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La nota del día
Por la previsión no hubo víctimas
La
fuerza de los vientos de los huracanes es tal, que hojas de palmeras y
zacate traspasan tablas de pulgadas de espesor. Dios nos libró
del horror
Publicada 23 de mayo 2005, El Diario de Hoy
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El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
La mano de Dios protegió a El Salvador desvaneciendo el huracán
Adrián tan pronto llegó a tierra. Lo que pudo haber sido
una catástrofe de insospechadas dimensiones, tuvo su alto costo
en muchos sentidos, pero no llegó a arrasar ciudades, tierras y
sembrados como se temía. El paso de Adrián, transformado
en una tormenta tropical de intensidad menor, no causó ninguna
víctima mortal. Eso se debe en gran parte a la excelente organización
de los servicios de auxilio, de evacuación y de prevención
puestos en marcha por el Gobierno del Presidente Saca.
Los pobladores de áreas de alto riesgo, como playas y comunidades
que habitan al borde de barrancos, fueron trasladados a refugios temporales,
principalmente escuelas. El Gobierno preparó más de cien
mil raciones de comida y adquirió varias decenas de miles de colchas
en Guatemala, las que ahora se guardarán para atender futuras emergencias.
Sólo aquellos que han pasado por un huracán captan la gravedad
de la amenaza que sufrió el país. El fenómeno es
totalmente impredecible, además de que su curso es muy errático,
como fue el caso del Mitch, que cambiaba dirección
y fuerza de un instante a otro. La buena nueva es que la mayor parte de
huracanes se mueren en el mar.
Las evacuaciones son importantísimas por dos razones: la más
obvia es que tiene que alejarse a la gente de lugares expuestos a inundaciones
y donde la fuerza del viento y la lluvia llega a matar; la segunda, que
asistir a heridos en áreas inundadas o en los puntos en los que
un huracán azota con toda su fuerza es casi imposible, no sólo
por el riesgo para los grupos de socorro, sino porque los lugares quedan
inaccesibles. Un lesionado se desangra hasta morir, pues nadie puede ayudarle.
Dios libró al país del horror
Nosotros pasamos por el Andrew, el huracán que golpeó
Miami en 1992.
Sólo fue hasta el último momento y cuando muchas áreas
habían sido evacuadas, que se supo el trayecto que seguiría
el huracán; de hecho, nosotros fuimos movidos de la parte central
de la ciudad hacia el sur, a Sweetwater, que fue precisamente por donde
pasó el ojo del huracán.
Ya se dio el caso de otro huracán cuyo tamaño era más
grande que todo el Estado de la Florida; nadie salió, pues los
vuelos se cancelaron. El huracán cambió curso a último
momento.
El Andrew devastó gran parte de la ciudad, echó
abajo millones de árboles e inundó grandes áreas
de Miami. Un conocido nuestro encontró en la sala de su apartamento,
situado en un tercer piso, una pesada caja de herramientas que literalmente
llegó en vuelo; otro se había refugiado con su familia en
un baño, que de pronto fue perforado horizontalmente por un poste
eléctrico que por centímetros no los mató a todos.
Cientos de automóviles fueron aplastados por árboles.
La fuerza de los vientos de los huracanes es tal, que hojas de palmeras
y zacate traspasan tablas de pulgadas de espesor.
Dios nos libró del horror.

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