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La nota del día
Hay buena experiencia en manejo de desastres

A partir del Mitch, la ayuda y los fondos destinados a auxiliar víctimas y para la reconstrucción, se manejan con plena transparencia por grupos independientes vinculados al sector productivo, nombrados por el Gobierno

Publicada 3 de junio 2005, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

La invariable regla es que se colocan los cercos después de que se salen las gallinas. O como dice otro viejo proverbio, todos son buenos generales terminada la batalla. Abundan remedios para prevenir huracanes, aun aquellos que según los comunistas no existieron. El desafío ahora es qué clase de medidas se deben adoptar para minimizar los perjuicios de un cataclismo, como el que se presentó con el Mitch o los terremotos de 2001.

Partamos de una realidad: nadie puede anticipar ciertas catástrofes, aunque hoy en día sí es posible conocer con un buen rango de probabilidades, las fechas en que hará erupción un volcán. El gran terremoto de 1917 pudo haberse anticipado si en ese entonces nuestra sociedad hubiera contado con las técnicas de hoy, pero otra cosa son los huracanes.

Cada cataclismo, por otra parte, reviste sus propias características y modalidades, aunque los efectos son prácticamente los mismos: hogares destruidos, interrupción de los servicios públicos, comunidades aisladas, muertos y lesionados, falta de alimentos en los refugios, amenaza de epidemias, carencia de sangre y suero, insuficientes albergues.

Hay otra realidad que se debe considerar: para países pobres es un gasto fuerte mantener provisiones para enfrentar desastres, más tomando en cuenta que las medicinas se vencen, los alimentos se arruinan y los materiales de construcción se estropean. Una solución es reciclar lo embodegado, pero hacerlo es exponerse a robos y mal uso de éstos. Llevar los controles a la vista de la gente, lo que ahora se facilita con la Internet, es el mejor remedio.

Sería lógico que una entidad administrada por los cinco países centroamericanos, sea la encargada de adquirir y custodiar lo necesario para atender desastres, como medicamentos, camas portátiles, materiales de construcción, vehículos, víveres, etc. y en esa forma reducir costos. A guisa de ejemplo, Guatemala podría hacerse cargo de medicinas; El Salvador, de tiendas de campaña y sistemas de emergencia para potabilizar agua; Honduras, de los hospitales de campaña, etc.

Cada país contribuiría de acuerdo a la frecuencia de calamidades, excluyendo, desde luego, las políticas, como las presidencias del señor Duarte o de Daniel Ortega, cuyos efectos equivalen a cien terremotos y doscientos huracanes.

De honestos y ladrones

Vamos a otro aspecto: no nos metamos a inventar la pólvora en cuanto a redactar leyes, comenzando porque ya hay una vigente aquí en El Salvador. Otros países cuentan con estructuras y procedimientos muy probados, a lo que se suman nuestras propias experiencias.

Las tres últimas emergencias, los terremotos del 2001 y la amenaza del ciclón Adrián, fueron manejadas con eficiencia y plena honestidad. Se recuerda que en un programa de TV se acusó al gobierno, días antes de que llegara un centavo y la primera libra de ayuda, de malversar y robarse los donativos del exterior, lo que el difamador nunca probó.

Para el terremoto del 86, los duartistas se robaron la asistencia que recibió el país, quedándosela o repartiéndola entre sus compinches. Pero a partir del Mitch, la ayuda y los fondos destinados a auxiliar víctimas y para la reconstrucción, se manejan con plena transparencia por grupos independientes vinculados al sector productivo, nombrados por el Gobierno. Una onza de prevención, dice un proverbio, vale una libra de cura.


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