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El mundo calla ante el genocidio

Ayuda. Unos 2.2 millones de personas sin hogar que vienen de Darfur requieren comida y refugio. Necesitan que la comunidad internacional avergüence a Sudán por matar y violar a personas con base en su tribu.


Publicada 3 de junio 2005, El Diario de Hoy

Dificultades. Un grupo de refugiados busca agua en el campamento de Aboushouk, al norte de la capital. Foto EDH

The New York Times
Nicholas D. Kristof
NYALA, Sudán.-
El Diario de Hoy

internacionales@elsalvador.com

Un lector de Eugene, en Oregon, escribió para mandar una queja acerca de mis constantes críticas sobre el Tercer Mundo:

“¿Por qué habría Estados Unidos de interesarse por el resto del mundo?”, se preguntaba. “Estados Unidos debería cuidar de sí mismo.

Hace mucho tiempo ya que los tontos liberales deberían haber dejado de empujar a Estados Unidos hacia la sinrazón o tratar de convertir cada mal en el mundo en nuestra responsabilidad”.

Y si bien ese lector no era George W. Bush, podría haberlo sido. Este martes se cumplió el día 141 del silencio de Bush con respecto al genocidio, ya que él no ha permitido que la palabra “Darfur” salga de sus labios en público desde el 10 de enero (incluso ésa fue una referencia de pasada, sin condena).

Hay varios puntos que yo podría exponer para argumentar que está en nuestro interés ayudarle a Darfur. La conmoción en la región de Darfur ya está desestabilizando a todo Sudán y también al vecino Chad, ambos países exportadores de petróleo. Además, los estados fallidos fomentan a terroristas como Osama bin Laden y enfermedades como la polio, al tiempo que exportan refugiados y secuestradores.

Sin embargo, existe un argumento incluso mejor: Magboula, una mujer que conocí en el campamento Kalma, de esta localidad.

Ella vivió con su marido y cinco hijos en el campo, pero entonces, a medida que las milicias árabes, conocidas como yanyauid, empezaron a masacrar tribus africanas de negros como la suya, ella y su familia huyeron a la seguridad de un poblado mayor.

En diciembre, el ejército sudanés atracó ese poblado, y ellos huyeron con rumbo a la espesura silvestre. Hace dos meses, la milicia yanyauid los alcanzó.

Primero, los atacantes asesinaron a su marido de un balazo, relató, con voz entrecortada, y después, a ella, la fustigaron, la provocaron con insultos raciales en contra de la gente negra y se burlaron de ella, preguntándole por qué su marido no estaba ahí para protegerla. Después, ocho de ellos tomaron turnos para violarla.

“Me sentí muy, muy avergonzada, y muy asustada”, dijo, dejándolo ahí.

Tras el ataque, Magboula estaba decidida a salvar a sus hijos. Así que caminaron sin rumbo, juntos, en una travesía a lo largo del desierto, hasta el campamento Kalma, donde un pequeño número de trabajadores humanitarios del extranjero está luchando heroicamente por ayudar a 110,000 víctimas de la conmoción.

Magboula llevaba consigo a su bebé de seis meses, Abdul Hani, en brazos, así como a los otros, cuyas edades iban de los dos a los nueve años, pegados a su lado.

Magboula finalmente llegó a Kalma hace unas cuantas semanas. Sin embargo, el Gobierno sudanés está impidiendo que se registren las nuevas llegadas, como la suya, lo cual significa que no pueden recibir alimento y tiendas de campaña.

Así que Magboula no está recibiendo ninguna ración y está viviendo con sus hijos debajo de un colchón de paja, sobre unos cuantos palos.

Entonces, hace pocos días, Abdul Hani, el bebé de Magboula, murió.

Ella y sus hijos están sobreviviendo de las dádivas de otras personas sin hogar, las cuales llegaron antes y están recibiendo alimento de Naciones Unidas.

Ellos mismos casi no tienen nada, pero al menos tienen la compasión de ayudar a quienes están incluso más necesitados.

Quizás, el mundo también respondería si la gente pudiera ver lo que está ocurriendo, pero Sudán ya prohibió la entrada de la mayoría de los reporteros a dicha área. Yo estoy aquí, porque acompañé a Kofi Annan (el secretario general de Naciones Unidas) en una visita —¡bendita su venida!— y después cambié de barco, ya estando aquí.

Cada vez que Sudán ha estado sometido a una fuerte presión moral, ha retrocedido un poco, pero, en fechas recientes, la atención ha menguado, y Bush incluso le puso fin a la Ley de Rendición de Cuentas sobre Darfur, que fue aprobada por el Senado y que habría condenado el genocidio.

Lo que mató al esposo de Magboula y su hijo fue, de manera indirecta, la indiferencia moral del mundo.

Otros aún pueden ser salvados si se genera una presión incesante sobre Sudán para que desarme a los yanyauid, sobre intransigentes terroristas sudaneses para que negocien seriamente por la paz (en vez de perder tiempo en sus suites hoteleras) y sobre gobiernos como el de Egipto y China para que dejen de ser cómplices en el genocidio de Darfur.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




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