elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Nos beneficiara a todos
El área de libre comercio de C.A.

Desde el punto de vista estratégico, la cuestión del CAFTA no debería ser difícil de decidir. Este tratado es la culminación lógica de veinte años de progreso democrático y social en Centroamérica.

Publicada 31 de mayo 2005, El Diario de Hoy

Robert B. Zoellick*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


En 1989, colaboré con el secretario de Estado James Baker para negociar con el Congreso un acuerdo bipartidista sobre Centroamérica, el cual puso fin a un debate interno muy divisivo. Ese acuerdo apoyaba un plan regional de paz que diera lugar a elecciones democráticas y que pusiera fin al apoyo externo a las guerrillas revolucionarias.

En las últimas dos décadas, el pueblo de esta región ha luchado, y muchos han muerto, porque confiaban en que la democracia no sólo les aportaría la paz sino también una vida mejor para ellos mismos y para sus hijos. Ahora, los centroamericanos están pidiendo a los Estados Unidos su apoyo para asegurar la democracia a través de un Tratado de Libre Comercio, el CAFTA, que establecería vínculos económicos más estrechos, con el fin de proporcionar nuevos cimientos para mayores oportunidades.

Aún así, en los Estados Unidos hay quienes siguen diciendo que Centroamérica y la República Dominicana no están listos para un tratado de libre comercio. Al igual que ocurría en el pasado, corremos el peligro de volverle la espalda a Centroamérica, mientras los enemigos de la reforma auguran un futuro oscuro.

Los centroamericanos y los dominicanos han establecido unas democracias que aún son jóvenes y frágiles. Hablan de libertad y esperanza mientras que nuestro propio debate se concentra enteramente en minúsculas cantidades de azúcar y en las demandas sindicales proteccionistas.

Escuchamos falsedades como que la industria estadounidense del azúcar quedará aniquilada por la importación del equivalente de dos pequeños sobres de azúcar semanales por habitante.

Hay otros que dicen preocuparse por los derechos de los obreros en Centroamérica pero que no tienen en cuenta los efectos devastadores que sobre esos obreros tendría el rechazo del CAFTA y el envío a China de los empleos que proporciona la industria de la confección y actividades parecidas.

Desde el punto de vista estratégico, la cuestión del CAFTA no debería ser difícil de decidir. Este tratado es la culminación lógica de veinte años de progreso democrático y social en Centroamérica, apoyado por los Estados Unidos.

Como explicaron los presidentes electos de Centroamérica y la República Dominicana cuando visitaron once ciudades de los Estados Unidos antes de venir a Washington este mes, el CAFTA fortalecerá la democracia porque promoverá el crecimiento económico y reducirá la pobreza, generará igualdad de oportunidades, aminorará la corrupción y reforzará la función de la sociedad civil.

Ellos entienden que al surgir una clase media y al tener el pueblo mayores intereses económicos en su sociedad, ese pueblo exige mayor participación en cómo se administra esa sociedad.

En Nicaragua y Guatemala, los dirigentes que han asumido el poder que antes estaba en manos de predecesores corruptos, desean que el CAFTA venga a consolidar sus esfuerzos en favor de unas sociedades más transparentes, fundadas en normas y no en relaciones de privilegio.

En El Salvador, Honduras y la República Dominicana, se considera que el CAFTA será la piedra angular de estrategias más generales que promuevan el desarrollo.

En toda la región, el CAFTA fomentará la igualdad de oportunidades en unas economías que durante largo tiempo se han visto dominadas por las clases adineradas y las familias poderosas.

El CAFTA no es sólo lo correcto para la democracia, también es lo acertado para la seguridad de los Estados Unidos. No vivimos aislados de lo que sucede en Centroamérica.

Las pandillas de delincuentes, el tráfico de estupefacientes, la trata de personas inclusive, establecen peligrosas redes transnacionales. Cuando existen inestabilidad y pobreza en nuestros alrededores, es de sentido común que ayudemos a nuestros vecinos a confrontar estas lacras en sus propios territorios en lugar de importarlas a nuestro país.

Si el CAFTA es rechazado en la votación, los pobres de esa región no mejorarán su suerte; al contrario, se les cerrará el camino al progreso en el nivel de vida. Si CAFTA es derrotado, no será sustituido por un mítico tratado "perfecto" al que se incorporen todos los deseos de sus adversarios. Ocurriría en ese caso que los centroamericanos se quedarían en una situación permanente de desventaja. Si el CAFTA tambalea, no se fortalecerán los derechos laborales en Centroamérica, al contrario, la competencia por trabajar será cada vez más desesperada y empeorarán las condiciones para los sindicatos y los obreros.

En Centroamérica, región que hasta hace no mucho tiempo era presa de la guerra civil, hemos observado un progreso notable.

En el fondo, sin embargo, el debate sobre el CAFTA tiene que ver con la función de los Estados Unidos en el mundo. Hemos de decidir si sacrificaremos los intereses estratégicos de los Estados Unidos y el futuro de Centroamérica por una cucharada de azúcar.

Hemos de decidir si dejaremos en la pobreza e impotencia a centenares de miles de centroamericanos por el proteccionismo miope de los sindicatos estadounidenses. Hemos de decidir si promoveremos los intereses estratégicos de nuestro país o sus intereses particulares. El mundo nos observa.

*Vicesecretario de Estado, antiguo Representante de los Estados Unidos para Asuntos Comerciales.




elsalvador.com WWW