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Y al sétimo... reposó
Trabajo, descanso, ocio y producción

Esa campaña por hacer creer que el retirado se desespera hasta el suicidio es falsa, y cuando eso es cierto es porque desgraciadamente han lavado el cerebro de más de un infeliz hasta llevarlo a él.

Publicada 7 de junio 2005, El Diario de Hoy

Roberto López-Geissmann*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


Como siempre, definamos un poco ciertos conceptos. Antes que nada hay que diferenciar si es válido llamar trabajo sólo al que se realiza asalariadamente, o, más ampliamente, el que se realiza en un intento específico, querido y concreto de engarzarse en el mecanismo de la producción.

El de un empleado, obrero, profesional, no importa el nivel económico que tenga, incluiría esto al de los empresarios, comerciantes, agricultores, propietarios en general, que laboran para ganar dinero.

Yo diría que esta concepción es restringida, aunque me temo que es la más común y abundante en el mundo unidimensionalmente economicista en que vivimos, en el que prácticamente no se concibe otra actividad (válida, inteligente, y hasta lúcida), que no sea la de enriquecerse y, para las grandes mayorías, por lo tanto, no postularles la esperanza de hacerlo a través de la actividad restringida que se llama trabajo sería casi más dañino que quitarles la concepción religiosa... o más bien se ha hecho una ideología religiosa de este concepto del trabajo, tanto de la derecha como de la izquierda.

No importa que en el Génesis 2-2 se mencione que “hasta” Dios reposó al sétimo día. Los grandes sabios rebosantes de amor a la humanidad han descubierto el hilo negro del desarrollo económico, citan como ejemplo a millones de esclavos virtuales de otras latitudes, dentro de un fenómeno que sería interesante analizar histórica y filosóficamente, e impúdicamente recomiendan a nuestros pueblos haraganes y degenerados que se olviden de esa minucia, agitándoles un fajo de billetes en el rostro y... ¡Pónganse a trabajar!

El hecho de que existan leyes laborales y normas de seguridad ocupacional, que postulan la no negociación de las vacaciones, la peligrosidad por accidente en función del exceso de horas de trabajo... todo eso es papel sucio... aunque en otros aspectos no lo es.

Tengan entonces la decencia de ser coherentes y respetuosos, pues: o respetan la ley y entonces tienen derecho a pedir que se cumpla, pero en todos sus aspectos, o digan que la ley no sirve... pero incluso en este caso están legalmente obligados a cumplirla hasta que no sea cambiada.

El abuso de los últimos años ha crecido por el simple hecho de que los afectados no se atreven a manifestarse ni en el Ministerio ni en los tribunales, ¿el porqué de ello? De veras no lo sé.

El trabajo, en su moderna conceptualización, es realmente un invento relativamente reciente de nuestras sociedades, y la preocupación histérica de postularlo como la salvación de la humanidad esconde la dificultad y falta de voluntad de aceptar que estamos ya en una época en la cual ese concepto de trabajo va a ocupar cada vez un lugar menos central e importante.

Negar esta evidencia conlleva negar el avance de la ciencia y la tecnología relacionadas con la producción, e igualmente entrañaría negar un punto filosófico del que aún diremos algunas palabras: el objeto mismo que el hombre busca en la tierra es la felicidad, y su realización no pasa, en la mayoría de los casos, por un trabajo obligado para ganarse la vida. Es decir, un ideal de mundo no es en el que hubiera trabajo para todos, sino en el que hubiera actividades al gusto de todos. Como dijo el niño de las tiras cómicas: si no es obligatorio, no es trabajo... ¡Y cómo se disfruta!

Esa campaña por hacer creer que el retirado se desespera hasta el suicidio es falsa, y cuando eso es cierto es porque desgraciadamente han lavado el cerebro de más de un infeliz hasta llevarlo a él.

El ocio ha sido estudiado desde los griegos hasta los modernos sociólogos y antropólogos; no en el concepto de “no hacer nada”, sino en la actividad (que puede ser extraordinariamente orgánica y esforzada) de realizar lo que quiera: desarrollos culturales, espirituales, solidarios, es decir, “trabajar” en lo que se cree, quiere o gusta, pintar, labores eclesiales, escribir, ayudar a otros, hacer deporte, investigar, etc. Sin que sea ello movido en forma directa y querida por “hacer dinero”. Ello lleva una enorme “producción” social, en unidades de felicidad, desarrollo integral y también, quiérase o no, económico.

Si se acepta que un buen gobierno siempre debe buscar la felicidad de su pueblo, invito, en consecuencia y con todo respeto, a pensarse con más reflexión una buena parte de políticas relacionadas con el descanso necesario, el cumplimiento de las condiciones de trabajo, el ocio productivo, la cultura que postula que la dignidad es el ser y no el tener y... ¡a trabajar en ello!

*Lic. en Ciencias Políticas.


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