífica plaza. Semana a semana un mercado improvisado
domina el espacio que la víspera fue punto de encuentro y las calles
semi desérticas del pueblo comienzan a revivir.
Entonces empiezan las procesiones al mercado para hacer las compras. Temprano,
los niños arrastran sus bolsones cuesta arriba, hacia la única
escuela. Un autobús cruza el parque en dirección a San Miguel,
ciudad en la que trabajan muchos intipuqueños.
Otro hace el viaje de regreso y trae consigo a vecinos de Las Tunas y
otras playas cercanas que buscan retirar en alguna de las tres agencias
de Intipucá los dólares que la familia envía desde
el norte.
Así transcurre la vida sin sobresaltos y sin más aspiraciones
que ver -e irse- hacia el norte, de donde previene el bienestar y el sustento.
Los frutos del dólar
En Intipucá las casas de dos plantas se cuentan por decenas. También
los miles de dólares gringos que costó la construcción
de cada una de éstas. Son unas cien, asegura el actual
alcalde, el arenero Enrique Méndez.
 |
| Doble. La bandera salvadoreña y la estadounidense
simbolizan las dos patrias queridas. Foto EDH |
Sin embargo, sólo seis comparten categoría (la de las MEM:
Mansiones más Extravagantes que Majestuosas) con la vivienda que
ocupa Hugo Salinas, intipuqueño en el exterior y candidato a alcalde
por el PCN, cuando llega de visita desde Washington.
Del hogar del emigrante destaca un detalle más allá del
hermetismo, las cuatro puertas de acceso aseguradas con candados, el cuidado
jardincito privado y las verjas forjadas con mil filigranas. En el amplio
balcón ondean dos banderas: la blanquiazul del pulgarcito y la
del gigante de estrellas y listones rojos. El abrazo de las dos patrias
de Salinas.
Nada. Es exactamente lo que la casona tiene de arquitectura tradicional
salvadoreña. Tanto como la edificación de la esquina, con
cuatro columnas doradas que sujetan el tejado. El hogar más autóctono
de la cuadra contrasta entre ambas mansiones.
Con sus paredes de madera y techo de lámina habría sido
un lujo cuando la palma, el zacate y el lodo eran los principales materiales
de construcción. Hoy, en tiempos de remesas, parece acomplejarse.
Como el alumno que, enfilados en clase de gimnasia, llega a la cintura
de compañeros. O como aquel que asiste al colegio en chancletas,
cuando el resto luce el par de tenis último modelo recién
llegado de EE.UU.
La familia Romero renta la casa de madera. Lo cuenta Hugo Romero desde
la hamaca, mientras con su pie descalzo sobre el piso de tierra agarra
impulso para mecerse. Tiene 27 años, a su hermano y un tío
en alguna ciudad de la USA, y siete familiares más
por parte de su padre. De ninguno de ellos recibe ayuda económica.
Él hubiera sido el décimo emigrante de la familia si los
dos intentos que protagonizó no hubieran terminado en fracaso.
La primera vez casi me muero, relata angustiado. A su compañero
de hazañas le faltó el casi cuando falleció asfixiado
en el vagón de tren en el que ambos viajaban.
Ocurrió en 1992. Romero lo leyó en un rotativo, ya de regreso
en Intipucá.
Al año recobró la fuerza para otro intento. Y volvió
a fallar. El coyote me dejó botado en pleno desierto,
cuenta, y se quedó con los 400 colones que me había
cobrado.
El desafortunado había tenido que buscar el contacto en San Miguel,
porque por aquel entonces ya hacía diez años que Manuel
Flores, el coyote del pueblo, había abandonado la actividad.
Manuel fue el último de los coyotes intipuqueños. Según
su hermano Juan, es el responsable de las ciudadanías que poseen
hoy los paisanos que entre 1980 y el 83 guió hasta México.
Allá contrataba a un tejano que los llevaba hasta los Estados
Unidos, explica. A éste le pagaba $200 dólares de
los 2000 colones que cobraba a cada cliente.
Pero llegó la guerra, el refuerzo de la vigilancia en la frontera
y el ladronismo en el camino. Desde entonces y todavía hoy se dedica
a la labrar un terreno que posee en Moncagua.
El éxito
Hay, pues, quienes optaron por la vía ilegal, tuvieron éxito,
y años después decidieron regresar a su pueblo natal. Como
Ricardo Arias, de 83 años, que partió antes de la guerra.
 |
| El descanso del migrante. Ricardo Arias regresó
y ahora sus hijas lo mantienen desde NY. Foto
EDH |
No volví hasta que obtuve los papeles, dice. Con éstos
y el dinero que ahorró lavando platos en un restaurante se aseguró
un viaje de retorno menos sufrido, una mejor casa que la que había
dejado nunca una MEM, y la posibilidad de visitar el país
que lo acogió sin más trámite que comprar un boleto.
Hace apenas 20 días de su último viaje a Nueva York. Al
oeste de dicha ciudad se instaló por tres años, tras vagar
por el mapa estadounidense conocí Virginia, Maryland,
New Yersey.... Y allá dejó dos hijas, las que
hoy se encargan de pagar los recibos de su padre: están bien
pendientes, y cuando se acerca el 20 de cada mes me envían el dinero
para la luz, agua, teléfono.
Así, cada mes sin excepción, Ricardo se acerca a una de
las tres agencias de envíos que existen en el municipio. Ahora
es más seguro. Ya no hay robos como cuando se mandaba el dinero
por correo, explica.
La oficina de la Western Union es un espacio al fondo de Variedades Reynita.
Abre a diario, de 8:00 a.m. a 4:00 p.m. entre semana, y hasta las 11:00
de la mañana los sábados y domingos. Los lunes es
cuando más envíos se registran, también los fines
de semana, informa Alex Márquez, empleado por cuatro años.
El domingo anterior, 29 de mayo, por ejemplo, la computadora de Márquez
registró 26 envíos; 6,807 dólares en total. La remesa
menor fue de $42, la más generosa de 2,600. Seguramente es
para alguien que está construyendo su casa, conjeturaba.
La agencia El Gavilán también tiene su sede en una tienda,
en Comercial Aby, más conocida como La Tiendona. Mientras cobra
un par de aguacates a una clienta, Luis Alfredo Zelaya, encargado de caja
y de la agencia, informa que los fines de semana se alcanzan los 60-70
envíos, unos 15 mil dólares. Obvia cifras concretas: es
información confidencial.
Yesenia Majano no tiene aguacates que le distraigan. Está a lo
que está atendiendo a intipuqueños que llegan a retirar
envíos familiares en una de las tres ventanillas de la agencia
del Banco Agrícola.
Ésta anuncia ya sus servicios en la entrada del pueblo, con un
cartel mayor que el propio de bienvenida. La mejor forma de enviar
sus remesas, reza.
Referencias del estilo decoran también un muro del estadio de fútbol,
obra monumental que se financió en parte con dólares del
norte gestionados por la Fundación Unidos por Intipucá.
Se trata de una de las 295 asociaciones de salvadoreños en los
Estados Unidos y fue fundada en Washington en 1993. De la contraparte
local es presidenta Yesenia Majano, la misma cajera del banco.
Sin embargo, la ilusión de las remesas termina justo frente al
estadio bautizado como Unidos por Intipucá. Exactamente con el
último adoquín de la calle el adoquinado es también
fruto de las relaciones de la alcaldía con la fundación,
donde ésta se transforma en camino polvoso.
En esa frontera entre la prosperidad repatriada y la pobreza de la patria,
vive Consuelo la Chelo Campos. Habita en una champa de lata,
un horno durante el día, sin agua, sin luz, sin comodidades.
A ella las remesas colectivas provenientes de Washington no la han beneficiado.
La luz quedó para la cancha de la Asociación Deportiva Intipucá,
mientras ella y sus tres hijos conviven con la oscuridad. Tampoco existen
ayudas familiares, a pesar de tener una hermana ciudadana en los Estados
Unidos. Una sola vez me envió 25 dólares, hace muuuuuucho
tiempo, reclama.
Es ahí, coincidentemente frente a la champa de la Chelo, cuando
el papel icónico de Intipucá no da más de sí
y deja lugar a los problemas cotidianos de un municipio salvadoreño
más.
Un pueblo siempre mediático
Fue en la década pasada cuando los medios salvadoreños
descubrieron Intipucá y desde entonces, no ha dejado de ser protagonista.
Un rápido repaso a las páginas diarias de diez años
las publicadas desde la fecha del descubrimiento a la fecha
demuestra que no ha habido mejor ejemplo que el pueblo hoy city
para ilustrar el impacto de las remesas en el país. Aunque en este
tiempo, para no aburrir al lector, los artículos sobre el tema
han solido sustituir el municipio por la vecina Chirilagua, o el también
unionense cantón El Piche.
Tanto Intipucá, cansa. Entre copas alguien criticaba
la poca creatividad demostrada por los medios nacionales en el tratamiento
del tema migración. Es un fenómeno visible en todo
oriente, argumentaba, sugiriendo opciones para un reporteo más
novedoso.
Al comentario del crítico se le podría añadir que
la dimensión de esta realidad va más allá de la región.
No fue necesario pues él, sin duda, lo sabe.
Los 2.5 millones de salvadoreños que viven en el exterior (datos
del Ministerio de Relaciones Exteriores), el 94% de ellos en los EE.UU.
(2.3 millones), no son todos intipuqueños, ni siquiera originarios
de oriente. Los hay capitalinos, de Santa Ana o de Ahuachapán.
Así, frente a un fenómeno nacional Intipucá se limita
a ser mero icono; un ejemplo casi caricaturesco. Un municipio similar
a tantos, con poco más de 7,000 habitantes, 61% de población
rural repartida en 8 caseríos y 39% urbana, dedicados a la agricultura
y la pesca, resulta perfecto como ninguno para ilustrar este reportaje.
Perfecto por reunir en su cotidianeidad y sus gentes cada arista del fenómeno
migración.

|