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Emergencia. Varias personas residentes de la Bocana de Toluca son
trasladadas a una casa comunal en Melara, en la tarde de ayer, por
la Fuerza Armada. Foto EDH/Giovanny Lemus
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Margarita Sánchez/Carlos
Torres
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
El Puerto de la Libertad no parecía el centro turístico
de siempre.
Los negocios estaban cerrados antes del mediodía de ayer y los
que aún permanecían abiertos eran algunas gasolineras y
tiendas de conveniencia que lucían abarrotados por las compras
de última hora.
El área del muelle se había convertido en una especie de
mirador, donde los curiosos llevaban latas de cerveza y algunas bocas
para ver crecer el oleaje.
No tuvieron mucho que esperar, olas de más de cuatro metros se
levantaban en este sector, las que algunos intrépidos aprovechaban
para surfear.
No obstante, con el aumento en la velocidad de los vientos también
se incrementó el peligro y la fuerza del oleaje hacía moverse
el muelle.
Cuando fue el Mitch el agua llegó hasta allá,
dijo uno de los lugareños, señalando tres metros adentro
de la barra de contención.
Recuerda que dos restaurantes que estaban a la orilla colapsaron por la
fuerza de las olas, provocadas en ese momento. Hoy piensan que la historia
podría ser peor.
Escuelas, iglesias y casas comunales sirvieron de albergue para muchas
familias.
Específicamente en Cangrejera, La Libertad, en el centro escolar
San Arturo sirvió de centro de resguardo a casi 100 personas hasta
la tarde de ayer, en su mayoría las víctimas eran niños.
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Intrépido. Jóvenes aprovecharon las olas para poder
practicar surf, en La Libertad. Foto EDH/Giovanny
Lemus
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El coronel Víctor Bolaños, comandante regional de Caballería,
manifestó que se hizo la evacuación de unas 30 familias
más que residían en las cercanías de la Bocana de
Toluca.
También se van a trasladar a otras personas del cantón
Melara hacia una casa comunal, de ese mismo lugar, explicó.
Los afectados esperaban en la calles, junto a las pocas pertenencias que
podían cargar, el camión del ejército que los llevaría
a un refugio más cercano.
Los niños iban descalzos, cargaban sus zapatos alrededor del cuello
y tiritaban de frío por la ropa mojada, desde la noche anterior.
Otros, como Edith Olinda Torres, de Boca Poza, se quedaron en sus casas
a cuidar las pocas pertenencias o sus animales domésticos.
Así como ella, muchos se niegan a dejar sus pocas cosas y algunos
abandonan sus viviendas, pero dejan a sus hijos mayores a la espera de
la tormenta y pendientes de cualquier amigo de lo ajeno.
Lucía Rivas Martínez fue desalojada del cantón Boca
Poza, en Cangrejera, desde el miércoles pasado. Ella reconoce que
de no ser porque sus nietos está pequeños y pueden enfermarse
no saldría de su casa.
Llegué al albergue, porque tengo miedo, dijo e inmediatamente
sus pensamientos vuelven al hijo que se quedó cuidando la casa
por los ladrones.
Esto es peor que el Mitch
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Precaución. La familia Ríos llegó a la playa
para ver el oleaje. Foto EDH/Giovanny Lemus
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Jorge Alberto Ríos tiene 29 años de residir en el Puerto
de La Libertad y jamás había visto olas tan fuertes como
las que tenía frente a él.
Hoy está bravo, dijo el hombre que llevaba sus zapatos
alrededor del cuello para no mojarlos.
Junto a su esposa trabaja en los restaurantes de la localidad. Hoy no
tuvo que ir a laborar. Todos están en sus casas y no hay
trabajo, explicó, mientras cargaba a su pequeña de
un año.
Recordó que hasta en esta ocasión se ha visto en la obligación
de desalojar su hogar, debido al inminente peligro.
Hace años perdimos todo. Vivíamos en el cantón
La Chila, cerca de un puente en el Majahual... , recordó.
Agrega que en aquel entonces la marea entró hasta el área
de los restaurantes y casi llegó a la calle, dijo el sujeto y señalaba
unos diez metros fuera de la playa.
Hasta ese momento no manifestaba temor, pero confiaba que si los vientos
aumentaban encontraría albergue en el centro escolar de la localidad.
Más que todo es por los niños... uno ya está
viejo y ya aguanta todo, añadió.
Diversión
En la orilla de playa, algunos aprovechan para pescar sin adentrarse ya
que pueden ser succionados por las fuertes olas.
En cambio, otros se dedican a algo menos usual: recoger las monedas que
deja la marea en la arena, cuando la ola vuelve a su caudal.
No obstante, poco a poco, mientras aumentaba el peligro se iban retirando
de la playa para observar mejor de lejos el huracán Adrián.

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