 |
|
Desinterés. Edwin Iraheta labora como voluntario. Foto
EDH/Lissette Moreno
|
Ivette Amaya
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
En un día normal, Edwin Iraheta se gana la vida realizando oficios
varios, como carpintería, jardinería y pintura. Pero cuando
el deber lo llama, este hombre de 45 años se convierte en paramédico
voluntario de Cruz Verde Salvadoreña.
A pesar de estar acompañado y de convivir con sus tres hijastros,
Edwin sintió el llamado a servir hace seis años, pero no
fue, sino hasta el huracán Mitch que pudo medir la intensidad de
sus deseos de ayudar.
Casi me mato por salvar a un niño, recuerda con ojos
sorprendidos al revivir las imágenes en su mente de aquella experiencia.
Heroísmo
Me tiré a un barranco por querer salvarlo y se me zafó
una de las lingas (cuerdas); pero, como tenía otra linga de protección,
con esa mis compañeros me lograron sacar con el niño en
brazos, manifiesta.
Ahora, las ganas de servir le afloran nuevamente con mucha intensidad,
al saber la magnitud del fenómeno atmosférico que azota
a la nación y de las consecuencias que dejarán las fuertes
lluvias.
Yo estoy preparado desde el martes. Cuando escuché la noticia
de que iba a estar lloviendo fuerte, sólo me acordé de las
personas que están en riesgo y lo único que pensé
es que tenía que reportarme, comenta.
Para mantenerse comunicado con su compañera de vida, mantiene un
radio en casa, pero éste no ha funcionado durante la última
semana.
Confío en Dios de que mi familia esté bien; no sé
de ellos desde el martes, pero siento que están protegidos,
explicó con sencillez el voluntario de corazón.
 |
|
Ayuda. Alex Bueno hace honor a su apellido al colaborar con Cruz
Verde Salvadoreña. Foto EDH/Lissette
Moreno
|
Confío en que mi familia está bien
Compromiso. Ser padre de familia y esposo no frenan los deseos de ayudar
que brotan del rescatista en la emergencia
A una corta edad, Alex Bueno se enfrentó al poder destructor del
huracán Fifí, al ser enviado para hacer rescates en el Bajo
Lempa.
Casado desde 1994 y padre de dos pequeños (de ocho y seis años),
Bueno siente la necesidad de ayudar, a pesar del peligro que puede correr
en el intento.
Confío en que mi familia está bien y después
me vengo para acá (la base), confiesa entre risas.
Entre las impresiones más fuertes de esa experiencia, Bueno recuerda
la de una joven a punto de dar a luz, a la que, con las cintas de sus
zapatos y una tijera mohosa, tuvieron que cortar el cordón umbilical
que le unía a su hijo.
No teníamos nada a la mano para limpiarlo (al bebé);
por eso, lo que hicimos fue succionarle la sangre de los oídos
y la nariz con nuestra boca, para que pudiera respirar bien, dice.
Muerte
Fue hasta años después, con el Mitch, que Bueno experimentó
terror ante la situación.
Nos destacaron en Chilanguera, donde ya se había perdido
todo el pueblo, y lo que hicimos fue buscar muertos, pero como estaban
en el lodo, los teníamos que buscar con los pies, indica.
Lo que sí me impresionó mucho fue cuando llegamos
a una parte donde ya se había secado el lodo y había quedado
la silueta de una niña en la superficie, como una escultura de
lodo, pero ya no la pudimos sacar, recuerda.
Bueno es uno de las decenas de voluntarios de la Cruz Verde Salvadoreña.

|