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| Dificultades. Un grupo de refugiados busca agua
en el campamento de Aboushouk, al norte de la capital. Foto
EDH |
The New York Times
Nicholas D. Kristof
NYALA, Sudán.-
El Diario de Hoy
internacionales@elsalvador.com
Un lector de Eugene, en Oregon, escribió para mandar una queja
acerca de mis constantes críticas sobre el Tercer Mundo:
¿Por qué habría Estados Unidos de interesarse
por el resto del mundo?, se preguntaba. Estados Unidos debería
cuidar de sí mismo.
Hace mucho tiempo ya que los tontos liberales deberían haber dejado
de empujar a Estados Unidos hacia la sinrazón o tratar de convertir
cada mal en el mundo en nuestra responsabilidad.
Y si bien ese lector no era George W. Bush, podría haberlo sido.
Este martes se cumplió el día 141 del silencio de Bush con
respecto al genocidio, ya que él no ha permitido que la palabra
Darfur salga de sus labios en público desde el 10 de
enero (incluso ésa fue una referencia de pasada, sin condena).
Hay varios puntos que yo podría exponer para argumentar que está
en nuestro interés ayudarle a Darfur. La conmoción en la
región de Darfur ya está desestabilizando a todo Sudán
y también al vecino Chad, ambos países exportadores de petróleo.
Además, los estados fallidos fomentan a terroristas como Osama
bin Laden y enfermedades como la polio, al tiempo que exportan refugiados
y secuestradores.
Sin embargo, existe un argumento incluso mejor: Magboula, una mujer que
conocí en el campamento Kalma, de esta localidad.
Ella vivió con su marido y cinco hijos en el campo, pero entonces,
a medida que las milicias árabes, conocidas como yanyauid, empezaron
a masacrar tribus africanas de negros como la suya, ella y su familia
huyeron a la seguridad de un poblado mayor.
En diciembre, el ejército sudanés atracó ese poblado,
y ellos huyeron con rumbo a la espesura silvestre. Hace dos meses, la
milicia yanyauid los alcanzó.
Primero, los atacantes asesinaron a su marido de un balazo, relató,
con voz entrecortada, y después, a ella, la fustigaron, la provocaron
con insultos raciales en contra de la gente negra y se burlaron de ella,
preguntándole por qué su marido no estaba ahí para
protegerla. Después, ocho de ellos tomaron turnos para violarla.
Me sentí muy, muy avergonzada, y muy asustada, dijo,
dejándolo ahí.
Tras el ataque, Magboula estaba decidida a salvar a sus hijos. Así
que caminaron sin rumbo, juntos, en una travesía a lo largo del
desierto, hasta el campamento Kalma, donde un pequeño número
de trabajadores humanitarios del extranjero está luchando heroicamente
por ayudar a 110,000 víctimas de la conmoción.
Magboula llevaba consigo a su bebé de seis meses, Abdul Hani, en
brazos, así como a los otros, cuyas edades iban de los dos a los
nueve años, pegados a su lado.
Magboula finalmente llegó a Kalma hace unas cuantas semanas. Sin
embargo, el Gobierno sudanés está impidiendo que se registren
las nuevas llegadas, como la suya, lo cual significa que no pueden recibir
alimento y tiendas de campaña.
Así que Magboula no está recibiendo ninguna ración
y está viviendo con sus hijos debajo de un colchón de paja,
sobre unos cuantos palos.
Entonces, hace pocos días, Abdul Hani, el bebé de Magboula,
murió.
Ella y sus hijos están sobreviviendo de las dádivas de otras
personas sin hogar, las cuales llegaron antes y están recibiendo
alimento de Naciones Unidas.
Ellos mismos casi no tienen nada, pero al menos tienen la compasión
de ayudar a quienes están incluso más necesitados.
Quizás, el mundo también respondería si la gente
pudiera ver lo que está ocurriendo, pero Sudán ya prohibió
la entrada de la mayoría de los reporteros a dicha área.
Yo estoy aquí, porque acompañé a Kofi Annan (el secretario
general de Naciones Unidas) en una visita ¡bendita su venida!
y después cambié de barco, ya estando aquí.
Cada vez que Sudán ha estado sometido a una fuerte presión
moral, ha retrocedido un poco, pero, en fechas recientes, la atención
ha menguado, y Bush incluso le puso fin a la Ley de Rendición de
Cuentas sobre Darfur, que fue aprobada por el Senado y que habría
condenado el genocidio.
Lo que mató al esposo de Magboula y su hijo fue, de manera indirecta,
la indiferencia moral del mundo.
Otros aún pueden ser salvados si se genera una presión incesante
sobre Sudán para que desarme a los yanyauid, sobre intransigentes
terroristas sudaneses para que negocien seriamente por la paz (en vez
de perder tiempo en sus suites hoteleras) y sobre gobiernos como el de
Egipto y China para que dejen de ser cómplices en el genocidio
de Darfur.

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