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Más allá de las remesas

Aún revivida por el dinero del norte, Intipucá, ciudad icono del envío de dólares, parece algo fantasma. Existe en ella una historia para ilustrar cada una de las aristas del fenómeno de la migración.


Publicada 7 de junio 2005 , El Diario de Hoy

Importada. El dinero del norte potencia una arquitectura extravagante, nada local. Foto EDH

Texto: Leyre Ventas/Fotografía: Óscar Payés
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com


Es un municipio-sauna del sur de La Unión. Aunque si el termómetro mandara en la definición, Intipucá sería la antesala del infierno sin tanta discusión.

En domingo el calor consigue lo que no pudo la emigración: aplacar cualquier actividad humana posible. En el pueblo quedan más de siete mil habitantes, pero pocos están dispuestos a sudar en días festivos.

Así, los intipuqueños que no huyeron hacia El Esterón por un baño de mar convergen en la única plaza. Es el centro neurálgico del pueblo, donde los chalés ofrecen algo de sombra a cambio del vapor de la plancha para pupusas.

La iglesia o los soportales de la alcaldía ofrecen mayor garantía como refugio frente a la insistencia de los rayos solares. El regidor municipal, Roberto Arias, se sentó a la vera de una venta de ropa y compartió con los presentes la reciente llegada de su hijo Oswaldo al pueblo.

Oswaldo Aníbal Portillo vive en Washington y, según su padre, “es marine de los EE.UU.”. Una complicación en la rodilla lo trajo a El Salvador. “Es que como allá todo es de pago, decidió venir”, aclara Arias.

Los lunes se mantiene la temperatura y la actividad hace su aparición, lenta, en la pacífica plaza. Semana a semana un mercado improvisado domina el espacio que la víspera fue punto de encuentro y las calles semi desérticas del pueblo comienzan a revivir.

Entonces empiezan las procesiones al mercado para hacer las compras. Temprano, los niños arrastran sus bolsones cuesta arriba, hacia la única escuela. Un autobús cruza el parque en dirección a San Miguel, ciudad en la que trabajan muchos intipuqueños.

Otro hace el viaje de regreso y trae consigo a vecinos de Las Tunas y otras playas cercanas que buscan retirar en alguna de las tres agencias de Intipucá los dólares que la familia envía desde el norte.

Así transcurre la vida sin sobresaltos y sin más aspiraciones que ver -e irse- hacia el norte, de donde previene el bienestar y el sustento.

Los frutos del dólar

En Intipucá las casas de dos plantas se cuentan por decenas. También los miles de dólares gringos que costó la construcción de cada una de éstas. “Son unas cien”, asegura el actual alcalde, el arenero Enrique Méndez.

Doble. La bandera salvadoreña y la estadounidense simbolizan las dos patrias queridas. Foto EDH

Sin embargo, sólo seis comparten categoría (la de las MEM: Mansiones más Extravagantes que Majestuosas) con la vivienda que ocupa Hugo Salinas, intipuqueño en el exterior y candidato a alcalde por el PCN, cuando llega de visita desde Washington.

Del hogar del emigrante destaca un detalle más allá del hermetismo, las cuatro puertas de acceso aseguradas con candados, el cuidado jardincito privado y las verjas forjadas con mil filigranas. En el amplio balcón ondean dos banderas: la blanquiazul del pulgarcito y la del gigante de estrellas y listones rojos. El abrazo de las dos patrias de Salinas.

Nada. Es exactamente lo que la casona tiene de arquitectura tradicional salvadoreña. Tanto como la edificación de la esquina, con cuatro columnas doradas que sujetan el tejado. El hogar más autóctono de la cuadra contrasta entre ambas mansiones.

Con sus paredes de madera y techo de lámina habría sido un lujo cuando la palma, el zacate y el lodo eran los principales materiales de construcción. Hoy, en tiempos de remesas, parece acomplejarse. Como el alumno que, enfilados en clase de gimnasia, llega a la cintura de compañeros. O como aquel que asiste al colegio en chancletas, cuando el resto luce el par de tenis último modelo recién llegado de EE.UU.

La familia Romero renta la casa de madera. Lo cuenta Hugo Romero desde la hamaca, mientras con su pie descalzo sobre el piso de tierra agarra impulso para mecerse. Tiene 27 años, a su hermano y un tío en “alguna ciudad de la USA”, y siete familiares más por parte de su padre. De ninguno de ellos recibe ayuda económica.

Él hubiera sido el décimo emigrante de la familia si los dos intentos que protagonizó no hubieran terminado en fracaso.

“La primera vez casi me muero”, relata angustiado. A su compañero de hazañas le faltó el casi cuando falleció asfixiado en el vagón de tren en el que ambos viajaban.

Ocurrió en 1992. Romero lo leyó en un rotativo, ya de regreso en Intipucá.

Al año recobró la fuerza para otro intento. Y volvió a fallar. “El coyote me dejó botado en pleno desierto”, cuenta, “y se quedó con los 400 colones que me había cobrado”.

El desafortunado había tenido que buscar el contacto en San Miguel, porque por aquel entonces ya hacía diez años que Manuel Flores, el coyote del pueblo, había abandonado la actividad.

Manuel fue el último de los coyotes intipuqueños. Según su hermano Juan, es el responsable de las ciudadanías que poseen hoy los paisanos que entre 1980 y el 83 guió hasta México. “Allá contrataba a un tejano que los llevaba hasta los Estados Unidos”, explica. A éste le pagaba $200 dólares de los 2000 colones que cobraba a cada cliente.

Pero llegó la guerra, el refuerzo de la vigilancia en la frontera y el ladronismo en el camino. Desde entonces y todavía hoy se dedica a la labrar un terreno que posee en Moncagua.

El éxito

Hay, pues, quienes optaron por la vía ilegal, tuvieron éxito, y años después decidieron regresar a su pueblo natal. Como Ricardo Arias, de 83 años, que partió antes de la guerra.

El descanso del migrante. Ricardo Arias regresó y ahora sus hijas lo mantienen desde NY. Foto EDH

“No volví hasta que obtuve los papeles”, dice. Con éstos y el dinero que ahorró lavando platos en un restaurante se aseguró un viaje de retorno menos sufrido, una mejor casa que la que había dejado –nunca una MEM–, y la posibilidad de visitar el país que lo acogió sin más trámite que comprar un boleto.

Hace apenas 20 días de su último viaje a Nueva York. Al oeste de dicha ciudad se instaló por tres años, tras vagar por el mapa estadounidense –“conocí Virginia, Maryland, New Yersey...”–. Y allá dejó dos hijas, las que hoy se encargan de pagar los recibos de su padre: “están bien pendientes, y cuando se acerca el 20 de cada mes me envían el dinero para la luz, agua, teléfono”.

Así, cada mes sin excepción, Ricardo se acerca a una de las tres agencias de envíos que existen en el municipio. “Ahora es más seguro. Ya no hay robos como cuando se mandaba el dinero por correo”, explica.

La oficina de la Western Union es un espacio al fondo de Variedades Reynita. Abre a diario, de 8:00 a.m. a 4:00 p.m. entre semana, y hasta las 11:00 de la mañana los sábados y domingos. “Los lunes es cuando más envíos se registran, también los fines de semana”, informa Alex Márquez, empleado por cuatro años.

El domingo anterior, 29 de mayo, por ejemplo, la computadora de Márquez registró 26 envíos; 6,807 dólares en total. La remesa menor fue de $42, la más generosa de 2,600. “Seguramente es para alguien que está construyendo su casa”, conjeturaba.

La agencia El Gavilán también tiene su sede en una tienda, en Comercial Aby, más conocida como La Tiendona. Mientras cobra un par de aguacates a una clienta, Luis Alfredo Zelaya, encargado de caja y de la agencia, informa que los fines de semana se alcanzan los 60-70 envíos, unos 15 mil dólares. Obvia cifras concretas: “es información confidencial”.

Yesenia Majano no tiene aguacates que le distraigan. Está a lo que está –atendiendo a intipuqueños que llegan a retirar envíos familiares– en una de las tres ventanillas de la agencia del Banco Agrícola.

Ésta anuncia ya sus servicios en la entrada del pueblo, con un cartel mayor que el propio de bienvenida. “La mejor forma de enviar sus remesas”, reza.

Referencias del estilo decoran también un muro del estadio de fútbol, obra monumental que se financió en parte con dólares del norte gestionados por la Fundación Unidos por Intipucá.
Se trata de una de las 295 asociaciones de salvadoreños en los Estados Unidos y fue fundada en Washington en 1993. De la contraparte local es presidenta Yesenia Majano, la misma cajera del banco.

Sin embargo, la ilusión de las remesas termina justo frente al estadio bautizado como Unidos por Intipucá. Exactamente con el último adoquín de la calle –el adoquinado es también fruto de las relaciones de la alcaldía con la fundación–, donde ésta se transforma en camino polvoso.

En esa frontera entre la prosperidad repatriada y la pobreza de la patria, vive Consuelo “la Chelo” Campos. Habita en una champa de lata, un horno durante el día, sin agua, sin luz, sin comodidades.

A ella las remesas colectivas provenientes de Washington no la han beneficiado. La luz quedó para la cancha de la Asociación Deportiva Intipucá, mientras ella y sus tres hijos conviven con la oscuridad. Tampoco existen ayudas familiares, a pesar de tener una hermana ciudadana en los Estados Unidos. “Una sola vez me envió 25 dólares, hace muuuuuucho tiempo”, reclama.

Es ahí, coincidentemente frente a la champa de la Chelo, cuando el papel icónico de Intipucá no da más de sí y deja lugar a los problemas cotidianos de un municipio salvadoreño más.


Un pueblo siempre mediático

Fue en la década pasada cuando los medios salvadoreños descubrieron Intipucá y desde entonces, no ha dejado de ser protagonista.

Un rápido repaso a las páginas diarias de diez años –las publicadas desde la fecha del descubrimiento a la fecha– demuestra que no ha habido mejor ejemplo que el pueblo hoy “city” para ilustrar el impacto de las remesas en el país. Aunque en este tiempo, para no aburrir al lector, los artículos sobre el tema han solido sustituir el municipio por la vecina Chirilagua, o el también unionense cantón El Piche.

“Tanto Intipucá, cansa”. Entre copas alguien criticaba la poca creatividad demostrada por los medios nacionales en el tratamiento del tema migración. “Es un fenómeno visible en todo oriente”, argumentaba, sugiriendo opciones para un reporteo más novedoso.

Al comentario del crítico se le podría añadir que la dimensión de esta realidad va más allá de la región. No fue necesario pues él, sin duda, lo sabe.

Los 2.5 millones de salvadoreños que viven en el exterior (datos del Ministerio de Relaciones Exteriores), el 94% de ellos en los EE.UU. (2.3 millones), no son todos intipuqueños, ni siquiera originarios de oriente. Los hay capitalinos, de Santa Ana o de Ahuachapán.

Así, frente a un fenómeno nacional Intipucá se limita a ser mero icono; un ejemplo casi caricaturesco. Un municipio similar a tantos, con poco más de 7,000 habitantes, 61% de población rural repartida en 8 caseríos y 39% urbana, dedicados a la agricultura y la pesca, resulta perfecto como ninguno para ilustrar este reportaje.

Perfecto por reunir en su cotidianeidad y sus gentes cada arista del fenómeno migración.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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