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Comentando
La gran batalla ideológica

Lo que una persona o una familia necesita para salir de la pobreza de manera definitiva no es una limosna o programas asistencialistas. Es oportunidades, es decir, tener acceso a los servicios básicos y fuentes de empleo.

Publicada 2 de junio 2005, El Diario de Hoy

Marvin Galeas*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


(Segunda parte)
El fin de la semana pasado renté una película que recrea el terrible episodio histórico del asesinato de las hermanas Mirabal en República Dominicana, durante la época del dictador Rafael Leonidas Trujillo.

Minerva, Patria y María Teresa Mirabal eran tres jóvenes de clase media, educadas en colegios católicos y opositoras al cruel régimen trujillista. Fueron asesinadas a garrotazos, el 25 de noviembre de 1960, por la policía secreta del dictador.

Leí la historia de estas mártires a finales de los 70 y, en aquella ocasión me conmovió hasta el alma. Viendo la película evoqué a compañeras que dieron sus vidas por hermosos ideales de libertad.

La lucha de muchos jóvenes latinoamericanos fue, mayoritariamente, contra las sanguinarias dictaduras que durante décadas padecieron muchos de nuestros países. Ninguna persona honesta y cristiana puede justificar, por ninguna razón, la existencia de cárceles clandestinas, escuadrones de la muerte y cuerpos policiales torturadores como los que había en nuestro país.

Nada justifica el asesinato de las hermanas Mirabal, monseñor Romero o de los padres jesuitas. Ninguna causa puede, en mi opinión, justificar las dictaduras de Pinochet, Rojas Pinilla, Somoza o Hernández Martínez.

Se pueden, acaso, explicar, pero jamás justificar y menos aplaudir. Tampoco ninguna persona honesta y cristiana puede justificar la dictadura de Fidel Castro. Ese régimen policial que encarcela a periodistas y disidentes, que no permite ninguna voz crítica, que asfixia a la sociedad es tan brutal como lo fue el de Rafael Leonidas Trujillo.

Hago la reflexión anterior como una extraña introducción, quizá, a mis argumentos en favor del Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica y Estados Unidos.

La hago porque hay algunas mentes silvestres (no son pocos), que creen que defender la libertad económica es sinónimo de aplaudir a asesinos o a torturadores o argumentar, como le gusta decir a algunos, en favor de los poderosos.

La batalla ideológica que se libra no es entre liberales y conservadores como en otras épocas. O entre ricos y pobres (como lo quisieron plan- tear los marxistas).

Es entre los que creemos en la libertad y los que, aunque digan lo contrario, están en contra de ella. La diferencia entre ambas posiciones se encuentra en cómo se enfoca la relación entre el Estado y el individuo.

Para los liberales, el individuo (a excepción, claro está, de niños huérfanos o ancianos abandonados) es el responsable de lo que le pasa y de los que le pueda pasar. De nosotros, sólo de nosotros, los individuos, depende nuestro bienestar.

La función del Estado es velar para que el Estado de Derecho y sus instituciones funcionen de manera razonable, hacer que se cumplan las leyes y equiparar las oportunidades para todos sus ciudadanos, a través de políticas sensatas relacionadas con la educación, la inversión en plantas y equipos, el estímulo de la inversión privada.

Para los mercantilistas, monárquicos, esclavistas, populistas, fascistas y comunistas el pasado, el presente y el futuro de los individuos está totalmente relacionado con el Estado. La economía es siempre el punto de partida.

Entre más grande es la intervención estatal en la economía, mayores son los abusos contra los individuos. Las dictaduras, de todo signo, mantienen siempre un estricto control de la economía y, como consecuencia, un control, a veces total, de la sociedad.

La historia ha demostrado que aquellas regiones del mundo donde más se ha respetado la libertad de los individuos son las regiones más prósperas. No son países perfectos, pero es donde hay menos pobres y, paradójicamente, más ricos.

Son naciones democráticas, con vigorosas economías libres y con pueblos emprendedores. Son naciones cuyos liderazgos, en determinados momentos históricos, entendieron que para alcanzar el desarrollo, era importante la libertad del individuo.

En cambio las naciones más pobres del mundo, son aquellas en las que prevalecen ideas absurdas en cuanto al desarrollo económico. Aquella viejas creencias, tan emotivas pero con tan poco asidero en la realidad, que nos dicen que hay pobres porque unos tienen más.
Y que hay países ricos porque explotaron a otros.

Los que así argumentan soslayan que es precisamente en los países donde hay más ricos donde hay menos pobres. Y los países donde hay sólo unas cuantas familias ricachonas el pobrerío es conmovedor.

Lo que una persona o una familia necesita para salir de la pobreza de manera definitiva no es una limosna o programas asistencialistas. Es oportunidades, es decir, tener acceso a los servicios básicos y fuentes de empleo. El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos no es ciertamente, como decía en el artículo anterior, el paraíso.

Pero indudablemente es un buen punto de partida, para que acompañados de buenas y sensatas políticas internas, genere grandes oportunidades para que muchas familias puedan salir de la pobreza.

(Continuará tercera y última parte).
*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

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