|
El
Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
La invariable regla es que se colocan los cercos después
de que se salen las gallinas. O como dice otro viejo proverbio, todos
son buenos generales terminada la batalla. Abundan remedios para prevenir
huracanes, aun aquellos que según los comunistas no existieron.
El desafío ahora es qué clase de medidas se deben adoptar
para minimizar los perjuicios de un cataclismo, como el que se presentó
con el Mitch o los terremotos de 2001.
Partamos de una realidad: nadie puede anticipar ciertas catástrofes,
aunque hoy en día sí es posible conocer con un buen rango
de probabilidades, las fechas en que hará erupción un volcán.
El gran terremoto de 1917 pudo haberse anticipado si en ese entonces nuestra
sociedad hubiera contado con las técnicas de hoy, pero otra cosa
son los huracanes.
Cada cataclismo, por otra parte, reviste sus propias características
y modalidades, aunque los efectos son prácticamente los mismos:
hogares destruidos, interrupción de los servicios públicos,
comunidades aisladas, muertos y lesionados, falta de alimentos en los
refugios, amenaza de epidemias, carencia de sangre y suero, insuficientes
albergues.
Hay otra realidad que se debe considerar: para países pobres es
un gasto fuerte mantener provisiones para enfrentar desastres, más
tomando en cuenta que las medicinas se vencen, los alimentos se arruinan
y los materiales de construcción se estropean. Una solución
es reciclar lo embodegado, pero hacerlo es exponerse a robos y mal uso
de éstos. Llevar los controles a la vista de la gente, lo que ahora
se facilita con la Internet, es el mejor remedio.
Sería lógico que una entidad administrada por los cinco
países centroamericanos, sea la encargada de adquirir y custodiar
lo necesario para atender desastres, como medicamentos, camas portátiles,
materiales de construcción, vehículos, víveres, etc.
y en esa forma reducir costos. A guisa de ejemplo, Guatemala podría
hacerse cargo de medicinas; El Salvador, de tiendas de campaña
y sistemas de emergencia para potabilizar agua; Honduras, de los hospitales
de campaña, etc.
Cada país contribuiría de acuerdo a la frecuencia de calamidades,
excluyendo, desde luego, las políticas, como las presidencias del
señor Duarte o de Daniel Ortega, cuyos efectos equivalen a cien
terremotos y doscientos huracanes.
De honestos y ladrones
Vamos a otro aspecto: no nos metamos a inventar la pólvora
en cuanto a redactar leyes, comenzando porque ya hay una vigente aquí
en El Salvador. Otros países cuentan con estructuras y procedimientos
muy probados, a lo que se suman nuestras propias experiencias.
Las tres últimas emergencias, los terremotos del 2001 y la amenaza
del ciclón Adrián, fueron manejadas con eficiencia y plena
honestidad. Se recuerda que en un programa de TV se acusó al gobierno,
días antes de que llegara un centavo y la primera libra de ayuda,
de malversar y robarse los donativos del exterior, lo que el difamador
nunca probó.
Para el terremoto del 86, los duartistas se robaron la asistencia que
recibió el país, quedándosela o repartiéndola
entre sus compinches. Pero a partir del Mitch, la ayuda y los fondos destinados
a auxiliar víctimas y para la reconstrucción, se manejan
con plena transparencia por grupos independientes vinculados al sector
productivo, nombrados por el Gobierno. Una onza de prevención,
dice un proverbio, vale una libra de cura.

|