|
Robert
B. Zoellick*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
En 1989, colaboré con el secretario de Estado James Baker para
negociar con el Congreso un acuerdo bipartidista sobre Centroamérica,
el cual puso fin a un debate interno muy divisivo. Ese acuerdo apoyaba
un plan regional de paz que diera lugar a elecciones democráticas
y que pusiera fin al apoyo externo a las guerrillas revolucionarias.
En las últimas dos décadas, el pueblo de esta región
ha luchado, y muchos han muerto, porque confiaban en que la democracia
no sólo les aportaría la paz sino también una vida
mejor para ellos mismos y para sus hijos. Ahora, los centroamericanos
están pidiendo a los Estados Unidos su apoyo para asegurar la democracia
a través de un Tratado de Libre Comercio, el CAFTA, que establecería
vínculos económicos más estrechos, con el fin de
proporcionar nuevos cimientos para mayores oportunidades.
Aún así, en los Estados Unidos hay quienes siguen diciendo
que Centroamérica y la República Dominicana no están
listos para un tratado de libre comercio. Al igual que ocurría
en el pasado, corremos el peligro de volverle la espalda a Centroamérica,
mientras los enemigos de la reforma auguran un futuro oscuro.
Los centroamericanos y los dominicanos han establecido unas democracias
que aún son jóvenes y frágiles. Hablan de libertad
y esperanza mientras que nuestro propio debate se concentra enteramente
en minúsculas cantidades de azúcar y en las demandas sindicales
proteccionistas.
Escuchamos falsedades como que la industria estadounidense del azúcar
quedará aniquilada por la importación del equivalente de
dos pequeños sobres de azúcar semanales por habitante.
Hay otros que dicen preocuparse por los derechos de los obreros en Centroamérica
pero que no tienen en cuenta los efectos devastadores que sobre esos obreros
tendría el rechazo del CAFTA y el envío a China de los empleos
que proporciona la industria de la confección y actividades parecidas.
Desde el punto de vista estratégico, la cuestión del CAFTA
no debería ser difícil de decidir. Este tratado es la culminación
lógica de veinte años de progreso democrático y social
en Centroamérica, apoyado por los Estados Unidos.
Como explicaron los presidentes electos de Centroamérica y la República
Dominicana cuando visitaron once ciudades de los Estados Unidos antes
de venir a Washington este mes, el CAFTA fortalecerá la democracia
porque promoverá el crecimiento económico y reducirá
la pobreza, generará igualdad de oportunidades, aminorará
la corrupción y reforzará la función de la sociedad
civil.
Ellos entienden que al surgir una clase media y al tener el pueblo mayores
intereses económicos en su sociedad, ese pueblo exige mayor participación
en cómo se administra esa sociedad.
En Nicaragua y Guatemala, los dirigentes que han asumido el poder que
antes estaba en manos de predecesores corruptos, desean que el CAFTA venga
a consolidar sus esfuerzos en favor de unas sociedades más transparentes,
fundadas en normas y no en relaciones de privilegio.
En El Salvador, Honduras y la República Dominicana, se considera
que el CAFTA será la piedra angular de estrategias más generales
que promuevan el desarrollo.
En toda la región, el CAFTA fomentará la igualdad de oportunidades
en unas economías que durante largo tiempo se han visto dominadas
por las clases adineradas y las familias poderosas.
El CAFTA no es sólo lo correcto para la democracia, también
es lo acertado para la seguridad de los Estados Unidos. No vivimos aislados
de lo que sucede en Centroamérica.
Las pandillas de delincuentes, el tráfico de estupefacientes, la
trata de personas inclusive, establecen peligrosas redes transnacionales.
Cuando existen inestabilidad y pobreza en nuestros alrededores, es de
sentido común que ayudemos a nuestros vecinos a confrontar estas
lacras en sus propios territorios en lugar de importarlas a nuestro país.
Si el CAFTA es rechazado en la votación, los pobres de esa región
no mejorarán su suerte; al contrario, se les cerrará el
camino al progreso en el nivel de vida. Si CAFTA es derrotado, no será
sustituido por un mítico tratado "perfecto" al que se
incorporen todos los deseos de sus adversarios. Ocurriría en ese
caso que los centroamericanos se quedarían en una situación
permanente de desventaja. Si el CAFTA tambalea, no se fortalecerán
los derechos laborales en Centroamérica, al contrario, la competencia
por trabajar será cada vez más desesperada y empeorarán
las condiciones para los sindicatos y los obreros.
En Centroamérica, región que hasta hace no mucho tiempo
era presa de la guerra civil, hemos observado un progreso notable.
En el fondo, sin embargo, el debate sobre el CAFTA tiene que ver con la
función de los Estados Unidos en el mundo. Hemos de decidir si
sacrificaremos los intereses estratégicos de los Estados Unidos
y el futuro de Centroamérica por una cucharada de azúcar.
Hemos de decidir si dejaremos en la pobreza e impotencia a centenares
de miles de centroamericanos por el proteccionismo miope de los sindicatos
estadounidenses. Hemos de decidir si promoveremos los intereses estratégicos
de nuestro país o sus intereses particulares. El mundo nos observa.
*Vicesecretario de Estado, antiguo Representante
de los Estados Unidos para Asuntos Comerciales.

|