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Lafitte
Fernández
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Lo confieso: perdí la apuesta. Mi hombre era el viejo George Bush.
Siempre creí que era el Garganta Profunda. En todas
las históricas discusiones en las que participé, en los
últimos 30 años, me incliné por considerar al padre
del actual Presidente de Estados Unidos como la persona que ayudó
a dos periodistas del Washington Post a tumbar a Richard Nixon. Me equivoqué.
En las antiguas discusiones de la academia, acabé creyéndole
a Adrián Havill, biógrafo de Carl Bernstein y Bob Woodward,
los dos periodistas que acabaron con Nixon. Havill publicó un libro
(Verdad profunda), en el que escribió que el delator
era Bush. Tal vez seguí el camino fácil pero, en 1974, Bush
padre era embajador de Estados Unidos ante las Naciones Unidas. En esa
época era un hombre resentido, porque Nixon lo marginó y
lo nombró en un cargo menor.
Bush vivía en Nueva York pero regresaba a su casa de Washington
todos los fines de semana. Precisamente, Bernstein y Woodward cuentan
en sus libros que siete de los ocho encuentros que sostuvieron con su
Garganta Profunda, ocurrieron los fines de semana. Como me
matriculé dentro de los que jugábamos a descubrir al Garganta
usando los escritos y notas de Woodward y Bernstein, el hecho de que Bush
hubiese estado en Washington en las fechas cuando se produjeron los encuentros,
nos colocaba como virtuales ganadores.
Pero, al final, salió del FBI. No de las Naciones Unidas. Estados
Unidos tiene muchos periodistas watergólogos. Uno de
los más alocados es el profesor de la universidad de Illinois William
Gaines, quien investigó a Garganta Profunda por más
de cinco años, con la ayuda de más de 30 estudiantes de
periodismo.Tal vez debimos hacerle caso a lo que escribía en su
web: Bush no es porque, en esa época, no tenía acceso
a tanta información. Poco después se supo otro detalle
que resultó una bofetada para quienes creíamos, llevados
por Havill, que el Garganta Profunda era el padre del actual
Presidente estadounidense.
Ben Bradlee, ex director del Washington Post, a quien Woodward y Bernstein
debieron confiarle el nombre del Garganta, para que el periódico
tuviese firme frente a sus investigaciones, resbaló, públicamente,
hace poco tiempo, que escribía el obituario de la fuente de información
más famosa y buscada del mundo. Entonces, se dijo: Ayy Dios
Garganta Profunda está a punto de morir.
A los seguidores del biógrafo Havill, eso nos metió en un
enorme problema: que se supiera, Bush padre no tiene ninguna enfermedad
terminal, dijimos. Pero Gaines y sus estudiantes también fallaron
después de descartar a Bush y analizar las 16 mil páginas
que el FBI posee sobre el caso: ellos dijeron que el Garganta
era Fred Fielding, un ayudante de James Dean, consejero de la Casa Blanca
durante la administración Nixon.
Ese debate académico ha sido un verdadero relajo. Hay quienes sostenían
que no era una Garganta. Que, en realidad, se trataba de varias
fuentes. En la lista de candidatos a Garganta aparecían
como 20 personas, incluido Gerald Ford, quien sustituyó a Nixon.
Hubo quienes se atrevieron a decir que el segundo se bajó
al primero. Y no crean que todos los juicios eran aventurados.
Los postulantes de cada nombre siempre dieron sus razones y advertían,
entre otras cosas, que se habían leído tantos miles de documentos
sobre el caso.
La verdad es que quienes estudiábamos periodismo a finales de la
primera mitad de los 70, teníamos todas las razones del mundo para
convertir a esos dos melenudos, que oían la música de Cat
Stevens, en nuestros héroes: obligaron a renunciar al Presidente
del país más poderoso y rico del mundo.
No necesitábamos tampoco pedir ninguna credencial para convertir
a la fuente de información más famosa en una especie de
nuestra Garganta Profunda.
Aquellos eran tiempos en que Ernesto Sábato nos acercaba a sus
angustias existenciales, la CEPAL hablaba de reorientar los estilos de
desarrollo, y Octavio Paz nos metía en sus escalofríos
metafísicos. Para entonces, el Gabo ya había
inaugurado un cementerio con el cadáver de Melquíades y
había publicado el destino trágico del último Aureliano,
después de empeñar las joyas que le quedaban a su mujer
para pagar el importe del correo que llevó el original de Cien
años de soledad de Colombia a Argentina.
Poco más de 30 años después de aquella época,
ya sabemos quién fue Garganta Profunda. El entuerto
lo resolvió la codicia. La identidad se supo, porque el abogado
de Mark Felt, el ex número dos del FBI (Garganta Profunda
confirmado), le pidió dinero a Vanity Fair, una importante
revista, para publicar (como al final lo hizo), la identidad de la famosa
fuente. La revista no pagó ni un céntimo. Me agradó
conocer eso.
Muchas veces los periodistas nos hartamos de aquellos que pretenden vendernos
historias extraordinarias a cambio de que se les paguen jugosas sumas
de dinero. Aunque Felt y su familia no recibieron ni un dólar,
los periodistas Woodward y Bernstein sí recibieron, en 2003, cinco
millones de dólares cuando vendieron todas las notas y los archivos
del caso Watergate, a excepción de los documentos en
los que se menciona a Garganta Profunda.
Esos papales se los compró la Universidad de Texas, donde ahora
los exhiben en vitrinas. Pero, lo mejor de toda esta historia me lo encontré
en un periódico español. Los periodistas fueron capaces
de mantener un secreto durante más de 30 años. Eso
es cierto. Woodward, Bernstein y Bradlee son hombres de palabra. Convirtieron
su silencio en un monumento a la ética periodística.

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