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Meditando
Hasta Dios quiso tener una mamá

El sello de todas las acciones de Cristo están marcadas como divinas, porque todas sus acciones humanas son actuadas por Dios. De allí que su naturaleza humana no puede separársele de su naturaleza divina

Publicada 23 de mayo 2005, El Diario de Hoy

Evangelina del Pilar de Sol*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Este artículo debí entregarlo el jueves 19, horas antes de saber qué sucederá aquí al arribo del huracán Adrián. Lo dedico a la Divina Misericordia, como ruego por su protección para nuestra población más vulnerable.

Siendo que para Dios nada es imposible, era totalmente innecesaria la colaboración de nadie para que Él viniera al mundo adoptando la naturaleza humana. No necesitaba de una madre ni tampoco del vientre de una mujer para hacerse hombre.

Pero habiendo creado el más sublime amor que existe, el maternal, con el que dotara a toda mujer, hasta Dios mismo quiso tener una mamá y llegar a su regazo. Sólo que para esto tenía que ser al regazo de la mujer predestinada desde siempre, a quien llenó de todas las gracias, o sea, fue creada inmaculada, libre de todo pecado, la Santísima Virgen María, “Alégrate llena de gracia, el Señor está contigo” Lc1;28, a quien además bendijera entre todas las mujeres, Lc1;42: “Bendita eres entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”, palabras en las que se basa la oración cristiana por excelencia después del Padre Nuestro, el Ave María, que finaliza con rogatorias a la “Madre de Dios”, Lc1; 43, “¿cómo he merecido que venga a mi la MADRE DE MI SEÑOR?”.

Algunas personas niegan darle honor a María como Madre de Dios, sin detenerse a meditar en la verdad teológica claramente contenida en esta realidad, pues siendo que Jesús es Dios en su acción divina tanto como en su acción humana, jamás por ninguna circunstancia deja de ser Dios. Este fácilmente entendible contexto, determina que cuando Jesús actúa como hombre, su acción es exactamente tan divina que como cuando actúa como divino, como Dios.

El sello de todas las acciones de Cristo están marcadas como divinas, porque todas sus acciones humanas son actuadas por Dios. De allí que su naturaleza humana no puede separársele de su naturaleza divina. Por tanto sus acciones divinas y sus acciones humanas, son divinas.

María engendró esta persona humana, Jesús, que posee la naturaleza divina de Dios en absolutamente todo lo de él, entonces ella engendró a Dios. Por lo tanto María es Madre de Dios.

Dios, reconociendo el amor materno con que dotara a toda mujer, especialmente al ejemplo de la personificación maternal, la predestinada, María, se vuelca en ella, para, mediante la maternidad para su Unigénito Hijo, volverla su co-redentora. Cristo al morir nos la deja como madre de toda la humanidad, cuado dice a Juan, el apóstol querido: “He allí a tu madre”.

María, asumiendo legítimamente su papel de co-redentora, a través del tiempo se ha aparecido en diversas partes del mundo, dejando mensajes de conversión, en especial en las últimas épocas, plagadas de maldades jamás antes vistas —que puedo afirmar con la experiencia de mis años vividos—, en las que no obstante, se vislumbra una redención de la espiritualidad.

Este poderoso despertar fue notorio en las multitudinarias exequias de Juan Pablo II o en la inauguración del papado de Benedicto XVI, amén de las abarrotadas concentraciones de fieles en las misas de los domingos en todos los templos, o asimismo, iglesias concurridas los jueves, ante la adoración eucarística.

El trece de mayo, asistimos con mi esposo a la Iglesia de San Benito a una bella conmemoración de la primera aparición de María en Fátima. La iglesia “retumbaba”. Esa explosión de amor a la Virgen, señalan tiempos de esperanza y conversión a su Hijo, petición insistente de María en sus apariciones, en que deja innumerables pruebas milagrosas de su intersección maternal por nosotros ante Jesús.

Mirando retrospectivamente el pasado, específicamente 1990, tuve oportunidad de constatar lo anterior. Sucedió en un viaje a Medugorje, pequeño poblado en las montañas de Yugoslavia, donde Ella se aparecía. Antes del viaje, mi hija Alexandra se encontraba muy acongojada pues su pequeño Cristian, entonces de tres años, desde su nacimiento vivía continuamente enfermo con afecciones respiratorias y debía ser operado. Ella esperaba que la Virgen lo sanara y no fuera intervenido. Me entregó una foto de él, para dejarla en el lugar de las apariciones, con esa petición.

Cuando los peregrinos que viajamos allá, subimos a la cima del monte Krizevac —que significa Cruz—, al pie de una imponente cruz que domina todo el poblado y en donde se depositan las peticiones a la Virgen, dejé la pequeña foto y dije una corta oración, pero más bien solicitándole una exitosa cirugía, pues personalmente no sentía mayor preocupación por considerarla una nimiedad.

A mi regreso me enteré que el médico ya no lo operaría. El niño había sanado notablemente. Jamás volvió a enfermarse y a sus diecinueve años es un fuerte, saludable y atractivo joven de 1.87m de alto. La fuerza de la fe de mi hija, había triunfado sobre mi simplista ruego, siendo premiada por su Madre del cielo.

Medugorje, ciudad croata católica de Bosnia Herzegovina, fue la única ciudad de toda laregión, donde milagrosamente jamás llegó la guerra, fue atacada, o estalló algún artefacto. Civiles de poblados cercanos, soldados o personal de los cuerpos de paz internacionales, como los Boinas Azules de España, conociendo este fenómeno celestial, buscaban refugio allí.

*Columnista de El Diario de Hoy.


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