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Marvin
Galeas*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
(Segunda parte)
El fin de la semana pasado renté una película que recrea
el terrible episodio histórico del asesinato de las hermanas Mirabal
en República Dominicana, durante la época del dictador Rafael
Leonidas Trujillo.
Minerva, Patria y María Teresa Mirabal eran tres jóvenes
de clase media, educadas en colegios católicos y opositoras al
cruel régimen trujillista. Fueron asesinadas a garrotazos, el 25
de noviembre de 1960, por la policía secreta del dictador.
Leí la historia de estas mártires a finales de los 70 y,
en aquella ocasión me conmovió hasta el alma. Viendo la
película evoqué a compañeras que dieron sus vidas
por hermosos ideales de libertad.
La lucha de muchos jóvenes latinoamericanos fue, mayoritariamente,
contra las sanguinarias dictaduras que durante décadas padecieron
muchos de nuestros países. Ninguna persona honesta y cristiana
puede justificar, por ninguna razón, la existencia de cárceles
clandestinas, escuadrones de la muerte y cuerpos policiales torturadores
como los que había en nuestro país.
Nada justifica el asesinato de las hermanas Mirabal, monseñor Romero
o de los padres jesuitas. Ninguna causa puede, en mi opinión, justificar
las dictaduras de Pinochet, Rojas Pinilla, Somoza o Hernández Martínez.
Se pueden, acaso, explicar, pero jamás justificar y menos aplaudir.
Tampoco ninguna persona honesta y cristiana puede justificar la dictadura
de Fidel Castro. Ese régimen policial que encarcela a periodistas
y disidentes, que no permite ninguna voz crítica, que asfixia a
la sociedad es tan brutal como lo fue el de Rafael Leonidas Trujillo.
Hago la reflexión anterior como una extraña introducción,
quizá, a mis argumentos en favor del Tratado de Libre Comercio
entre Centroamérica y Estados Unidos.
La hago porque hay algunas mentes silvestres (no son pocos), que creen
que defender la libertad económica es sinónimo de aplaudir
a asesinos o a torturadores o argumentar, como le gusta decir a algunos,
en favor de los poderosos.
La batalla ideológica que se libra no es entre liberales y conservadores
como en otras épocas. O entre ricos y pobres (como lo quisieron
plan- tear los marxistas).
Es entre los que creemos en la libertad y los que, aunque digan lo contrario,
están en contra de ella. La diferencia entre ambas posiciones se
encuentra en cómo se enfoca la relación entre el Estado
y el individuo.
Para los liberales, el individuo (a excepción, claro está,
de niños huérfanos o ancianos abandonados) es el responsable
de lo que le pasa y de los que le pueda pasar. De nosotros, sólo
de nosotros, los individuos, depende nuestro bienestar.
La función del Estado es velar para que el Estado de Derecho y
sus instituciones funcionen de manera razonable, hacer que se cumplan
las leyes y equiparar las oportunidades para todos sus ciudadanos, a través
de políticas sensatas relacionadas con la educación, la
inversión en plantas y equipos, el estímulo de la inversión
privada.
Para los mercantilistas, monárquicos, esclavistas, populistas,
fascistas y comunistas el pasado, el presente y el futuro de los individuos
está totalmente relacionado con el Estado. La economía es
siempre el punto de partida.
Entre más grande es la intervención estatal en la economía,
mayores son los abusos contra los individuos. Las dictaduras, de todo
signo, mantienen siempre un estricto control de la economía y,
como consecuencia, un control, a veces total, de la sociedad.
La historia ha demostrado que aquellas regiones del mundo donde más
se ha respetado la libertad de los individuos son las regiones más
prósperas. No son países perfectos, pero es donde hay menos
pobres y, paradójicamente, más ricos.
Son naciones democráticas, con vigorosas economías libres
y con pueblos emprendedores. Son naciones cuyos liderazgos, en determinados
momentos históricos, entendieron que para alcanzar el desarrollo,
era importante la libertad del individuo.
En cambio las naciones más pobres del mundo, son aquellas en las
que prevalecen ideas absurdas en cuanto al desarrollo económico.
Aquella viejas creencias, tan emotivas pero con tan poco asidero en la
realidad, que nos dicen que hay pobres porque unos tienen más.
Y que hay países ricos porque explotaron a otros.
Los que así argumentan soslayan que es precisamente en los países
donde hay más ricos donde hay menos pobres. Y los países
donde hay sólo unas cuantas familias ricachonas el pobrerío
es conmovedor.
Lo que una persona o una familia necesita para salir de la pobreza de
manera definitiva no es una limosna o programas asistencialistas. Es oportunidades,
es decir, tener acceso a los servicios básicos y fuentes de empleo.
El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos no es ciertamente, como
decía en el artículo anterior, el paraíso.
Pero indudablemente es un buen punto de partida, para que acompañados
de buenas y sensatas políticas internas, genere grandes oportunidades
para que muchas familias puedan salir de la pobreza.
(Continuará tercera y última parte).
*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

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