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Literatos, juristas y administración de justicia

Debemos, pues, guardar esperanza cierta de compostura en aquellos impartidores de justicia, en que dejaran de lado el peso de su pasado oscuro y violento o delictuoso

Publicada 20 de mayo 2005, El Diario de Hoy

Ernesto Alfredo Parada Rivera*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Me parece que un punto cardinal, estratégico en la historia del Derecho, es el relacionado con las luchas de políticos y juristas por el fortalecimiento de la administración de justicia. Es un tema de suyo apasionante en la evolución de las sociedades. Y como no puede ser de otra manera, el meollo se halla en la interpretación de los distintos criterios políticos.

Citar autores preocupados por la “justicia”, sería ocupar páginas y páginas. Sin embargo, me atrevo a traer aquí al respetado Hans Kelsen y su teoría pura del Derecho, su relación con lo ideológico y su crítica. Lo relativo al orden social persistentemente buscado, único medio en donde surgiría la verdad, según aquel ilustre pensador: Pareciera ser que la respuesta a la pregunta ¿Qué es justicia? según críticos, queda aún por responder adecuadamente, esto es, para dejar satisfechos a todos los interrogantes e interrogadores.

Claro, la cuestión no es tan ligera ni fácil de desarrollar, desde luego que la administración de justicia es algo concreto, y en tal concreción tiene su parte enorme sus operadores judiciales. Y en esto está presente la historia reciente y la lejana, pues en ellas actúan los humanos, y estos proceden conforme a sus vivencias actuales y pasadas. Tan es así que un juez de preparación adecuada y mente equilibrada actuará de muy distinta forma a, por ejemplo, un ex juez secuestrador o un ex miembro de grupos violentos con definidas prácticas antisociales, por muy revolucionarias que se publiciten.

El análisis justo, entonces, se torna difícil y a tal extremo de que lo académico se entremezcla con la práctica actual de este o aquel operador de la justicia. Y si se da tal caso, se impone, pues, la modificación legal por deshacer el entuerto. El orden judicial exige, entonces, la reforma.

Los literatos, los novelistas sobre todo, han abordado la cuestión de la impartición de la justicia, en mejor y clara forma que los estudiosos y teóricos del derecho. Víctor Hugo dejó páginas sobrecogedoras sobre las terribles injusticias cometidas con la aplicación de códigos penales, o sea con la impartición de la justicia: Jueces y policías en persecución injusta de pobres hombres carentes del prestigio social exclusivos de los miembros de las alturas; Alejandro Dumas no ha sido valorado con rigor en su tratamiento novelesco de las injusticias en la impartición de la justicia. Si Hugo nos dejó las injusticias opresoras de Jean Valjean, Dumas dejó el relato escalofriante de la dureza legal e injusta a que fue sometido Edmundo Dantes. Francois Mauriac, Premio Nobel 1952, a pesar de las sordideces y bajezas humanas a las que de altura literaria, dejó dicho: “Cada uno de nosotros sabe que podría llegar a ser menos malo de lo que es”.

Debemos, pues, guardar esperanza cierta de compostura en aquellos impartidores de justicia, en que dejaran de lado el peso de su pasado oscuro y violento o delictuoso.

En el año del Quijote o de Cervantes, bueno es traer a cuenta las injusticias “legales”, motivadores de páginas de antología, y sobre todo el calificativo de nuevo Salomón a que Sancho Panza se agenció no obstante su proverbial condición analfabeta. Memorable es la impartición de justicia del fiel escudero, cuando puso al descubierto la farsa delictuosa de la mujer quejosa del robo de su honra o virginidad, con suma facilidad, y sin embargo sin mucho trámites, y en el mismo suceso, el supuesto atacante no puede arrebatarle el dinero: “Si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender vuestro dinero, aun la mitad menos, para defender vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieron fuerza”.

Y que decir, finalmente, de la opinión de Shakespeare en el monólogo de Hamlet con lo atañero a la impartición de justicia, cuya tardanza a veces, la sitúa a la par de otras condiciones muy humanas: “Quién soportaría los latigazos y los insultos del tiempo, el agravio del opresor, la burla del orgulloso, los espasmos del amor despreciado, la tardanza de la justicia, la insolencia de los que mandan y las patadas que recibe de los indignos, el merito paciente, si el mismo pudiera extender su documento liberatorio con un simple puñal”.

* Dr. en Derecho.


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