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Mi “garganta” era el viejo Bush

La verdad es que quienes estudiábamos periodismo a finales de la primera mitad de los 70, teníamos todas las razones del mundo para convertir a esos dos melenudos, que oían la música de Cat Stevens, en nuestros héroes.

Publicada 7 de junio 2005, El Diario de Hoy

Lafitte Fernández
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


Lo confieso: perdí la apuesta. Mi hombre era el viejo George Bush. Siempre creí que era el “Garganta Profunda”. En todas las históricas discusiones en las que participé, en los últimos 30 años, me incliné por considerar al padre del actual Presidente de Estados Unidos como la persona que ayudó a dos periodistas del Washington Post a tumbar a Richard Nixon. Me equivoqué.

En las antiguas discusiones de la academia, acabé creyéndole a Adrián Havill, biógrafo de Carl Bernstein y Bob Woodward, los dos periodistas que acabaron con Nixon. Havill publicó un libro (“Verdad profunda”), en el que escribió que el delator era Bush. Tal vez seguí el camino fácil pero, en 1974, Bush padre era embajador de Estados Unidos ante las Naciones Unidas. En esa época era un hombre resentido, porque Nixon lo marginó y lo nombró en un cargo menor.

Bush vivía en Nueva York pero regresaba a su casa de Washington todos los fines de semana. Precisamente, Bernstein y Woodward cuentan en sus libros que siete de los ocho encuentros que sostuvieron con su “Garganta Profunda”, ocurrieron los fines de semana. Como me matriculé dentro de los que jugábamos a descubrir al “Garganta” usando los escritos y notas de Woodward y Bernstein, el hecho de que Bush hubiese estado en Washington en las fechas cuando se produjeron los encuentros, nos colocaba como virtuales ganadores.

Pero, al final, salió del FBI. No de las Naciones Unidas. Estados Unidos tiene muchos periodistas “watergólogos”. Uno de los más alocados es el profesor de la universidad de Illinois William Gaines, quien investigó a “Garganta Profunda” por más de cinco años, con la ayuda de más de 30 estudiantes de periodismo.Tal vez debimos hacerle caso a lo que escribía en su web: “Bush no es porque, en esa época, no tenía acceso a tanta información”. Poco después se supo otro detalle que resultó una bofetada para quienes creíamos, llevados por Havill, que el “Garganta Profunda” era el padre del actual Presidente estadounidense.

Ben Bradlee, ex director del Washington Post, a quien Woodward y Bernstein debieron confiarle el nombre del “Garganta”, para que el periódico tuviese firme frente a sus investigaciones, resbaló, públicamente, hace poco tiempo, que escribía el obituario de la fuente de información más famosa y buscada del mundo. Entonces, se dijo: “Ayy Dios… Garganta Profunda está a punto de morir”.

A los seguidores del biógrafo Havill, eso nos metió en un enorme problema: que se supiera, Bush padre no tiene ninguna enfermedad terminal, dijimos. Pero Gaines y sus estudiantes también fallaron después de descartar a Bush y analizar las 16 mil páginas que el FBI posee sobre el caso: ellos dijeron que el “Garganta” era Fred Fielding, un ayudante de James Dean, consejero de la Casa Blanca durante la administración Nixon.

Ese debate académico ha sido un verdadero relajo. Hay quienes sostenían que no era una “Garganta”. Que, en realidad, se trataba de varias fuentes. En la lista de candidatos a “Garganta” aparecían como 20 personas, incluido Gerald Ford, quien sustituyó a Nixon. Hubo quienes se atrevieron a decir que el segundo se “bajó” al primero. Y no crean que todos los juicios eran aventurados.

Los postulantes de cada nombre siempre dieron sus razones y advertían, entre otras cosas, que se habían leído tantos miles de documentos sobre el caso.

La verdad es que quienes estudiábamos periodismo a finales de la primera mitad de los 70, teníamos todas las razones del mundo para convertir a esos dos melenudos, que oían la música de Cat Stevens, en nuestros héroes: obligaron a renunciar al Presidente del país más poderoso y rico del mundo.

No necesitábamos tampoco pedir ninguna credencial para convertir a la fuente de información más famosa en una especie de nuestra “Garganta Profunda”.

Aquellos eran tiempos en que Ernesto Sábato nos acercaba a sus angustias existenciales, la CEPAL hablaba de reorientar los estilos de desarrollo, y Octavio Paz nos metía en sus “escalofríos metafísicos”. Para entonces, el “Gabo” ya había inaugurado un cementerio con el cadáver de Melquíades y había publicado el destino trágico del último Aureliano, después de empeñar las joyas que le quedaban a su mujer para pagar el importe del correo que llevó el original de “Cien años de soledad” de Colombia a Argentina.

Poco más de 30 años después de aquella época, ya sabemos quién fue “Garganta Profunda”. El entuerto lo resolvió la codicia. La identidad se supo, porque el abogado de Mark Felt, el ex número dos del FBI (“Garganta Profunda” confirmado), le pidió dinero a “Vanity Fair”, una importante revista, para publicar (como al final lo hizo), la identidad de la famosa fuente. La revista no pagó ni un céntimo. Me agradó conocer eso.

Muchas veces los periodistas nos hartamos de aquellos que pretenden vendernos historias extraordinarias a cambio de que se les paguen jugosas sumas de dinero. Aunque Felt y su familia no recibieron ni un dólar, los periodistas Woodward y Bernstein sí recibieron, en 2003, cinco millones de dólares cuando vendieron todas las notas y los archivos del caso “Watergate”, a excepción de los documentos en los que se menciona a “Garganta Profunda”.

Esos papales se los compró la Universidad de Texas, donde ahora los exhiben en vitrinas. Pero, lo mejor de toda esta historia me lo encontré en un periódico español. “Los periodistas fueron capaces de mantener un secreto durante más de 30 años”. Eso es cierto. Woodward, Bernstein y Bradlee son hombres de palabra. Convirtieron su silencio en un monumento a la ética periodística.


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