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Prevenido. Porfirio Membreño, habitante del caserío
Babilonia, cargó con lo que pudo, en busca de un lugar seguro.
Foto EDH
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Oscar Tenorio
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
La orden era tajante: abandonar la zona del bajo Lempa en menos de dos
horas. Muchos hicieron caso; otros prefirieron quedarse, a cuidar lo poco
que tienen, a pesar de los peligros, de un río que amenaza con
devorarlos.
Los primeros en salir fueron los habitantes del caserío Babilonia,
que está al final del valle y muy cerca de la desembocadura de
río Lempa en el océano Pacífico.
En esa lejanía, Porfirio Membreño supo que el bolado
era serio cuando vio que todos sus vecinos se marchaban a toda prisa.
Fue entonces que le pidió a su compañero de vida que se
adelantara junto a la hija de ambos, de apenas cuarenta días
de nacida.
Él se quedo para acomodar en lo más alto de la humilde casa,
los pocos bienes que poseen. Luego echó en una bolsa plástica
toda la ropa que pudo, en especial la de su hija. Acomodó la
maleta en la bicicleta y también se fue.
Una hora y media después, a las doce del mediodía, llegó
a la comunidad La Canoa, en donde los lideres de esas comunidades y representantes
del Gobierno y de otras instancias intentaban ponerse de acuerdo.
A pesar de las explicaciones, de la adversidad y de la lluvia que cada
vez aumentaba más, algunos prefirieron quedarse porque no consideraban
grave el panorama.
Los que partieron lo hicieron a las 2:30 de la tarde en camiones proporcionados
por la Fuerza Armada, la Cruz Roja y el ministerio de Gobernación,
entre otros. Iban rumbo a una escuela en San Marcos Lempa, a unos quince
kilómetros de allí.
A esa hora, Porfirio ya había logrado llegar en su bicicleta hasta
la comunidad El Angel, en donde le esperaba su compañera, en casa
de su madre.
Los que se quedaron en la comunidad permanecían pegados al gran
río, viendo como este crecía minuto a minuto, metro a metro,
rebasando cualquier borda e incredulidad.
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Expectativa. Habitantes de ese caserío permanecen pendientes
de la crecida de ese afluente. Cuando supera los límites,
abandonan el sector. Foto EDH
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Los vecinos
En las comunidades de San Nicolás, al otro lado del río
Lempa, en el lado de San Vicente, el ambiente era más pésimo.
Allí, menos familias eran evacuadas. Se negaban a retirarse por
las mismas razones: por temor a perder sus pertenencias. En esas circunstancias,
prefirieron arriesgar sus vidas.
A las siete de la noche, cuando ya los vientos eran muy fuertes y la lluvia
más intensas, algunos pobladores intentaron marcharse, sin embargo,
ya era demasiado tarde.
Cuando fue el Fifí, arrasó con todo
Don Eduardo Cuatro tenía 30 años cuando el huracán
Fifí azotó el caserío La Pita, en el bajo Lempa,
en las cercanías del mar. Los recuerdos aún le erizan la
piel.
A pesar de la constante difusión que ha tenido, asegura que Adrián
no es ni la sombra de los que fue el Fifí.
Como a las cuatro de la madrugada se vino la lluvia con una gran
viento, que se detuvo hasta las cinco de la tarde. Aquello se escuchaba
como en la guerra, un constante poc, poc, poc..., recrea Cuatro,
como todos le conocen en esa comarca.
El ruido al que él se refiere era el que ocasionaban los árboles
de manglar cuando se quebraban, se partían en dos,
debido a la fuerza del fenómeno.
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La escapada. Algunos pobladores se llevaron hasta sus mascotas
por temor al desbordamiento del río. Foto
EDH
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Era tan intenso el viento, prosigue, que levantó y se llevó
todos los tejados y palmas con los que cubrían las viviendas. Entonces,
temió lo peor y se aferró a unas de las vigas de su casa.
Allí estuvo todo el día, recibiendo la lluvia y viendo pasar
de todo por los aires.
Aunque les dieron ayuda, la asistencia llegó días después
de la tragedia.
En esa época, vivían 83 familias en esa comunidad. Luego,
durante el conflicto armado que afectó mucho a ese sector, la mayoría
de esas personas se marcharon hacia un lugar más seguro.
Hoy en día, residen en el sector sólo 36 familias. A sus
62 años, Cuatro aún sigue allí, conocedor del movimiento
del agua, de los vientos y de la tierra.
Es por eso que Adrián no le ocasiona mucho temor, aunque es muy
cauteloso.
La organización
El sector del bajo Lempa, un valle en el que están asentadas varias
comunidades, parecía ayer un hormiguero.
- Hasta allí llegaron ayer decenas de socorristas, policías,
soldados y promotores de ONG que laboran en la zona.
- Una de las principales entidades que coordina el trabajo en la zona
es Cordes, que asiste a los habitantes.
- A comparación de lo ocurrido con el Mitch, en 1998, hoy existe
una mayor organización, dispositivos de evacuación y de
albergues.
Alerta en las presas
Las presas 5 de Noviembre y 15 de Septiembre podrían aumentar
los caudales de evacuación con la llegada de lluvias más
intensas.
En cuanto el huracán azote más el territorio nacional,
necesitamos subir las descargas para prevenir un colapso de los embalses,
declaró Rodolfo Cáceres, gerente de producción de
la Comisión Ejecutiva Hidroeléctrica del Río Lempa,
Cel.
La liberación de líquido podría aumentar hasta los
dos mil metros cúbicos por segundo.
Ayer se efectuaban descargas de mil metros cúbicos durante el día.
Por la noche, los afluentes bajaron a la mitad, pero los técnicos
tienen luz verde, para continuar con evacuaciones más
grandes.
Cáceres destacó que la suspensión de clases y de
trabajo han bajado la demanda de energía eléctrica, por
lo que podemos seguir trabajando con las reservas de agua que mantenemos
en los embalses.
Gracias a la evacuación de los habitantes de la zona del bajo
Lempa, las descargas podrán aumentarse, con más tranquilidad.
Las descargas son inevitables, por lo que es necesario que las
personas salgan de la zona de inundaciones, recalcó el gerente.

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