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La huida del bajo Lempa

Seguros. Decenas de personas, en especial mujeres, ancianos y niños, abandonaron ayer esa zona, muy propensa a inundaciones


Publicada 20 de mayo 2005 , El Diario de Hoy

Prevenido. Porfirio Membreño, habitante del caserío Babilonia, cargó con lo que pudo, en busca de un lugar seguro. Foto EDH

Oscar Tenorio
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com


La orden era tajante: abandonar la zona del bajo Lempa en menos de dos horas. Muchos hicieron caso; otros prefirieron quedarse, a cuidar lo poco que tienen, a pesar de los peligros, de un río que amenaza con devorarlos.

Los primeros en salir fueron los habitantes del caserío Babilonia, que está al final del valle y muy cerca de la desembocadura de río Lempa en el océano Pacífico.

En esa lejanía, Porfirio Membreño supo que el “bolado era serio” cuando vio que todos sus vecinos se marchaban a toda prisa.

Fue entonces que le pidió a su compañero de vida que “se adelantara” junto a la hija de ambos, de apenas cuarenta días de nacida.

Él se quedo para acomodar en lo más alto de la humilde casa, los pocos bienes que poseen. Luego echó en una bolsa plástica toda la ropa que pudo, en especial la de su hija. Acomodó “la maleta” en la bicicleta y también se fue.

Una hora y media después, a las doce del mediodía, llegó a la comunidad La Canoa, en donde los lideres de esas comunidades y representantes del Gobierno y de otras instancias intentaban ponerse de acuerdo.

A pesar de las explicaciones, de la adversidad y de la lluvia que cada vez aumentaba más, algunos prefirieron quedarse porque no consideraban grave el panorama.

Los que partieron lo hicieron a las 2:30 de la tarde en camiones proporcionados por la Fuerza Armada, la Cruz Roja y el ministerio de Gobernación, entre otros. Iban rumbo a una escuela en San Marcos Lempa, a unos quince kilómetros de allí.

A esa hora, Porfirio ya había logrado llegar en su bicicleta hasta la comunidad El Angel, en donde le esperaba su compañera, en casa de su madre.

Los que se quedaron en la comunidad permanecían pegados al gran río, viendo como este crecía minuto a minuto, metro a metro, rebasando cualquier borda e incredulidad.

Expectativa. Habitantes de ese caserío permanecen pendientes de la “crecida” de ese afluente. Cuando supera los límites, abandonan el sector. Foto EDH

Los vecinos

En las comunidades de San Nicolás, al otro lado del río Lempa, en el lado de San Vicente, el ambiente era más pésimo.

Allí, menos familias eran evacuadas. Se negaban a retirarse por las mismas razones: por temor a perder sus pertenencias. En esas circunstancias, prefirieron arriesgar sus vidas.

A las siete de la noche, cuando ya los vientos eran muy fuertes y la lluvia más intensas, algunos pobladores intentaron marcharse, sin embargo, ya era demasiado tarde.

“Cuando fue el Fifí, arrasó con todo”

Don Eduardo Cuatro tenía 30 años cuando el huracán Fifí azotó el caserío La Pita, en el bajo Lempa, en las cercanías del mar. Los recuerdos aún le erizan la piel.

A pesar de la constante difusión que ha tenido, asegura que Adrián no es ni la sombra de los que fue el Fifí.

“Como a las cuatro de la madrugada se vino la lluvia con una gran viento, que se detuvo hasta las cinco de la tarde. Aquello se escuchaba como en la guerra, un constante poc, poc, poc...”, recrea Cuatro, como todos le conocen en esa comarca.

El ruido al que él se refiere era el que ocasionaban los árboles de manglar cuando se quebraban, “se partían en dos”, debido a la fuerza del fenómeno.

La escapada. Algunos pobladores se llevaron hasta sus mascotas por temor al desbordamiento del río. Foto EDH

Era tan intenso el viento, prosigue, que levantó y se llevó todos los tejados y palmas con los que cubrían las viviendas. Entonces, temió lo peor y se aferró a unas de las vigas de su casa. Allí estuvo todo el día, recibiendo la lluvia y viendo pasar de todo por los aires.


Aunque les dieron ayuda, la asistencia llegó días después de la tragedia.

En esa época, vivían 83 familias en esa comunidad. Luego, durante el conflicto armado que afectó mucho a ese sector, la mayoría de esas personas se marcharon hacia un lugar más seguro.

Hoy en día, residen en el sector sólo 36 familias. A sus 62 años, Cuatro aún sigue allí, conocedor del movimiento del agua, de los vientos y de la tierra.
Es por eso que Adrián no le ocasiona mucho temor, aunque es muy cauteloso.

La organización

El sector del bajo Lempa, un valle en el que están asentadas varias comunidades, parecía ayer un hormiguero.
- Hasta allí llegaron ayer decenas de socorristas, policías, soldados y promotores de ONG que laboran en la zona.
- Una de las principales entidades que coordina el trabajo en la zona es Cordes, que asiste a los habitantes.
- A comparación de lo ocurrido con el Mitch, en 1998, hoy existe una mayor organización, dispositivos de evacuación y de albergues.

Alerta en las presas

Las presas 5 de Noviembre y 15 de Septiembre podrían aumentar los caudales de evacuación con la llegada de lluvias más intensas.

“En cuanto el huracán azote más el territorio nacional, necesitamos subir las descargas para prevenir un colapso de los embalses”, declaró Rodolfo Cáceres, gerente de producción de la Comisión Ejecutiva Hidroeléctrica del Río Lempa, Cel.

La liberación de líquido podría aumentar hasta los dos mil metros cúbicos por segundo.
Ayer se efectuaban descargas de mil metros cúbicos durante el día. Por la noche, los afluentes bajaron a la mitad, pero los técnicos “tienen luz verde”, para continuar con evacuaciones más grandes.

Cáceres destacó que la suspensión de clases y de trabajo han bajado la demanda de energía eléctrica, por lo que “podemos seguir trabajando con las reservas de agua que mantenemos en los embalses”.

Gracias a la evacuación de los habitantes de la zona del bajo Lempa, las descargas podrán aumentarse, con más tranquilidad.

Las descargas son inevitables, por lo que “es necesario que las personas salgan de la zona de inundaciones”, recalcó el gerente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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