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La nota del día
Una maldición y la ley de arrendamiento

La ley de arrendamiento es esencial para superar la maldición de la reforma. Esencial pero no suficiente, pues quedan muchos otros factores que generan inseguridad jurídica.

Publicada 7 de junio 2005, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Una ley de arrendamiento agrario propuso el Presidente Saca en su discurso del 1 de junio, la que sería el más efectivo instrumento para reactivar la agricultura y mejorar los niveles de ingreso de los campesinos.

La ley es una esperanza para nuestro país, encadenado hasta hoy a un ruinoso esquema, la “reforma agraria” decretada por los duartistas en 1980.

En un programa de televisión reciente, uno de los participantes dijo que durante muchos años asustaban a la gente con el cuento de que “venía el lobo”, para torcer los resultados de elecciones. Pero un mal día efectivamente “llegó el lobo” y estuvo a punto de devorarnos a todos: llegó el lobo en la enloquecida agresión comunista que causó más de cuarenta y cinco mil muertos y llegó el lobo con la imposición por la banda de ladrones, de “reformas estructurales” que desquiciaron la economía nacional. Fue a partir de la estatización de las mejores tierras del país y la fijación de límites “a la tenencia”, que la agricultura cayó en la crisis de la que no se recupera al día de hoy.

La principal causa del descalabro es que la pequeñez de las propiedades, resultado de los límites impuestos por la reforma, impiden el uso de tecnología y equipos de mejor rendimiento, para trabajar la tierra.

El empleo de tractores y maquinaria especializada, la aplicación de sistemas administrativos avanzados, el mercadeo de calidad, el establecimiento y promoción de marcas, no está al alcance de las pequeñas agroindustrias que existen en nuestro territorio: no es posible obtener verdaderas economías de escala, ni expandirse más allá de modestas dimensiones. Eso coloca en una tremenda desventaja a la agricultura salvadoreña frente a la del resto de la región y del mundo.

Legalizando el robo con “supletorios”


Hasta donde sabemos, en ningún país que se rige bajo un Orden de Derecho, se fijan límites constitucionales al tamaño de la propiedad agrícola. Una sola hacienda en Estados Unidos, Kings Ranch de Texas, es más grande que el territorio de El Salvador.

En Argentina, Brasil, Colombia, Perú y otras naciones de Sudamérica y Centro-América, las propiedades agrícolas pueden ser de cualquier dimensión, la que por lo general se determina por la capacidad de sus dueños de mantenerla y trabajarla.

Es evidente que en los tamaños máximos fijados por la ley en nuestro país no es posible cultivar con eficiencia, ni permite los rendimientos requeridos por casi toda agroindustria, como enlatados de frutas y legumbres o plantas procesadoras de carne.

Pero de igual manera, la estrechez de lo que ahora se tiene obra en forma negativa en las posibilidades de los trabajadores y empleados de las tierras, de avanzar profesionalmente.

Tampoco esas propiedades pueden sostener otras actividades y negocios relacionados, se trate de venta de insumos, procesamiento de subproductos o, yendo al aspecto social, comunidades prósperas.

De allí que la agricultura sea el gran enfermo de la economía nacional, pese a los meritorios esfuerzos que se han hecho durante el primer año del gobierno Saca para resucitar la campiña.

La ley de arrendamiento es esencial para superar la maldición de la reforma. Esencial pero no suficiente, pues quedan muchos otros factores que generan inseguridad jurídica, como son los famosos títulos supletorios municipales, una “legalización” del robo.


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