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Engaños
Niñas salvadoreñas en burdeles

Trato fácil. Extraños ofrecen empleo a jóvenes nacionales en Guatemala; atraídas por la oportunidad, son vendidas en prostíbulos por $100 ó $200. Dos madres relatan esa tipo de experiencia, que comenzó cuando tenían tan sólo 12 y 14 años


Publicada 5 de junio 2005 , El Diario de Hoy

Afectiva. Lucía tiene más de un año de haber dejado la “mala vida”. Vive en Casa Alianza y juega con los niños de sus compañeras de infortunio. Foto: EDH


Alejandra Dimas
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com


Son pasadas las tres de la tarde y hay varias mujeres frente al televisión en la acogedora sala de Casa Alianza ubicada en Mixco, Guatemala.

Las gracias de un perro sobre el que trata el filme mantiene pendientes a varias de ellas.

Dos mujeres que están en el sofá ignoran la escena cuando escuchan que han llegado dos personas de El Salvador.

El sobresalto de Isabel y Lucía (nombres ficticios) no es casual. Ambas son salvadoreñas, pero habitan en el hogar humanitario que rescata a jóvenes que son explotadas sexualmente o sufren algún tipo de violencia.

Cuatro vidas, una historia
Dos jóvenes salvadoreñas partieron a Guatemala para mejorar su calidad de vida. En ese país sólo hallaron el mundo de la prostitución.
Lucía N.
Viaje: Lucía, originaria de San
Salvador, se fue a los 12 años de la casa. A esa edad empezó a vender su cuerpo.
Vida: Hacía desnudos en un bar de “mala muerte”, quedó embarazada y en el hospital le llegó la oportunidad de
tener un techo seguro.
Cambio: Con 20 años y una hija, vive en Casa Alianza. Ha aprendido la panadería.
Isabel G.
Salida: Viajó desde

Sonsonate hacia Guatemala cuando tenía 14 años. Una vecina le ofreció trabajo.
Historia: Llegó al Bar El Muñeca, en las afueras de la capital, y la obligaron a tener relaciones con clientes.
Cambio: Está dentro del programa Jóvenes Madres, de Casa Alianza. En noviembre regresará al país.

El 30 por ciento de la población que allí reside es extranjera, de países vecinos como El Salvador, Honduras y Nicaragua.

Preparan un par de preguntas para saber cómo están las cosas en un país que dejaron hace cuatro y 11 años, respectivamente.

Aunque reflejan dureza en el rostro, con voz dulce y cálida, sugieren el jardín para conversar del tema.

El tiempo que Lucía tiene en Guatemala es suficiente para que hable con un acento “chapín”.

—“Ya he andado por donde ustedes trabajan”, comente para abrir la conversación.

—“¿Les ha costado acostumbrarse al dólar?”, cuestiona Isabel.

—“¿Y es cierto que esa tormenta Adrián afectó mucho por allá?”, pregunta Lucía sin dar tiempo.

Con cautela, ambas hablan de cómo se iniciaron en la prostitución cuando aún tenían cuerpos infantiles.

Lucía vivía en San Salvador. Su madre trabajaba como mesera en una cervecería. Un día, la mujer decidió partir y dejar atrás las constantes palizas que le propinaba su marido.

Hogar violento

Ella y su pequeña, entonces de nueve años, se instalaron en un barrio populoso de la capital guatemalteca. El cambio de domicilio no les trajo buenos vientos.

Cuando Lucía cumplió 12, empacó lo poco que tenía y decidió marcharse de casa. Nunca le gustaron las órdenes ni las reglas, pero al sitio que fue a parar, tuvo que obedecer al dedillo lo que le indicaban.

Esa decisión marcó su vida para siempre. Aceptó una oferta de trabajo que le hizo una joven dos años mayor que ella.

Miedo. Como Lucía, otras jóvenes temen que sus proxenetas las encuentren y las obliguen a regresar a los bares donde abusaban de ellas.

“Yo cambié de vida por mi nena que casi cumple un año. Cuando salga de aquí, voy a poner un negocio de pupusas salvadoreñas. Voy a salir adelante”Foto: EDH

La encargada de Signo Show, un desaparecido burdel de la Zona Uno, le ofreció un empleo. Nunca le dijo que debía acostarse con hombres para ganarse el derecho de vivir en ese lugar.

“La patoja que me llevó, me vendió con esa mujer, cuando llegué no me dejaron salir y tenía que dar servicio (tener relaciones) desde las siete de la noche hasta las cinco de la mañana. Algunos clientes me pegaban si no los complacía”, dice la joven de 20 años, mientras se frota la cara como si hubiera sido ayer.

Unos tatuajes en los brazos de corazones mal hechos y unas iniciales que ha intentado borrar delatan que no tuvo un buen querer.

“Del papá de la nena no sé nada, pero yo cambié de vida y me quiero superar por mi nena”, dice refiriéndose a su bebé, que el próximo martes (7 de junio) cumple un año. La joven recibe el 25 por ciento de su salario por el trabajo que realiza en la panadería del hogar.

Héctor Dionicio, coordinador del programa legal de Casa Alianza, asegura que la mayoría de jóvenes extranjeras llega con engaños a Guatemala.

“Algún conocido les dice que acá se gana dinero, pero no le explican cómo. Ya convencidas, las venden a los dueños de lupanares por $100 dólares”, comenta.

El abogado afirma que realizaron un estudio en el que identificaron los sitios de explotación de menores. Entregaron la información a las autoridades, en donde especifican la forman en la que trabaja la red de trata de personas, pero aún no hay castigo para los malhechores.

En el mismo descubrieron que 115 menores que eran prostituidas eran de origen salvadoreño. Dos años después de terminado el informe, asegura que la realidad no ha cambiado o, incluso, es peor.

Vida común

El pasado de Isabel es un calco del de su compañera. Partió a los 14 años de su natal Sonsonate, cuando escuchó de una mujer que en Guatemala se ganaba mucho dinero de forma honrada. Llegó al bar El Muñeca, en las afueras de la capital guatemalteca.

“Me pidieron ropa corta, apretada y que me arreglara, pero yo no le entendía qué significaba que tenía que trabajar. Me tenían forzada y me daban comida arruinada. Algunos de los que llegaban me decían que me fuera a vivir con ellos, pero no era lo que yo quería. Me dediqué a eso, porque me obligaron”, dice transmitiendo una buena dosis de convicción y una madurez superior a los 18 recién cumplidos.

Isabel tiene una hija de casi tres años y están por dejar el hogar. En noviembre volverá a Sonsonate, en donde le esperan sus padres.

Se ha propuesto seguir estudiando, porque su sueño es ser maestra de parvularia.
En el hogar son conocidas por ser abnegadas, emprendedoras y entregadas.

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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