|
Carlos
Sandoval*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
México, D.F. Entre los variados e importantes aniversarios que
se cumplen este año tales como el de la publicación de El
Quijote (1605), la muerte de Federico Schiller (1805), los nacimientos
de Rodolfo Usigli, Jorge Zalamea, Raymond Aron y Jean Paul Sartre (1905),
el del autor de la trilogía "Los caminos de la libertad"
es el que más me interesa destacar en esta ocasión. Esto
no quiere decir que desestime el de los otros, sino, simplemente, que
por tratarse del máximo representante de la filosofía existencialista,
merece una atención especial. Por algo alguien ha dicho, según
Vargas Llosa, que el Siglo XX es "El siglo de Sartre".
Lamentablemente, hasta donde yo sé, muy pocos intelectuales en
nuestro medio (México y Centro América) se han interesado
por la vida y la obra del llamado despectivamente por Roger Troisfontaines
"l'homme au café". Para mayor infortunio, entre los escasos
artículos conmemorativos que he leído tales como el de MarioVargas
Llosa, "Los compañeritos" (El Diario de Hoy, 10-04-05)
y el de Steve Fuller, "El intelectual desaparecido" (La Nación,
01-05-05) y otros en la prensa mexicana, son diatribas inoportunas.
El novelista peruano Vargas Llosa, por ejemplo, se muestra mordaz, contradictorio
y parcializado. Le sorprende que Sartre tenga dos períodos antitéticos:
El del crítico y enemigo declarado del marxismo que abarca de 1946
hasta 1956 y el del filocomunista y defensor del materialismo dialéctico
que va de 1960 con la publicación de Crítica de la razón
dialéctica, hasta su muerte en 1980. Pero las injurias contra su
"antiguo ídolo" se pueden también aplicar a él
mismo, pues además de flirtear con los comunistas en un principio,
defendía a Sartre, a capa y espada, contra los ataques de la derecha.
Como testimonio están sus tres tomos Contra viento y marea en donde
recoge varios ar- tículos en favor de Sartre. En uno de ellos,
"Sartre y el Nobel", dice que su obra es muy original y convincente.
Sus adversarios lo único que hacen es testimoniar "la universalidad
y vigencia" de sus escritos.
Pero ahora se retracta al decir que en la actualidad "su obra es
insignificante y sin interés". Sólo "revela lo
ciego, torpe y equivocado que estuvo casi siempre... en todas las posturas
que defendió y atacó".¿Será el mismo
Vargas Llosa, el ameno novelista y brillante ensayista o se trata de un
simple homónimo?
Pero dejemos estos dimes y diretes para tratar de hacer una divulgación
esquemática de su filosofía. Sartre no fue el fundador del
existencialismo, sino el creador de una metafísica novedosa, original
y técnica. Unas veces expuesta en forma lógica, metódica
y difícil como en El ser y la nada (1943) y, otras, de manera popular
y accesible como en El existencialismo es un humanismo (1948). Las raíces
de su metafísica están en Kierkegaad, Nietzsche y, sobre
todo, en Heidegger con la publicación de su tratado esotérico
El ser y el tiempo (1927) que a mi maestro José Gaos le costó
14 años en traducir al español. Este libro determinó
la nueva ontología sartriana. Olvida o desconoce Vargas Llosa lo
que dijo un crítico acérrimo de Sartre: "Entre todos
los filósofos de la existencia, es quien más cerca está
de la filosofía del ser" (Bochenski).
No es fácil exponer el pensamiento sartriano. Se trata de una "obra
incalificable", como dice Francis Jeanson, ya que su autor es filósofo,
catedrático, cuentista, novelista, dramaturgo, crítico,
cineasta, polemista, conferenciante, orador y político. Los ejes
fundamentales de su filosofía son: la existencia precede a la esencia;
el ser no se conoce por medio de la razón objetiva, sino por la
subjetiva porque la existencia no se puede objetivizar en conceptos; la
esencia del ser humano es la libertad porque está condenado a elegir,
en la acción, sus propios valores y, por último, el mundo
es incierto y precario, lo que recuerda las tesis de Werner Heisenberg
ley de la incertidumbre y la de Louis de Broglie ley
de la probabilidad.
Si la existencia precede a la esencia al revés de Descartes
lógicamente el ser sólo se revela en la subjetividad, la
conciencia, la existencia humana. Y esta no es otra cosa que angustia,
náusea y desamparo. Sartre define el ser, empleando el método
fenomenológico, como "ser-en-sí" y "ser-para-sí.
Aquel es el de los fenómenos naturales, rígido y macizo.
Este, el de la conciencia, contingente y contradictoria.
Ella (la conciencia) "es lo que no es y no es lo que es". Que
el "ser-para-sí" sea pura subjetividad, conciencia, quiere
decir que el hombre nunca es plenamente, sino que se hace asimismo. Es
"proyecto". Por ello sólo alcanza su plenitud con la
muerte. Y como no se pueden juntar la esencia y la existencia, Sartre
concluye que el "hombre es una pasión inútil".
*Colaborador de El Diario de Hoy.

|