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Refugio. Gladys Granados y su familia fue una de las siete que
decidió desalojar su hogar en la comunidad Apolo sur, en
el barrio Candelaria, conscientes del peligro que corrían.
Foto EDH/Oscar Payés
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Leyre Ventas
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Los céntricos barrios de La Vega, Candelaria y Modelo,conforman
una de las zonas de riesgo de la capital, también cuando de inundaciones
se trata. Pero a lo largo de la húmeda jornada de ayer sus habitantes
no lo percibieron así o ya se habían resignado. El entrenamiento
para mantener la calma había comenzado días atrás,
con la tormenta del 4 de mayo.
Sin embargo, tanto con las primeras gotas como 8 horas ininterrumpidas
de precipitaciones después, las acciones preventivas de los vecinos
se limitaron a una: a estar pendiente.
Estela Anaya, una anciana del barrio La Vega, observaba la crecida del
Acelhuate desde la ventana de su abarrotería. Tengo más
de 50 años de vivir acá y he conocido inundaciones de inundaciones.
Siempre hemos sobrevivido. La vecina de la calle Paraguay vaticinaba
así su próximo comentario: con mi familia no nos vamos
a mover. ¿De aquí para dónde?.
Compartía postura el vecino de la casa verde, Francisco González.
Éste, más obediente a la llamada a la calma que a las advertencias
sobre el peligro, recomendó a su hijo de cinco años quedarse
en la casa viendo televisión. Estamos a la expectativa, pero
tranquilos.
Atribuía su sosiego a la costumbre, curtido cuando vivían
del otro lado, en una champa que da la espalda a la bóveda
que tantas veces demostró ser insuficiente frente a la correntada.
Tampoco tenían planes de evacuar Sonia Rivera y sus tres hijos.
Los únicos preparados para abandonar lo que según toda predicción
iba a convertirse en el escenario de la tragedia eran los dueños
de la segunda tiendita de la Paraguay: Elia Chicas, Nelson Giménez
y su hermana Noemy.
En el hogar de la familia los colchones no tuvieron chance de secarse
desde el último rebalse. Temiendo que el agua esta vez no llegara
sólo hasta las rodillasesa altura alcanzó el 4 demayo,
rentaron una pieza en el mismo barrio, pero más arriba. Hasta
ahorita no nos hemos ido por miedo a los mañosos, pero en cuanto
la lluvia se ponga más recia nos vamos, explicaba Elia.
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SUBE NIVEL. Uno de los vecinos veteranos de la calle Paraguay,
en el barrio la Vega, vigilaba la crecida del Acelhuate. Foto
EDH/Oscar Payés
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Responsables
Lo que nos friega es esa bóveda, se enojaba Margarita
Benavides. Nació al final de la Paraguay, lleva 60 años
habitándola, y aseguraba que hasta que el entonces alcalde Mario
Valiente construyera dicho conducto no había conocido problemas
de inundaciones. Por mí ya la hubiera botado.
En el barrio Modelo, otra de los candidatos a la tragedia, las señalaciones
eran las mismas: la culpable es la bóveda (la situada bajo un tramo
de la Francisco Menéndez, a un par de metros de la intersección
con la calle Modelo).
Inés Chiquillo, dueña de una tienda construída a
un metro del asfalto de la 29 de agosto, iba más allá con
las críticas: los tragantes se atoran por la basura y nadie llega
a limpiarlos. La falta de atención de la municipalidad hacia el
barrio la dejaba patente con otro comentario: una correntada hace
tres años se llevó un pedazo de acera y ahí sigue
el gran hoyo.
Mientras despachaba a vecinos desesperados por reunir víveres,
la tendera decía desconocer dónde había que acudir
en caso de un desalojo obligado. Nadie ha venido a informar acá,
menos a ofrecer ayuda. Al informársele de las escuelas habilitadas
como albergues, se carcajeó como si de un buen chiste se tratara:
¡si la Brasil, la Paraguay y la Arce se inundan como nuestras
casas!.
La Trigueros es otra de las familias del Modelo que se ve obligada a nadar
cada vez que llueve fuerte. Gilda, la matriarca, decidió prevenir
el inminente desastre empacando todo objeto de valor y colocándolo
lo más cerca posible del techo. Mientras, su esposo Eugenio Antonio
remendaba con pedazos metálicos las goteras de la lámina.
Están necios, no quieren irse, se quejaba su hijo German
Obtulio.
Había llegado temprano en la mañana con la misión
de llevar a su familia a San Rafael Cedros, a territorio seguro. Acá
no es lugar seguro para los niños, y a mi madre se le va a infectar
más el pie, justificaba.
Desalojar era también el objetivo de un comando municipal en el
barrio Candelaria. En la Vega sólo monitorear y concienciar de
la necesidad de estar preparado para cualquier cosa.
A las cuatro de la tarde los agentes sólo habían logrado
su cometido con 8 familias de la comunidad Apolo Sur, y una del contiguo
condominio Renovación, un bloque de cuatro plantas construído
a orillas del Arenal de Monserrat, caudaloso afluente del Acelhuate que
fluye por la bóveda del barrio la Vega.
El destino más trágico lo barajan quienes habitan los sótanos
de dicho edificio. Como Sara Carolina, quien incrédula ante la
llegada del fenómeno Adrián se negaba a huir y dejar sus
cosas en manos de los ladrones.
A las 15 familias que decidieron permanecer en el Apolo les tocaría,
en caso extremo, pedir posada a los dueños de las casas de dos
pisos, o resignarse a naufragar.
La Escuela de Economía y Comercio fue uno de los centros acondicionados
como refugio por la Alcaldía Municipal de San Salvador. A las cuatro
de la tarde, a unas 5 horas de la llegada prevista de Adrián, albergaba
a 7 familias; todas procedentes del barrio San Jacinto y de la Candelaria.
Una de las funcionarias encargadas de atender a los acogidos, Liset Guadalupe
Cierra, explicaba que aún se esperaba la llegada de refugiados:
conforme la gente vaya viendo que no es broma se irá acercando.
Una sola sala ocupada en todo un instituto disponible no dice mucho en
favor del éxito del programa Soluciones Participativas.
Todo señalaba que el país no está preparado para
un fenómeno de la envergadura que promeía Adrián:
ni los planes municipales, ni las conciencias de los potenciales afectados.
Alguien se congratulaba de que ésta vez se había reaccionado
a tiempo, no como en tiempos anteriores, que todo se hacía
en el último momento.
Contradice dicha opinión tres años de protestas por dos
bóvedas insuficientes y varias promesas fallidas de repararlas.
Mucho tiempo de retraso para reaccionar a tiempo.

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