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Roberto
López-Geissmann*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Como siempre, definamos un poco ciertos conceptos. Antes que nada hay
que diferenciar si es válido llamar trabajo sólo al que
se realiza asalariadamente, o, más ampliamente, el que se realiza
en un intento específico, querido y concreto de engarzarse en el
mecanismo de la producción.
El de un empleado, obrero, profesional, no importa el nivel económico
que tenga, incluiría esto al de los empresarios, comerciantes,
agricultores, propietarios en general, que laboran para ganar dinero.
Yo diría que esta concepción es restringida, aunque me temo
que es la más común y abundante en el mundo unidimensionalmente
economicista en que vivimos, en el que prácticamente no se concibe
otra actividad (válida, inteligente, y hasta lúcida), que
no sea la de enriquecerse y, para las grandes mayorías, por lo
tanto, no postularles la esperanza de hacerlo a través de la actividad
restringida que se llama trabajo sería casi más dañino
que quitarles la concepción religiosa... o más bien se ha
hecho una ideología religiosa de este concepto del trabajo, tanto
de la derecha como de la izquierda.
No importa que en el Génesis 2-2 se mencione que hasta
Dios reposó al sétimo día. Los grandes sabios rebosantes
de amor a la humanidad han descubierto el hilo negro del desarrollo económico,
citan como ejemplo a millones de esclavos virtuales de otras latitudes,
dentro de un fenómeno que sería interesante analizar histórica
y filosóficamente, e impúdicamente recomiendan a nuestros
pueblos haraganes y degenerados que se olviden de esa minucia, agitándoles
un fajo de billetes en el rostro y... ¡Pónganse a trabajar!
El hecho de que existan leyes laborales y normas de seguridad ocupacional,
que postulan la no negociación de las vacaciones, la peligrosidad
por accidente en función del exceso de horas de trabajo... todo
eso es papel sucio... aunque en otros aspectos no lo es.
Tengan entonces la decencia de ser coherentes y respetuosos, pues: o
respetan la ley y entonces tienen derecho a pedir que se cumpla, pero
en todos sus aspectos, o digan que la ley no sirve... pero incluso en
este caso están legalmente obligados a cumplirla hasta que no sea
cambiada.
El abuso de los últimos años ha crecido por el simple hecho
de que los afectados no se atreven a manifestarse ni en el Ministerio
ni en los tribunales, ¿el porqué de ello? De veras no lo
sé.
El trabajo, en su moderna conceptualización, es realmente un invento
relativamente reciente de nuestras sociedades, y la preocupación
histérica de postularlo como la salvación de la humanidad
esconde la dificultad y falta de voluntad de aceptar que estamos ya en
una época en la cual ese concepto de trabajo va a ocupar cada vez
un lugar menos central e importante.
Negar esta evidencia conlleva negar el avance de la ciencia y la tecnología
relacionadas con la producción, e igualmente entrañaría
negar un punto filosófico del que aún diremos algunas palabras:
el objeto mismo que el hombre busca en la tierra es la felicidad, y su
realización no pasa, en la mayoría de los casos, por un
trabajo obligado para ganarse la vida. Es decir, un ideal de mundo no
es en el que hubiera trabajo para todos, sino en el que hubiera actividades
al gusto de todos. Como dijo el niño de las tiras cómicas:
si no es obligatorio, no es trabajo... ¡Y cómo se disfruta!
Esa campaña por hacer creer que el retirado se desespera hasta
el suicidio es falsa, y cuando eso es cierto es porque desgraciadamente
han lavado el cerebro de más de un infeliz hasta llevarlo a él.
El ocio ha sido estudiado desde los griegos hasta los modernos sociólogos
y antropólogos; no en el concepto de no hacer nada,
sino en la actividad (que puede ser extraordinariamente orgánica
y esforzada) de realizar lo que quiera: desarrollos culturales, espirituales,
solidarios, es decir, trabajar en lo que se cree, quiere o
gusta, pintar, labores eclesiales, escribir, ayudar a otros, hacer deporte,
investigar, etc. Sin que sea ello movido en forma directa y querida por
hacer dinero. Ello lleva una enorme producción
social, en unidades de felicidad, desarrollo integral y también,
quiérase o no, económico.
Si se acepta que un buen gobierno siempre debe buscar la felicidad de
su pueblo, invito, en consecuencia y con todo respeto, a pensarse con
más reflexión una buena parte de políticas relacionadas
con el descanso necesario, el cumplimiento de las condiciones de trabajo,
el ocio productivo, la cultura que postula que la dignidad es el ser y
no el tener y... ¡a trabajar en ello!
*Lic. en Ciencias Políticas.

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